Historia marinera

“KAFAR”

Capitán de Navío

Hugo Alsina Calderón

No, no busque esta palabra en el diccionario porque no la va a encontrar. Es un término náutico antiguo, cuyo origen se desconoce, pero se cree que nació a principios del siglo pasado, en la época de los escampavías a carbón, sin radar, ecosonda ni girocompás, cuando se navegaba a ojo, basado en una débil estima y donde prevalecía más la suerte que el navegar convencional.

Dice la tradición no escrita que un escampavía debió hacer un largo trabajo hidrográfico, en la zona austral, en pleno invierno y en condiciones meteorológicas adversas, lo que motivó en la tripulación una fuerte depresión emocional, nostalgia, ansiedad y angustia por estar tanto tiempo alejado de sus hogares. Fuera del bajísimo estado de ánimo, esta depresión presentó, además, otros síntomas, tales como dolor al pecho, palpitaciones anormales, ahogos, dolores de cabeza y disfunción digestiva dolorosa. Se creyó primero que podría deberse a la alimentación, lo que después fue descartado. Se llegó a la conclusión de que era una de enfermedad emocional no clasificada en términos médicos.

Dio la casualidad que, entre los pocos libros de la biblioteca del buque, había uno que contaba historias árabes, en las que un jeque sufría, en pleno desierto, de fuertes nostalgias por la mujer que amaba, y que le producían síntomas muy parecidos a los que experimentaban los miembros de la tripulación del buque que relatamos. Este jeque se quejaba de “kafar”, palabra árabe desconocida en el idioma español. De aquí nacieron las expresiones “sufrir de kafar” y “andar kafareado”, términos que se usaron por mucho tiempo en los buques de nuestra Armada, y que hoy se conocen como “stress” o angustia emocional.

Bueno, como ya sabemos lo que es el kafar, ahora contaremos lo que ocurrió en Puerto Williams, a fines del año 1966. La Flotilla de Torpederas acababa de instalarse en Puerto Williams, usando como ténder y pontón la fragata Covadonga recién dada de baja. El relator de esta anécdota se desempeñaba como Comodoro de la Flotilla de Torpederas, siendo el Comandante de la Estación Naval el Comandante Germán Guesalaga. A cargo de la Guarnición de Infantería de Marina se desempeñaba el Capitán de Fragata Hernán Sepúlveda, con quien me tocaba compartir en el Casino de Oficiales, junto al Doctor Henríquez, médico civil a cargo del Hospital, por encontrarnos los tres sin nuestras familias.

El doctor comentaba que, muy seguido, le tocaba atender a personal naval aquejado de extrañas dolencias que no podía diagnosticar, tales como dolor al pecho, palpitaciones anormales, sensación de angustia y trastornos digestivos. Les daba un par de aspirinas, pero las molestias continuaban. Con el Comandante Sepúlveda le contamos que esos síntomas correspondían al kafar, un estado de ánimo anormal, y que no se pasaba mientras el afectado no cambiara de ambiente, volviendo al lado de su familia. El doctor, por supuesto, pensó que le estábamos tomando el pelo y se rió de nosotros diciéndonos que éramos muy ingenuos creyéndoles al personal y que nos hacían lesos con enfermedades y síntomas falsos.

Pasaron alrededor de cuatro meses. Ya entrada la primavera austral, el Comandante Guesalaga fue transbordado a la Academia de Guerra Naval, por lo que me correspondió asumir la Comandancia de la Estación Naval conjuntamente con la Flotilla de Torpederas.

Una mañana temprano se presentó el Practicante de Cargo, un sargento enfermero muy eficiente, y me informó que el doctor había amanecido enfermo. Junto con el Comandante Sepúlveda nos dirigimos a ver a nuestro galeno. Lo encontramos terriblemente deprimido, angustiado, con fuertes dolores al pecho, casi lloroso. Le preguntamos qué le pasaba y nos contestó que, como médico, no tenía explicación a sus síntomas, ya que no tenía fiebre y los exámenes preliminares que le había practicado el enfermero no arrojaban ninguna luz que pudiera indicar algún mal. Nos miramos con Sepúlveda y nos dimos cuenta que nuestro buen médico estaba “kafareado”. Llevaba nueve meses en la isla, lejos de su familia que vivía en Quillón, un pueblo chico entre Chillán y Concepción. Le dijimos, un poco socarronamente, “doctor, lo que tu tienes es kafar, esa enfermedad en la que tu no creías y que ahora

estás sufriendo en carne propia”. Fue autorizado para iniciar 15 días de permiso y que en el primer avión, que casualmente vendría esa tarde, partiera a Punta Arenas, de ahí a Concepción y a su casa, a descansar.

A mediados de diciembre de ese año, regresó el doctor Henríquez a Puerto Williams, con su esposa y sus hijos. Era un hombre nuevo, llenó de vigor y alegría, nos llevó de regalo exquisitos vinos de su zona y jocosamente nos dijo que había aprendido lo que era el kafar y que no se lo deseaba a nadie, agradeciéndonos, además, tan buen diagnóstico.

Pienso sinceramente, que todos los marinos hemos sufrido, alguna vez, de kafar, tal vez sin saberlo o lo hemos podido sobrellevar gracias a la rigurosa preparación que nos han proporcionado, inicialmente, el rigor del régimen en la Escuela Naval y después, las duras exigencias de la vida a flote en los buques de nuestra Armada.

Fuente : Revista de Marina.

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