Historia marinera

“Cambio de hora”

Sixto Bórquez B.

Capitán de Navío

Listo para salir en una de las múltiples comisiones que se le asignaban, el buque se mecía suavemente atracado al muelle fiscal de Punta Arenas. Era casi la medianoche y pese al inminente zarpe dentro de pocas horas, se notaba una serena calma a bordo; faltando ya poco para iniciar otra travesía.

El rostro del hombre, curtido por muchos vientos y sales de casi todos los océanos, demostraba preocupación mientras platicaba con su Oficial de División.

» … ya hemos buscado por todo el buque … en los entrepuentes … en el pañol de maniobras … en los camarotes. No lo hemos encontrado mi Teniente. «Calló esperando, atenta y respetuosamente que el oficial le respondiera Este, un joven Teniente Segundo, y que ya contaba con tres años en el grado, permaneció un rato más en silencio. Casi parecía hijo del experimentado hombre de mar, quien siempre con cara de preocupación, inició su caminata al costado del joven, mientras se paseaban por la corta cubierta.

«Y … ¿no dijeron adonde iban a ir mi Suboficial?» Mientras caminaba, golpeaba nerviosa mente una libreta entre sus manos.

«Nada, nada señor… » el «viejo» movió su cabeza de lado a lado, como queriendo dar más énfasis a su negativa, «nada mi Teniente» -repitió » … sólo sabemos que salieron antes del mediodía. Todos tienen conocimiento que la recogida es a las veinticuatro horas y que zarpamos de amanecida. «

«Y … ¿no falta nadie más fuera del «Contra» y del funcionario del Hidrográfico?» … el oficial, hacía referencia al Contramaestre y a un Empleado Civil del Departamento de Faros y Balizas embarcado en comisión. El Suboficial, carraspeó ligeramente antes de contestar, dudando en dar toda la información.

» … Bueno, también está falto el perro … el «Piloto».

«¿El «Piloto»? se detuvo pensativo.» … ¡qué raro! cuando el siempre está a bordo casi un día antes del zarpe». Recordó rápidamente con simpatía al aguerrido y popular animal, ducho en los conocimientos, de las costumbres marineras, que había llegado hacía años de cachorro al buque, un perro mestizo de pastor escocés, uno de los animales más hábiles que le había tocado conocer.

«Piloto», era uno de los símbolos del buque, en especial de la gente de maniobras Era el primero en estar en los zafarranchos generales, el primero en subirse a la embarcación de servicio, cuando aún estaba en lo pescantes, bajando en ella desde a bordo.

Tampoco eran raras las ocasiones en que el animal no había aguantado las ganas de pisar tierra y, con su espíritu colaborador, no vacilaba en lanzarse al agua con un nivelay en el hocico, siendo recibido con aplausos por los marineros que recibían al buque en tierra. lnfaltable también en las faenas de víveres o de consumos o de cualquier otro tipo. Recostado airosamente arriba de los sacos, asomado en la parte más alta del camión o acoplado que transportaba el material. Era imprescindible también en …

«Seguimos esperando mi Teniente». La voz del Suboficial lo trajo de vuelta de sus rememoranzas, de la trayectoria del can. Meditó un poco. Había dos personas a las cuales el perro siempre les hacía zalemas especiales y múltiples movidas de cola, casi tanto como al Comandante. Una de estas personas era el Maestre de Víveres, al cual por razones obvias, seguía con constancia y admiración, y en especial cuando se dirigía al frigorífico a distribuir las raciones diarias de carne. No es que fuera un perro interesado.

¡No señor!

El otro objeto de sus cabriolas y preferencias era, coincidentemente el Contramaestre. Seguramente porque siempre lo llamaba con el pito cuando había

maniobras.

El joven, casi lanzó una carcajada cuando recordó los usos y costumbres del perro.

«¿Sabe? Esperemos un poco, voy a hablar con el Segundo». Dicho y hecho. Se dirigió hacia el interior con una misteriosa sonrisa que sorprendió al viejo marino». Creo que sé dónde está, o mejor dicho dónde ubicarlos.»

Mientras el jeep de la Gobernación Marítima recorría la ciudad pausadamente, el oficial se acomodó mejor en el asiento. Sabía por lo que había visto en otras oportunidades que el «Piloto» a veces acompañaba a personas connotadas del buque en sus salidas de franco.

No era raro ver al animal en la puerta de una tienda o caminan do fachosamente por la calle Bories tras el Comandante o al lado del Ingeniero, a quien dirigía sus afectos en esa oportunidad. Otras veces se le podía ver en las puertas de algunos restaurantes u otros locales, acostado en la entrada. Ese era un signo claro que adentro había alguien del buque.

«Aquí tampoco se ve nada mi Teniente». La voz del conductor lo hizo levantar la cabeza y mirar hacia el costado, mientras recorrían la siempre nocturna avenida España.

«Sigamos despacio y después vamos por la avenida Argentina» Había pedido permiso al Segundo Comandante para salir a buscar al Contra. El jefe, después de escuchar atentamente y con calma las razones habían dado su consentimiento recalcando: » … y no se le vaya a olvidar del perro, no vaya a ser cosa que lo hayan atropellado … » Después, al divisar a través de la claraboya un vehículo de la Gobernación Marítima que pasaba por el muelle justo por el costado, lo había autorizado para pedirlo y hacer más rápida la búsqueda.

Ya habían ido a la Asistencia Pública, al Hospital y a varios otros lugares. El vehículo, torció hacia la avenida Argentina, en dirección al muelle.

«De aquí sólo me va quedando ir a la comisaría a preguntar… «pensó lo peor», ojalá que no haya pasado nada».

«Mi teniente, allí al frente, parece que hay algo». El conductor casi detuvo el vehículo.

El joven atisbó por la ventanilla con gran cuidado al bulto que se veía en la puerta de un restaurante.

«¡Demos la vuelta… parece que es él!» y adelantándose a lo que pensaba hacerse subió el cuello de la parka y tomó la chapa de la puerta.

«El Oro Negro» … se leía en la puerta del local. Allí, acostado en el piso con un plato al lado, el «Piloto» dormitaba. Al acercarse el oficial, se puso tenso, pero luego, al reconocerlo movió su cola, e incorporándose, afirmó sus patas delanteras en el pecho del joven.

«Ya hombre, ya! Quédate tranquilo». Olfateó el aire. Oye, cuéntame ¿qué estabas

comiendo?».

Un fuerte olor a cerveza en el aliento del perro lo hizo entender que había estado bebiendo algo parecido. La malta, era la bebida predilecta del animal, que esta vez parecía que se había propasado en la cantidad, ya que dormía profundamente cuando habían llegado. Al fondo y adentro del local, en una mesa bien dotada con provisiones secas y húmedas, el Contra y su amigo habían dado cuenta de casi todo y con la mano en alto pedían la cuenta en el momento en que el joven marino hacía su entrada seguido por el perro.

Al verlo, se incorporaron, pensando tal vez, que algo raro estaría pasando. Sin embargo y luego de revisar la boleta que el garzón les pasaba, empezaron a ordenar sus ropas para salir, esperando el vuelto.

«Aquí nos estábamos refrescando un poco mi Teniente, antes de zarpar». Miró el reloj de pared que decoraba el mostrador de la barra». Estamos justo para llegar a la hora».

El oficial, ojeó su reloj y luego de compararlo con el otro, se volvió al Contra «Nos tenían a todos preocupados Contra», indicó el reloj de la pared»; parece que no se puso al día, ya es casi la una».

El otro hombre se detuvo, sorprendido, ante lo dicho por el joven. Luego de darse una fuerte palmada en la frente, se dirigió a la salida.

“¡No corrigieron el reloj! De veras que ayer hubo cambio de hora». Miró con reproche al dueño del local, quien empezaba a apagar las luces.

«¿Y ahora quién me va a creer, mi Teniente?».

Conocía la integridad, honestidad y buenas costumbres del «viejo» . Habían estado juntos en otro buque anteriormente. El, como subteniente, el «Contra», como contramaestre. Este ahora, hacía su último año antes de acogerse a retiro.

«Cambio de hora, yo creo lo que dice pues Contra, y creo que el Segundo también». El oficial esperó que los hombres y el perro se metieran en el vehículo. «Cambio de

hora». El muchacho aún movía su cabeza y sonreía cuando cerró la puerta.

Luego, el jeep, se perdió ligero, en dirección al muelle.

En la puerta del local, al lado del hombre que se empeñaba en cerrar la cortina metálica, quedó botado un plato roñoso y saltado, último vestigio de la recalada del

«Piloto » y sus camaradas.

Fuente: Revista de Marina Nº 2/2001. Publicado el 1 de abril de 2001.

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