HISTORIA MARINERA

EL IMPREVISIBLE E IMPONDERABLE FACTOR SUERTE

Jorge Balaresque Buchanan    

Vicealmirante

A primera vista puede parecer impropio que en una publicación de carácter profesional se comente el «factor suerte», pero es evidente que su influencia está muchas veces presente: para bien o para mal y frecuentemente contribuye en el resultado de acciones, aun de las que se han ejecutado de acuerdo a las normas establecidas y con el máximo de cuidado.

En un número anterior de esta revista se relató el caso de cuando el blindado Prat espoloneó al mercante alemán Fulda en la dársena de Valparaíso, debido a que el ancla del Fulda se enredó con la del Prat.

En esta oportunidad es evidente que el percance ocurrió por una falla humana al no verificarse que el ancla que se levaba estuviera en realidad clara; pero también influyó grandemente el «factor mala suerte»; pues en ese enredo de anclas el Prat era el único barco acorazado y con espolón entre seis o más que estaban fondeados y acoderados al molo; espolón que le produjo al Fulda una seria avería en su obra viva.

De los recuerdos de mi carrera en la Armada puedo citar a los menos dos casos en que, por el contrario, actuó en forma preponderante el «factor buena suerte».

El día de Navidad del año 1944, alrededor de las 16 horas me correspondió zarpar con el Galvarino desde Puerto Montt, llevando a remolque al pequeño remolcador de puerto Grumete Cortez, con el objeto de recalar a Quellón con tiempo para aprovechar una marea y tratar de desvarar un monolito atascado en sus gradas de construcción, al cual se le debía remolcar hasta vararlo en el bajo Chiguao, para instalar sobre él un faro automático.

Después de varias horas de navegación ocurrió lo que nunca nos había sucedido, falló la máquina del Galvarino y quedamos al garete. Aquí actuó el «factor muy buena suerte”, pues llevábamos a remolque a un remolcador, o sea, teníamos una máquina de respeto. Se invirtió el orden        del remolque y al día siguiente recalamos muy lentamente a Puerto Montt, remolcados por el pequeño Grumete Cortez. Años después se logró deslizarlo al agua, pero el armatoste no flotó y se perdió en el fondo del canal.

Al analizar esta experiencia, vemos que es innegable la influencia del «factor suerte», pues no fue necesario pedir auxilio; fue la única falla en la máquina que tuvimos en un año bastante navegado y ocurrió en      la sola oportunidad que remolcábamos a un remolcador.

Otro caso ocurrió en la Antártica en el verano de 1950. Estando mi buque, la fragata Iquique, fondeado en la rada Covadonga, se experimentaron vientos muy fuertes que impulsaban témpanos contra el casco, lo que nos obligó a enmendar de fondeadero al socaire de isla Kopaitic, donde se fondeó a dos anclas filando bastante cadena.

Durante todo el día el viento continuó con gran intensidad, que además de romper nuestro anemómetro producía grandes borneadas. Alrededor de medianoche se me avisó que estábamos garreando; ordené levar para aproximamos a isla Kopaitic y fondear nuevamente. En esta faena se cortó la cadena de babor y el buque continuó garreando; llegó un momento en que el cabrestante no pudo continuar levando la cadena. Como este paraje no estaba completamente sondado y el ecosonda indicaba que la profundidad disminuía, le comuniqué al Comodoro don Alfredo Natho D. que por no poder levar debía largar la cadena de estribor y zarpar.

Se largó la cadena con un buen boyarín y alambre que se tenía preparado para emergencias y zarpamos rumbo a Soberanía.

La situación de nuestro buque era bastante crítica, pues sólo podíamos entalingar el ancla de respeto con el resto de cadena que quedaba a bordo, cantidad insuficiente para afrontar los malos tiempos que se experimentan en esta región, de tal manera que se pensó que terminaría nuestra misión en la Antártica.

Se había ordenado al patrullero Lientur, que estaba al mando del Capitán de Corbeta don Tomás Unwin; de ubicar el boyarín y recuperar nuestra cadena y ancla de estribor.

Después de horas de tensa espera en Soberanía, llegó un mensaje del Lientur informando que había logrado recuperar las dos anclas con sus cadenas, debido a que el ancla de babor salió enredada en la cadena de estribor. Esta noticia produjo gran júbilo y alivio en nuestro buque, por la solución de un grave problema para nuestra misión.

En esta circunstancia hay que reconocer que mucho se debió a la muy buena maniobra marinera ejecutada por el Lientur, buque que carecía de gaviete y elementos para este tipo de faenas de anclas, pero también, por sobre todo, está el increíble caso de «muy buena suerte», ya que al tratar de recuperar un ancla con su cadena se logró recobrar también la otra que se había cortado, solucionando así completamente el problema de anclas y cadenas de la fragata Iquique.

Fuente: Revista de Marina Nº 5/1986. Publicado el 1 de octubre de 1986.

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