HISTORIA MARINERA

“SHEROCK”, MASCOTA MARINERA

Roberto Benavente Mercado

Contraalmirante

Mientras más conozco a la

gente, más quiero a mi perro.

(Refrán popular)

A principios de 1971 fui destinado como Comandante del Cochrane, un digno representante de los destructores clase Fletcher, que tuvieron activa participación en la Segunda Guerra Mundial tanto en la guerra antisubmarina como en la protección de convoyes, bombardeo de costas y apoyo a fuerzas de desembarco en el Pacífico.

Debo confesar que la destinación me causó una gran alegría, ya que era el Comandante más joven de la “flotilla de destructores” de la época, integrada por dos destructores clase Almirante (Williams y Riveros), recibidos en Chile a principios de la década de los 60 y dos clase Fletcher (Blanco y Cochrane), incorporados a la Escuadra en 1961 y 1962.

Basado en mis experiencias de mando anteriores, traté – desde el primer momento – de establecer una estrecha relación de mando con mis oficiales y tripulantes, intentando formar un equipo de trabajo eficiente, cuyo propósito no podía ser otro que alcanzar la mayor efectividad posible a pesar de la vetustez de la unidad, que había sido construida hacía 27 años.

A lo anterior, creo conveniente agregar que – según mi punto de vista – contribuiría al propósito ya señalado tener a bordo una mascota que probablemente sería un eslabón de unión entre oficiales y gente de mar, tal como había comprobado, años atrás, cuando siendo Teniente 2° fui Comandante de la barcaza Llanos y más tarde, como Capitán de Corbeta, del patrullero Lautaro.

Reunido con mis oficiales y un delegado del personal, hubo acuerdo unánime para tratar de tener – como mascota – un perro que cumpliera ciertos requisitos mínimos: raza, estampa, juventud, simpatía, etc. Uno de mis oficiales sugirió escribir al Director de la Escuela de Suboficiales de Carabineros donde existía un criadero de perros policiales de reconocida calidad y prestancia.

Redacté, entonces, una carta invocando la soledad de los hombres de mar cuando se encuentran lejos del hogar y la conveniencia de tener a bordo algún ser viviente a quien cuidar, mantener y acariciar. La carta fue lo suficientemente convincente como para que el oficial secretario me hiciera el siguiente comentario: – Comandante, creo que después de leer esta carta, los Carabineros le van a ofrecer dos perros… –

La generosa respuesta de Carabineros no se hizo esperar: aceptaban donar un perro policial de raza, de unos seis meses de edad, semi-entrenado, llamado SHEROCK, el que habría que ir a retirar a Santiago dentro de un mes.

Cumplido el plazo, comisioné a un oficial para que, acompañado por un sargento y un marinero, viajaran a Santiago a buscar la mascota, retribuyendo la donación con un presente náutico donado por el buque a la Escuela de Suboficiales de Carabineros.

SHEROCK fue recibido a bordo con regocijo por la dotación y se encomendó su cuidado a dos jóvenes marineros que debían preocuparse de su entrenamiento y manutención. Era un perro dócil, amistoso e increíblemente flaco que aprendió rápidamente a desplazarse por el buque, a equilibrarse con los balances, a subir escalas y a no marearse durante las navegaciones. Los instructores se encargaban de protegerlo durante los ejercicios de tiro y pronto SHEROCK descubrió que su “puesto de combate” estaba en la CIC, próximo al radar antiaéreo donde encontró un espacio disponible, al que concurría cada vez que sonaba el gongo de “Zafarrancho de Combate”.

Como es de suponer, el perro pasó a ser el regalón de la dotación, engordó rápidamente y olvidó lo aprendido con los carabineros. Todos lo acariciaban, le daban alimentos, chocolates, dulces, galletas, etc., lo que provocó un rápido crecimiento y el consiguiente aumento de peso del can.

Durante el tiempo que SHEROCK permaneció a bordo adquirió una rica experiencia marinera ya que el buque recorrió todo el litoral desde Arica al cabo de Hornos, incluyendo las islas esporádicas de San Félix y San Ambrosio y las del archipiélago de Juan Fernández. Estando en puerto estaba autorizado para bajar a tierra, siempre que fuera acompañado por uno de los marineros que se habían asignado para su cuidado.

Durante 1971, siendo yo el más “mote” de los Comandante, mi buque era el que siempre quedaba más alejado de los muelles o del molo, pero al año siguiente – cuando fui confirmado en el cargo por un segundo año – pasé a ser el más antiguo de los Comandantes y mi buque pasó a ocupar el sitio atracado al molo o muelle. Allí empezaron los problemas, porque SHEROCK, que conocía a toda la dotación, se negaba a permitir el paso de los tripulantes de los buques más alejados, obligando a la guardia a adoptar medidas especiales para alejar a la mascota del portalón a las horas de recogida o de salida de francos.

Hubo un tripulante del Blanco que un día intentó responder a un gruñido de SHEROCK con un puntapié. Mala ocurrencia… el perro no olvidó jamás esa ofensa y cada vez que ese marinero estaba en sus proximidades le acariciaba la pantorrilla – aunque sin causarle daño – lo que obligó al afectado a mantenerse alejado de la mascota o a pasar cerca de ella sin darle la espalda y pegado a los mamparos.

Cuando el buque fue a reparaciones anuales a Talcahuano fue necesario adoptar medidas especiales, pues el perro se negaba a permitir el acceso a bordo de los “compañeritos”.

El afecto de la tripulación por SHEROCK quedó demostrado en numerosas oportunidades. Recuerdo que en cierta ocasión, pasando una ronda por el buque, encontré a un marinero radarista “hospedado” en la enfermería. Al preguntarle de qué estaba enfermo no pudo darme una respuesta satisfactoria, terminando por confesar que estaba durmiendo allí porque le había cedido su litera a SHEROCK,  que estaba enfermo… lo que me pareció una disculpa razonable.

Al finalizar mi segundo año de mando entregué el Cochrane a su nuevo Comandante con un encargo especial: cuidar y mantener a SHEROCK, que nos había acompañado durante casi dos años, cumpliendo cabalmente con el propósito original de ser un vínculo de unión para toda la dotación.

Tiempo después, encontrándome en Valparaíso fui a visitar al querido Cochrane con la esperanza de reencontrarme con el recordado SHEROCK. Allí me informé que el perro ya no estaba a bordo. Había sido desembarcado en Talcahuano, pues se había puesto insoportable con los obreros de ASMAR, a quienes les negaba el acceso al buque, dificultando la realización de los trabajos a bordo.

SHEROCK – habiendo demostrado sus condiciones marineras y sus capacidades de excelente guardián y vigilante – fue enviado al Departamento de Artillería y Municiones, donde se integró exitosamente a las funciones de vigilancia y custodia de los polvorines y santa bárbaras institucionales, tarea que, estoy seguro, debe haber cumplido con dedicación y espíritu profesional, como corresponde a un perro policial con instrucción marinera y experiencia a bordo.

Fuente: Revista de Marina N° 1/2006. Publicado el 1 de febrero de 2006.

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