COLUMNA DE OPINIÓN

El Líbero

Orlando Sáenz: ¿Neocomunismo o herejía?

Publicado el 5 de mayo de 2021

La política de China, especialmente en el plano económico, no solo no es comunista sino que es una herejía para los dogmas del marxismo–leninismo. No hay mas que observar la actitud de los líderes comunistas chilenos en relación con China para constatarlo. ¿Se ha oído a algunos de ellos alabar a lo que China hace?

He defendido con tozudez la tesis de que, siendo el marxismo–leninismo una doctrina totalitaria y dogmática, priva a los partidos políticos que se inspiran en ella de toda capacidad evolutiva. Para apoyar esa tesis, no he dudado en afirmar que, por eso, el comunismo se parece más a una religión que a un partido político convencional.

Más aún, puesto que los dogmas del marxismo se centran en el aspecto sociológico, la rigidez que trasmiten es especialmente sensible en el plano político y económico. Por eso los partidos comunistas no pueden dejar de ser revolucionarios ni cuando son gobierno, ni pueden dejar de ser destructores del progreso individual ni cuando les va la vida en ser constructivos.

Ya en una anterior reflexión expresé las razones que postulan a la dogmática señalada como la que convierte en estructural el fracaso económico de los regímenes comunistas. Si se acepta esa tesis, también hay que aceptar la estructuralidad de las consecuencias que invariablemente se desprenden de ese fracaso económico: como este implica la carencia de perspectivas de progreso para la población, crece el descontento y surge la necesidad de controlarlo mediante la represión, lo que invariablemente desemboca en el estado policial en que el régimen necesita mantener la fidelidad del aparato represivo y militar creando allí una clase privilegiada. Esa secuencia de fracaso económico, descontento popular, represión, estado policial y finalmente dictadura militarizada se da en todos los regímenes comunistas que registra la historia y siempre el final es el mismo: el colapso, generalmente sangriento, y sin duda será el que sufran los regímenes afines que subsisten.

Pero ¿lo que ocurre en China no demuestra que la tesis del inmovilismo marxista–leninista que he defendido con tanto ahínco como abundancia de referentes históricos está completamente equivocada? ¿Acaso China no es un éxito económico a pesar de su gobierno comunista? ¿No es el gigante asiático un neocomunismo que para nada camina hacia el fracaso o la dictadura militar? Esa sería la conclusión inevitable si es que bastara con un régimen dictatorial de partido único llamado comunista y sin instancias democráticas para definirse como un gobierno neocomunista. Si tal fuera el caso, Venezuela no sería otra cosa que un régimen comunista sin membrete, como lo sería también Siria o podría haber sido México durante toda la larga época de la República imperial del PRI.

En cambio, si por régimen comunista entendemos solo aquellos que profesan y practican la dogmática marxista–leninista, concluimos que la China de hoy está muy lejos de serlo y ello porque su desarrollo económico se basa en un capitalismo no solo desvergonzado sino que políticamente protegido, la lucha de clases está proscrita, no hay ninguna revolución que exportar, no hay que enviar cohetes nucleares a Cuba ni carrera armamentista con Estados Unidos. Lo que sí hay es un pragmatismo progresista que habría espantado a Carlos Marx.

Si se analiza con cuidado lo que hace China, se llega a la conclusión de que en las casas de sus dirigentes está enterrado en un cajón muy profundo el Libro Rojo de Mao puesto encima de “El Capital” de Marx. Está, en cambio, muy expuesto y destacado el aforismo que hizo famoso al genial enano que fue Deng Xiao Ping que, al serle reprochada su heterodoxia, contestó: “no importa que el gato sea blanco, negro o anaranjado si es que caza ratones”. Se puede estar seguro de que cuando se escriba una historia objetiva de nuestro tiempo, se reconocerá que el creador de la China moderna y hegemónica fue el pragmatismo de Deng y no el fanatismo homicida de Mao.

En realidad, la política de China, especialmente en el plano económico, no solo no es comunista sino que es una herejía para los dogmas del marxismo–leninismo. No hay mas que observar la actitud de los líderes comunistas chilenos en relación con China para constatarlo. ¿Se ha oído a algunos de ellos alabar a lo que China hace? ¿Se ha visto a alguno de ello correr a China para asistir a las escuelas como hacían en el pasado con Moscú? Para ellos, la China que conquista el mundo con su exitosísimo capitalismo de estado y se mueve a su gusto en el libre comercio y la globalización, es mas un baldón que un motivo de orgullo y satisfacción.

En realidad, lo que ocurre en China no solo no destruye mi tesis del inmovilismo del marxismo–leninismo sino que la confirma. No es el mismo gato de otro color, sino que es un tigre capaz de comerse al mundo porque aprendió a utilizar las poderosas armas de un neoliberalismo. Todo lo que China necesita para ser hegemónica es tiempo, paz y libre comercio, y, por supuesto, que terminen de morirse los comunistas.

Fuente:  Página web medio electrónico El líbero

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