Historia Marinera

ERUPCIÓN VOLCÁNICA EN ISLA DECEPCIÓN, 4 DE DICIEMBRE DE 1967

Carlos Saldivia Rojas

Suboficial Mayor Naval (R)

Mecánico de Helicópteros

En los buques la visión era aterradora, pavorosa: el hongo de ceniza se mantenía a unos 10.000 metros de altura y la isla cubierta en sus dos tercios. Las pantallas de radar presentaban una mancha irregular que, naciendo de la isla, abarcaba unas 12 a 15 millas hacia el este y entre 6 a 8 en el sentido norte sur.

Durante la tempestad eléctrica que acompañó al fenómeno, al «Yelcho» le cayeron dos rayos, uno en la proa y otro en el palo de popa, sin consecuencias, y en ambos buques se acumuló una capa de ceniza sobre cubierta y puente de cinco centímetros. Por ese motivo debieron arrojar al mar algunos tambores de combustible que llevaban en cubierta, para evitar explosiones de alcances imprevisibles.

Era imposible acercar el buque a la costa. La bahía interior estaba en ebullición, soplaba un vendaval de 40 nudos y las constantes explosiones lanzaban al aire una lluvia de piedras y lodo.

Mientras tanto, el jefe de la base británica, Philip G. H. MYERS, en comunicación radial con el Pardo, recomendaba que esta unidad no entrara en la bahía de isla Decepción, ya que peligraba seriamente su seguridad. No obstante la advertencia, el Comodoro del Grupo de Tarea Antártico, Capitán de Navío Boris KOPAITIC O’Neill, ordenó acudir presurosos al rescate.

Durante toda la noche, el Pardo se mantuvo frente a la isla, soportando una lluvia constante de cenizas y piedras que tapizaron la cubierta. La presencia del hongo provocó una tempestad eléctrica que anuló las comunicaciones por radio, aunque hacia el amanecer se escuchó una transmisión de la base británica informando que habían llegado los chilenos.

A las 03:00 horas se dio la orden de proceder con el salvamento. Tuvieron que emplearse helicópteros, pues la marea oscilaba violentamente entre uno y dos metros.

Las condiciones meteorológicas eran malas, con un viento de treinta nudos de velocidad, un enrarecimiento de la atmósfera que dificultaba la recepción radiotelegráfica; la visibilidad escasa y ventisca de nieve que se sumaba al polvillo volcánico. Todo ello obligó a las dos naves reunidas a mantenerse en movimiento durante el resto de la noche y la madrugada del día 5 en las proximidades de los Fuelles de Neptuno.

Sólo poco después de las 07:00 horas de ese día se fondeó en las cercanías de la entrada de esa herradura que forma la isla Decepción y con los dos helicópteros del Pardo, piloteados por los Tenientes Primeros Fredrick CORTHORN Besse y Héctor HIGUERAS Ormazábal, que despegaron a las 07:17 horas desde la cubierta de vuelo del Pardo, se inició la tarea de rescate. La situación para esos pequeños aparatos era en extremo seria, pues operaban en una atmósfera enrarecida, en una nube de polvillo volcánico, expuestos en cualquier momento a nuevas erupciones volcánicas, que ningún ser humano podía predecir, con sus equipos de radio sin contacto con el Pardo y con una visibilidad mínima, casi ciegos.

Pero estos obstáculos fueron salvados con éxito y llegaron a la base inglesa, desde donde regresaron con dos hombres cada uno por viaje. Durante una hora y cuarenta minutos de tensa y anhelante expectación, donde más de uno se encomendó fervorosamente a la ayuda de los poderes divinos, a los cuales se acude normalmente cuando la situación se torna apremiante, fueron recibidos con imponderable alivio a bordo del Pardo, nave que, a su vez, permanecía sometida a fuertes balances por la inusitada marejada, los 26 chilenos y los 15 ingleses desde la base de caleta Balleneros, los primeros, que habían obligadamente abandonado la Base “Pedro Aguirre Cerda” y los segundos, que también habían estado en inminente peligro de sus vidas. La prioridad en el rescate fue, como era de esperar, para los británicos.

Sin poder mantener contacto por radio entre ellos, los dos helicópteros del buque debieron volar en medio de la turbulenta lluvia volcánica que no permitía visibilidad alguna y que amenazaba con averiar y hacer caer los helicópteros. No obstante, en repetidos viajes y en medio de una atmósfera enrarecida y con visibilidad mínima, se salvó a todos los hombres de ciencia e integrantes de las dotaciones, tanto británicas como chilenas, 41 hombres en total, que se daban por perdidos. Todos fueron rescatados ilesos por la heroica acción de los helicópteros chilenos, cuyos pilotos, con clara conciencia de su deber, cumplieron exitosamente la orden, a sabiendas de que en cada vuelo exponían sus vidas. Terminada la operación de salvamento, los buques se dirigieron a toda máquina a apoyar el rescate de la dotación de la base argentina.

Más, era todavía necesario evacuar a los componentes de la base del destacamento argentino en la isla Decepción, que también habían abandonado su refugio hacia la rada Pingüinera, en la parte exterior de la isla, en su extremo SW, donde podían obtener mayor seguridad ante el fenómeno plutónico. El Pardo y el Yelcho partieron de inmediato a ese punto y en su derrota alcanzaron al transporte argentino Bahía Aguirre, con el cual se había establecido contacto radial y que se dirigía a ese mismo lugar para evacuar a sus compatriotas, de quienes había recibido señales de auxilio. Los tres buques se mantuvieron frente a la rada Pingüinera y el Pardo ofreció la cooperación de sus helicópteros, que fue amablemente agradecida por el comodoro de la flotilla argentina, Capitán de Navío Jorge Alberto LEDESMA, pero esta ayuda no fue necesaria pues el transporte Bahía Aguirre llevaba su propio helicóptero con el cual procedió al rescate en condiciones muy favorables.

Luego, el comodoro argentino y su jefe de estado mayor visitaron el Pardo para agradecer, en elogiosos conceptos, a su colega chileno y al comandante del Pardo, su ofrecimiento de ayuda. Una vez que ellos dejaron el buque insignia chileno, el Pardo y el Yelcho zarparon a puerto Soberanía, con los ingleses y chilenos rescatados.

Esa misma tarde se coordinó con la nave británica Shackleton una reunión en Soberanía para entregarles los evacuados de la base inglesa. Ese buque había zarpado desde puerto Stanley, en las islas Falkland, en auxilio de sus compatriotas para llevarlos a esas islas y, luego, a Inglaterra.

Fuentes consultadas:

1. Archivo Histórico de la Comandancia de la Aviación Naval

2. La Aviación Naval de Chile, segunda edición, Carlos Tromben Corbalán.

3. Revista de Marina N° 668, 1968.

4. Revista de Marina N° 672, 1969.

5. Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, tomo 42, 1964-1969

6. Diario “La Prensa Austral”, diciembre de 1967.

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