EFEMÉRIDE NACIONAL

Batalla de Yungay y Día del Roto Chileno.

“Cantemos la gloria

del triunfo marcial

que el pueblo chileno

obtuvo en Yungay”

Así empieza el Himno de Yungay que compusieran José Zapiola en la música y Ramón Rengifo en la letra, y que fuera estrenado en Santiago en abril de 1839, sólo dos meses después de la victoria de Yungay, la batalla que pusiera término a la aspiración del mariscal Santa Cruz de formar un gran Estado en la América del Sur, cuya base ya se había conformado a través de la Confederación Perú-Boliviana.

Como ocurre en Estados Unidos con la marcha “Barras y Estrellas para Siempre” y en la Argentina con la marcha “San Lorenzo”, en Chile el “Himno de Yungay” fue considerado por largo tiempo como un segundo himno nacional, alcanzando tal popularidad que era cantado desde la infancia y de aprendizaje tradicional en las escuelas primarias, por lo menos hasta la primera mitad del siglo pasado.

Después de una decepcionante campaña inicial que culminó con el Tratado de Paucarpata, el gobierno de Chile organizó una segunda expedición del denominado Ejército Restaurador del Perú, el que ahora fue confiado al comando del general Manuel Bulnes Prieto. Esta fuerza militar estaba conformada mayoritariamente por unidades chilenas que contaban con la anuencia del presidente provisional del Perú, general Agustín Gamarra, para que operaran en su país, en combinación con cuerpos de esa nacionalidad que le eran leales. Sin embargo, los versos del himno de Yungay no exaltan a la figura de Bulnes, el General vencedor, ni tampoco lo hacen con los comandantes de las fuerzas unidas chileno-peruanas. La victoria es atribuida sólo al pueblo chileno: Cantemos la gloria del triunfo marcial, que el pueblo chileno obtuvo en Yungay.

Sin desmerecer el valor y el genio militar del general Bulnes, ni la bravura de los aliados peruanos, nos parece que Rengifo, el autor de los versos, quiso poner de relieve la actuación que el pueblo chileno tuvo en esta primera guerra que la República enfrentaba con otras naciones. Y había razones para darle al pueblo ese protagonismo. Esta guerra en particular tenía sus orígenes en complicadas situaciones políticas y económicas. Sólo el presidente Joaquín Prieto, su ministro Diego Portales y un grupo de políticos, habían avizorado la amenaza que para Chile representaba la creación de un poderoso Estado que, concebido por el mariscal Andrés de Santa Cruz, iba a romper el equilibrio de poderes existente entre las jóvenes repúblicas sudamericanas. El proyecto de este hábil político boliviano se inspiraba en el ideal bolivariano y ya se había proclamado como el Protector de tres estados confederados: Bolivia, el Nor Peruano y el Sur Peruano. Sus pasos siguientes iban en pos de Chile, el norte argentino y Ecuador.

Frente a una circunstancia tan complicada -que muchos atribuyeron a una obsesión de Portales o incluso a un intento por mantener a los militares alejados de la contingencia política interna- el pueblo se mantenía totalmente ajeno a las razones para acudir a una guerra. La única expresión concreta de amenaza había sido representada por el general Freire quien, con el apoyo de Santa Cruz, había iniciado desde el Perú una aventura armada destinada a derrocar al gobierno de Prieto. Pero difícilmente los integrantes del pueblo –los que se enteraron- asociaban el caudillismo de Freire con los proyectos hegemónicos de la Confederación.

Probablemente, fueron dos las causas que despertaron a la sociedad chilena de la inicial indiferencia hacia los sucesos que acontecían en los países del norte. En primer lugar, el asesinato de Diego Portales, concebido por quienes veían la alternativa de la guerra como un capricho del Ministro. Pero si ese motivo fue el que despertó el interés político, el posterior fracaso de la primera expedición chilena, que regresó al país sin haberse enfrentado a las fuerzas de Santa Cruz, fue el motivo que encendió la indignación de amplios sectores sociales, que llegaron a interpretar este fracaso como una humillante capitulación. Indudable destello de un sentimiento nacional entre los habitantes de una república que recién cumplía veinte años.

Antes iniciarse la primera expedición, el ejército chileno mantenía una dotación que no superaba a los tres mil efectivos. Fue indispensable incrementar esa fuerza con el reclutamiento de voluntarios y con levas forzosas de individuos que no tenían ninguna formación militar. En un breve plazo, fue menester transformar a muchos “rotos” en soldados, operación que hubo que repetir al organizarse la expedición de Bulnes, pues, si bien la mayoría de los expedicionarios iniciales partieron de nuevo al norte, hubo que reforzar esta nueva fuerza con más efectivos, que alcanzaron un total de 5.396, a quienes se sumarían cerca de mil soldados peruanos. Otro bochorno como el del Paucarpata habría sido inaceptable.

Una buena parte del contingente chileno estaba conformado por jóvenes del valle central, sin ninguna experiencia militar y proveniente de los más bajos estratos sociales, lo que incluía a ociosos y a más de algún forajido. Serían los menos, aquellos que habían tomado parte en la guerra civil de 1829-30, que culminó con la batalla de Lircay, victoria decisiva de Prieto sobre Freire. Muchos de los soldados de Bulnes recibieron un entrenamiento militar apresurado y al poco tiempo de ser desembarcados en el Perú, obtuvieron su bautizo de fuego en Portada de Guías, el 21 de agosto de 1838, la victoria que les abrió las puertas de Lima.

No es el momento para relatar los pormenores de esta campaña restauradora, donde después de prolongadas marchas y afectadas por enfermedades de un clima malsano, las huestes chilenas se batieron con singular heroísmo en Matucana, Llaclla y Buin, para finalmente, el 20 de enero de 1839, obtener la aplastante victoria de Yungay. Ese mismo día, una vez terminada la batalla, el general Bulnes hizo que se leyera a sus soldados una vibrante proclama. Leamos sus primeras líneas:

¡Soldados del Ejército Unido!

“Cuando me dirigí a vosotros la última vez desde este mismo sitio, os anuncié una victoria próxima y decisiva; y antes de 15 días habéis conseguido la más espléndida y gloriosa que ha visto la América. Habéis luchado contra posiciones inexpugnables, venciendo las elevaciones más escarpadas y pisando por sobre las nubes para tomarlas. Habéis hecho todo, más que vuestro deber, y aún sobrepasando mis esperanzas”

El presidente Gamarra, quien estando en el mismo Yungay había sido testigo del choque de fuerzas, al día siguiente hizo llegar a los soldados un elocuente reconocimiento, donde comenzaba diciéndoles:

“¡Soldados! Vuestro heroico esfuerzo, superior a cuanto registra en sus páginas la historia militar, ha roto ayer sobre las formidables posiciones del enemigo, la cadena con que su atrevido jefe aherrojó al Perú por tres años, y pretendía ¡insensato! sojuzgarlo para siempre” (…) El Perú recobró ayer su libertad por el impulso de vuestros brazos, y os bendice como a los autores de su honra y de su dicha: ¡qué gloria para vosotros!

El Presidente peruano, en su último párrafo, les escribe: ¡Chilenos y peruanos del Ejército Unido que con tanta constancia habéis soportado todo género de enfermedades y privaciones! Recordad vuestros sufrimientos para aspirar a una gloria más elevada que los triunfos y acompañadme a establecer la paz en este hermoso país purificado con vuestra sangre (…)

Este “triunfo marcial” fue muy significativo para nuestro país, pues vino a consolidar su conciencia de nación. Hacía pocos años que Chile había logrado su independencia, un proceso conducido por la élite criolla; las tropas que combatieron en esas campañas normalmente estaban compuestas por hombres que eran obedientes al liderazgo del sector dominante (hay que recordar que aquella élite era principalmente terrateniente, por lo cual cada hacendado disponía de sus inquilinos) En general, se trataba de un grupo permeable que, dependiendo de la influencia que tuviera más próxima, abrazó la causa monárquica o la emancipadora. A esto debemos agregar que la independencia chilena fue distinta de lo que se observó en buena parte de Hispanoamérica. El Chile de 1810 estaba principalmente radicado en una porción geográfica muy compacta que hasta hoy se denomina “Valle Central”, en el cual se distribuían los centros urbanos y las haciendas; dada la relativa homogeneidad geográfica y cultural de la nación chilena, aquí las guerras de independencia no derivaron en significativos conflictos internos sociales y raciales (como sí ocurrió y en forma muy dramática, en países como México y Venezuela), salvo el período denominado como “la guerra a muerte”, que se desarrolló en un acotado espacio geográfico. Por otro lado, la élite que dirigió aquella revolución no desapareció junto con ella, sino que pervivió y tomó la dirección del nuevo Estado, conservándola durante todo el siglo XIX.

Los factores reseñados hicieron que el papel de los estratos populares permaneciera anónimo durante el proceso de la independencia. En cambio, con el desenlace de la Guerra contra la Confederación el sujeto chileno común y corriente, “el roto”, cobró un protagonismo que antes se le había soslayado. Así emergieron figuras populares que, como Candelaria Pérez (la conocida “Sargento Candelaria”) y el subteniente Juan Colipí (hijo del famoso cacique abajino Lorenzo Colipí), tuvieron actuaciones heroicas en suelo peruano y que no hicieron más que ensalzar la nueva imagen del pueblo chileno en el sentimiento nacional. De ahí que se habla de la consolidación de un ideario nacional, en el cual la nación chilena ya no era sólo el grupo dirigente que gobernaba el país, sino que también comprendía a todos los sectores sociales. Incluso el triunfo de Yungay tuvo una influencia directa en el encargo que el gobierno de Joaquín Prieto hizo al naturalista francés Claudio Gay, para que elaborara la obra “Historia Física y Política de Chile”, la que, compuesta de treinta volúmenes, constituyó la primera gran síntesis histórica de nuestro país (el mismo ministro Mariano Egaña dio como argumento para confeccionar esta obra, el mérito contraído por la nación chilena en la mencionada guerra). Esta obra también será clave en la afirmación de la identidad chilena.

El esfuerzo bélico realizado por los soldados de Bulnes, quedó plasmado en una obra artística casi cincuenta años después. El día 7 de octubre de 1888, se erigió, en la plaza Yungay de la capital, una estatua en homenaje al “Roto Chileno”, que recordaba a aquellos hombres de condición humilde que lucharon y sufrieron por Chile en el territorio peruano. El monumento mismo se alza sobre cuatro columnas que parten de la superficie de una pila; la estatua tiene cerca de un metro y medio de altura, y representa a un joven con el traje popular de la época, el cual sostiene un fusil en su mano derecha, mientras que la otra aparece apoyada en su cadera; detrás de esta figura hay una gavilla de trigo, con una hoz entre las mieses. El historiador Horacio Gutiérrez, en su trabajo “Exaltación del mestizo: la invención del roto chileno” (Revista Universum, 2010), entrega un recorrido de la construcción de este concepto, el cual finalmente llegó a tener una expresión plástica y pública, en el monumento al cual se hace referencia:

“Esfuerzos por canonizar el roto en el pasado efectivamente existieron. El intento más concreto se dio en el siglo XIX. En conmemoración a la batalla de Yungay, ocurrida en 1839 durante la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1836-39), fue erigido, 50 años después, en octubre de 1888, durante el gobierno de Balmaceda, un Monumento al Roto Chileno en una plaza periférica de Santiago, la Plaza Yungay. La estatua, representando un campesino con camisa y pantalones arremangados, sosteniendo un fusil en la mano derecha, era un homenaje al soldado desconocido, pero valiente y patriota que había participado en la conflagración mencionada. La guerra fue impopular desde el comienzo y el reclutamiento complicado, pues la opinión pública y la población en general, incluyendo a los ‘rotos’, estuvo inicialmente contra el conflicto, no entendiendo sus motivos. Tras algunos reveses afrentosos, el ejército chileno, sin embargo, vence y gana la guerra en la referida Batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839.”

Como una iniciativa personal, la obra fue esculpida por Virginio Arias, obteniendo una medalla en la Exposición Nacional de Santiago. En vista de ello, el municipio capitalino compró la estatua para ser destinada a la plaza Yungay. Sin embargo, en su origen, el autor había dedicado su escultura a los héroes de la Guerra del Pacífico (1879 – 1884) y solo después se la relacionó con la victoria de Yungay.

En el año de 1888 se instituyó el día 20 de enero como el “Día del Roto Chileno”, y así se conmemora desde el año siguiente y hasta la actualidad. El mismo autor anterior señala:

“En ese año, 1888, se decretó el día 20 de enero como el Día del Roto Chileno, en conmemoración a la Batalla de Yungay, celebrándose la efeméride a partir de 1889 y hasta del día de hoy. Todos los años en ese día se realiza una ceremonia oficial en la Plaza Yungay, a los pies de la Estatua del Roto, con presencia de autoridades, Banda del Ejército y grupos folclóricos. En el evento pronuncia un discurso el alcalde de Santiago, se depositan coronas de flores, se iza la bandera nacional y se entona el Himno de Yungay, aprendido por todos los niños en la escuela primaria.

El barrio Yungay, el tradicional escenario de esta antigua ceremonia se ubica al poniente del centro histórico de la ciudad y ha mantenido su identidad hasta el día de hoy (de hecho, no ha sido tan intervenido como el centro de Santiago). Con el transcurrir del tiempo, este barrio, que en un comienzo era aristocrático, se fue transformando durante el siglo XIX en uno de los núcleos urbanos de la naciente clase media santiaguina.

Por último, el destacado folclorista e investigador Oreste Plath, habla en una de sus obras de los diversos tipos de “rotos” que han existido en Chile. En una parte de su escrito, se refiere al sujeto de las clases populares que se hizo militar en la batalla de Yungay:

“El ‘roto’ se hizo ‘milico’ en la batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839. Esta batalla se dio con ejércitos reclutados entre los ‘descamisados’, sin preparación militar, sin uniformes, a base de puro corazón. El triunfo de Yungay es el del ‘patipelado’, el del pueblo descalzo. Indudablemente, constituyó la exaltación del ‘roto’; aquí se lució, mostró sus condiciones, su fiereza para pelear; de ahí que el 20 de enero sea el día del Roto Chileno, en cuyo monumento se lee: ‘Chile agradecido de sus hijos por sus virtudes cívicas y guerreras’ ”.

Sintiéndonos muy distantes de cualquier ánimo belicista, nos alegramos de que por más de ciento veinte años, se mantenga en el tiempo una conmemoración como la del “Día del Roto Chileno”, que estando tan ligada a la nacionalidad, nos recuerda las enormes empresas que juntos fuimos capaces de emprender.

Fuente:  Página Museo Histórico Nacional

                Página Unión de Oficiales en Retiro de la Defensa Nacional

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