COLUMNA DE OPINIÓN

La posmodernidad chilena

Fernando Thauby García

Capitán de Navío IM

Editorial COSUR Chile

25 de enero de 2021

Jean François Lyotard, filósofo francés, autor del desarrollo sistemático de esta tesis, en el primer párrafo de obra fundacional establece:

“Nuestra hipótesis es que el saber cambia de estatuto al mismo tiempo que las sociedades entran en la edad llamada postindustrial y las culturas en la edad llamada postmoderna”.

Este paso ha comenzado cuando menos desde fines de los años 50, década que para Europa señala el fin de su reconstrucción. Esta transición es más o menos rápida, según los países, y en los países según los sectores de actividad. De ahí́ una diacronía general que no permite obtener fácilmente la visión de conjunto. Una parte de las descripciones no puede dejar de ser conjetural. Y se sabe que es imprudente otorgar un crédito excesivo a la futurología. Es una forma “francesa” de decir que éste es un tema propio de las sociedades civilizadas.

De esta definición me parece conveniente destacar que, según Lyotard, la posmodernidad se manifiesta y materializa desde dos dimensiones: la industrial y la cultural. La economía transita del orden capitalista de una economía de producción, a una economía de consumo. Los medios masivos de comunicación y la industria del consumo masivo se convierten en centros de poder global, superando los intereses nacionales de las grandes potencias. Así, la industria manufacturera, la tecnología y la gestión norteamericana y europea crean y desarrollan la industria china, y sus mercados dinamizan su “milagro” económico.

A mi parecer es importante destacar que la tríada formada por el cambio de la forma de producción industrial, el avance tecnológico y la globalización de los mercados, son el motor original de la posmodernidad, el cual está siendo “acompañado” por el cambio cultural.

El que este proceso se haya iniciado en Europa, más precisamente en Francia a fines de los años 50 y que para el viejo continente “señala el fin de su reconstrucción”, sugiere que las duras derrotas de las dos guerras mundiales, la pérdida de su imperio colonial y la decadencia terminal de su liderazgo industrial, cultural y académico tienen mucho que ver en su génesis y desarrollo y por lo mismo, su “aroma” intelectual francés acota el ámbito de su validez y capacidad explicativa.

Evidentemente nosotros no estamos incluidos en la posmodernidad: no llegamos nunca a la edad industrial, menos a la posindustrial. Nunca fuimos una cultura moderna, menos podemos ser posmodernos. Aunque nuestros intelectuales de izquierda -algunos con posgrado en Francia- crean comportarse como tales y traten de interpretar nuestro modesto devenir bajo esos parámetros.

Se podría decir que somos una mezcla heterogénea de diversos estados de (sub)

desarrollo industrial, económico, cultural y social, con una mediana en el tercio inferior de la campana de distribución normal.

No somos posmodernos en forma espontánea, por elección ni por nuestra voluntad, sino que somos objeto de dos intensas corrientes de influencia que complican y condicionan nuestro comportamiento:

La posmodernidad nos llega en forma “blanda”, como acciones, presiones y extorsiones emprendidas por actores globales en razón de sus propias agendas políticas, filosóficas y culturales: organizaciones “sin fines de lucro” de alcance global; las Naciones Unidas y sus innumerables excrecencias; “mecenas” archimillonarios; organizaciones “filosóficas” y similares y cadenas de medios de comunicaciones globales.

Y en forma “dura”, destinada a condicionar, alterar y modelar específicamente nuestro comportamiento económico y de consumo, por cuanto ese cambio es beneficioso para adelantar el control y explotación de nuestro país y nuestra gente por parte de bancos, inversionistas y financistas anónimos y globales y, lo más potente; sistemas manufactureros, de distribución y de consumo de bienes, tan fuertes que no siguen sino que imponen comportamientos y políticas a los gobiernos y desplazan sus instalaciones, infraestructura y mercados, libremente por toda la geografía mundial, que negocian de igual a igual con los gobiernos y les imponen tratamientos tributarios y de protección de acuerdo a sus respectivas conveniencias.

En este contexto, nuestro país y muchos otros, no están en condiciones de actuar libremente y menos de imponer sus preferencias políticas ni tendencias culturales, solo deben seguirlas y protegerse de sus efectos tan bien como puedan; aprovechar las tendencias y acciones de otros que converjan con sus intereses, adecuar y readecuar sus políticas sociales, económicas, productivas, educacionales, para modificar sus capacidades constantemente, según vayan recibiendo desafíos a los que no puede oponerse, sino que deben, necesariamente, “navegar” lo mejor que puedan.

Esto pone de evidencia que si queremos encontrar respuestas razonables para orientar nuestro desarrollo social, económico, educacional (establecer un modelo de desarrollo) debemos potenciar nuestras habilidades de previsión, flexibilidad, adaptabilidad y anclar nuestro destino a lo único sobre lo cual ejercemos algún grado de control: ubicación, extensión y características geográficas, riquezas y recursos naturales, originalidad y creatividad de su población, educación, cohesión social, iniciativa privada y un estado con capacidad de gestión para articular, equilibrar y revisar este esquema siempre precario y variable, en sus dos ámbitos: interno y global.

Una tarea en extremo difícil.

Parece evidente que llegar a algo así y tener éxito, requiere una organización de primer nivel, es decir algo muy difícil de alcanzar por parte de nuestra sociedad actual y aún más distante de la clase dirigente -política y empresarial- que domina nuestro país.

Como todos los problemas estratégicos, el primer asunto a resolver parece ser la identificación de la condición que se quiere alcanzar y sostener estableciendo parámetros adecuados para medir su obtención y reajuste según los cambios que vayan ocurriendo en la situación interna e internacional.

En breve, identificar y actualizar constantemente los fines; evaluar con realismo los recursos de todo orden de que se disponen en cada momento, es decir, los medios; y el esquema de acción, en el tiempo y el espacio, mediante el que se organizará su empleo, la forma, la estrategia.

Fuente:  Página web COSUR Chile

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