HISTORIA MARINERA

Para la dotación del AP. “Piloto Pardo”

Autor desconocido

«Carta de despedida de un perro, que apareció en el Tablero de Órdenes de un buque».

Ya me siento viejo y cansado; sé que muy pronto llegará la hora decisiva y tendré que abandonar este mundo. Quiero, antes que esto suceda, despedirme de todos y, ojalá pudiera, de cada uno de Uds. Diez años puede que no sean mucho, pero para un perro es toda una vida.

Ahora, al final ya de mi marinera existencia, cuando en las tardes me echo en cubierta para dar reposo a mi cansado corazón y pienso en los años pasados, en toda la gente que he conocido en este ir y venir durante dos lustros; en este incesante navegar por el austro chileno, de relevos y de comisiones, tengo que reconocer que he sido un perro sumamente afortunado; no sólo por haber sido durante todo este tiempo el perro mascota de un buque de la Armada, lo que ya es

mucho decir, sino por y principalmente por haberlo sido del «Piloto Pardo». Magnífico

buque de quien he tomado el nombre y en donde he tenido la suerte de contar siempre con muchos compañeros, todos ellos estupendos y todos también magníficas dotaciones.

Es cierto que con este sistema de cambiar la gente todos los años, me es un poco

difícil al principio acostumbrarme a los nuevos, especialmente con los hombres claves como el maestre de víveres y el cocinero, pero me imagino que es parte de mi trabajo a bordo hacer esta especie de División «X» si no quiero tener problemas después. Siempre me ha extrañado que habiendo tanto papel escrito a bordo, tantos tableros, directivas, reglamentos, O.P.l. o como se llamen, a nadie se le haya ocurrido reglamentar el servicio del perro a bordo.

De todos modos no me quejo, y si bien con los años me he puesto un poco crítico, no es con mala intención.     

Afortunadamente a nosotros, los perros marineros, que la mayor parte de las veces llegamos un poco de contrabando a bordo, nadie nos mueve. Nos querenciamos con el buque y aquí nos quedamos. Quizás como vivimos más intensamente que los humanos, llegamos a querer nuestro buque de tal manera que no podríamos soportar una separación.

Les aseguro que no me canso de agradecer al Destino la suerte que he tenido. A veces pienso qué es lo que habría sido de mí si no hubiere. sido un perro marinero.

No crean que porque nunca he salido del buque no sé que existen también para los perros otros sistemas de vida en la vida civil. (Pese a que no uso ningún distintivo como mi colega el Pintado, siempre me he considerado uniformado).

Sé que existe el perro callejero (nómade trashumante sin Dios ni Ley) ; el perro doméstico (perro burgués podríamos llamarle), el perro campesino ¿no es cierto? que labora en el agro, (uno con los años se pone culto) y que también existen otros perros uniformados, el policial, por ejemplo, de dura escuela en realidad y cien por ciento profesional; el andino, que acompaña a nuestros soldados en la alta montaña y también poseedor de un entrenamiento altamente especializado, etc.

Bueno, nosotros los perros marineros, en realidad, no tenemos un entrenamiento especial como nuestros compañeros de armas, somos quizás (y seguramente así nos consideran estos perros milicos) bastante al lote, incluso poco serios o hasta algo inútiles. Están muy equivocados.

Si bien no tenemos a cargo ninguna tarea marinera específica, nuestra labor no es por eso menos importante. (Es cierto que ha habido algunos que han aprendido ciertas gracias, pero han sido excepciones y en realidad no eran más que eso; sólo gracias sin utilidad práctica ninguna, como por ejemplo: pasar el nivelay a nado). En realidad lo encuentro «como francamente ridículo»; imagínense al comandante o al segundo que en vez de decir: «pasar el nivelay o disparar el lanza cuerda», dijeran: «echar el perro al agua». Además después habría que arriar una embarcación para recogerlo.

No; nuestra función es otra, es catalizadora, somos más bien un elemento de bienestar; puede parecer presuntuoso lo que digo, pero quien haya navegado meses y meses, aislado, limitado a la estrecha dimensión de un buque, sabe lo bien

que hace tener un amigo, un compañero mudo pero elocuente, de mirada siempre clara, afectuoso y alegre; alguien a quien no le afectan la ausencia ni las humanas preocupaciones y que siempre responderá en forma inequívoca a una palabra de afecto o a un ademán cariñoso.

Alguien, por último, con quien se pueda jugar y ser un poco niño o simplemente acariciar y desbordar parte del afecto que llevamos guardado.

Eso es lo que hace la vida de a bordo tan hermosa para un perro, el hecho de saberse un camarada más. Se habrán fijado que yo no hablo de mis amos, sino de mis camaradas. Es que a bordo es así, el perro es un amigo más, o por lo menos así siempre me he considerado.

Pese a que como mascota represento a todo el buque, yo personalmente me identifico mejor con el marinero, mejor dicho con el chompa. Me da la impresión de que los oficiales me consideran más como algo divertido que como miembro de la dotación. La cámara de popa tampoco me atrae mucho; en realidad los viejos ya no están de edad de andar jugando con perros; en cambio en la de proa no tengo ningún problema. Ahí soy un miembro del rancho y se me acepta con toda la dignidad que corresponde a mis años de servicio. Eso es lo único que pido, que se me trate con la dignidad que me corresponde, más todavía ahora que ya estoy viejo y no puedo ser juguetón como perro nuevo.

Este es un aspecto que ahora, en la hora de la verdad, no puedo callar.

Me duele decirlo, pero un perro viejo, demasiado tranquilo, que sólo quiere descansar, no sirve mucho para la tripulación; sobre todo para los marineros que, como son todavía niños, quieren un perro juguetón, que corra con ellos, que salte, que haga morisquetas, que los persiga etc.

Reconozco que me he esforzado al máximo para ser así, pero ya me ganan los años.

Por nada del mundo quisiera que me reemplazaran, pero creo que traer un perro nuevo, traer el reemplazo antes de hacer el depósito del excluido ha sido una buena idea. Es la ley de la vida y a estas alturas ya no puedo ser celoso. Sé que él me aliviará la pega y podré pasar los pocos días que me quedan tranquilo, si bien también más triste y olvidado.

Antes de terminar, quisiera hacer algunas aclaraciones. Algunos mal pensados creían que yo me mareaba cuando navegaba. Eso no es cierto, lo que pasa es que, como no tengo manos con dedos prensibles, no puedo sujetarme con los balances, por lo que me veo obligado a tenderme de guata con las patas abiertas e incluso con el hocico pegado a cubierta a fin de tener una mayor superficie de contacto y evitar andar rodando de un lado para otro.

Quizás muchas personas también creyeron que yo era un quiltro cualquiera; pero no, soy de pura raza, ovejero escocés. Es cierto que siempre he sido mal tenido, pero eso nadie podrá criticármelo, ya que no es precisamente de buena tenida de lo que puede hacer alarde el personal del buque. Total, lo que vale no es la indumentaria.

Por último quiero decirles que no guardo rencores; los malos ratos pasados, si los ha habido, ni los recuerdo. Sé que todos me han querido bien y que en todo caso nunca ha habido mala intención. Por eso perdono las bromas pesadas de algunos oficiales, a los tontos que me tiraron agua con una máquina fotográfica mientras yo posaba ingenuamente, a los descuidados que me dejaron olvidado en la Antártida (donde viví los momentos más amargos de mi vida) y en general a todos los que de una u otra forma se aprovechaban de mi buena fe para hacerme «picar». Ojalá les haya aprovechado el momento de expansión a mi costa. Perdono incluso al Panchote, de quien muchos me atribuyen la paternidad, lo que no es cierto. Pero que sepa que cuando nos encontremos nuevamente y lo vea en el infierno, seguiré ladrándole tal como lo hacía desde lo alto de mi buque al suyo.

En estos diez años de mi vida a bordo creo no haberlo hecho del todo mal, y me voy con la conciencia tranquila. Mañana Uds. dirán «Murió el Piloto», un perro más de los tantos que acompañaron nuestras rutas, tripulando nuestros buques. Otros perros me reemplazarán, pero si de mí queda un recuerdo agradecido, creo que mi paso por la vida y por el buque (que para mi es lo mismo) no habrá sido en vano.

Reconozco que siento un poco tener que dejarlos, no verlos más; que me acongoja saber que nunca más volveré a subir a la proa de mi buque para ver una maniobra de fondeo (ojalá el ejemplo de mi prontitud les sirva a algunos marineros para acudir con presteza a sus puestos de repetido), ni volveré de nuevo a subir a una embarcación y ni a acompañarlos al desembarcar en extraños parajes, ni volveré a perseguir pingüinos en la Antártida; pero espero que, a cambio de todo eso, haya una adecuada compensación en el otro lado, y en el más allá, en el Nirvana que los perros debemos tener reservado, pediré al Supremo Hacedor que me permita ladrar

cada vez que aparezca la alta proa de mi buque en el horizonte y recale a puerto después de una comisión cumplida.

Adiós amigos …

Piloto

Fuente: Revista de Marina N° 1/1973. Publicado el 1 de febrero de 1973.

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