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Mauricio Rojas: Carta abierta a Daniel Jadue sobre los crímenes del comunismo internacional y la complicidad de comunistas chilenos

Publicado el 12 de mayo de 2021

El académico se dirige al candidato presidencial del Partido Comunista “desde la más profunda preocupación”. Rojas plantea: “La historia condena sin paliativos a su partido y no conocerla puede condenar a Chile a vivir una experiencia en la cual incluso su libertad puede llegar a estar en juego”.

Un siglo de historia del Partido Comunista de Chile recorre el historiador y académico Mauricio Rojas. El relato, dirigido al candidato presidencial del Partido Comunista Daniel Jadue, muestra cómo desde la colectividad chilena se “hicieron cómplices entusiastas y apologistas fervientes de todos los crímenes cometidos bajo la dictadura comunista soviética”. Una defensa que también se trasladó a los regímenes de Cuba y Venezuela.

“Defender el chavismo ha sido defender la supervivencia de la dictadura cubana, lo que es un objetivo prioritario del accionar del PCCh”, escribe Rojas. Una cuestión que no solo responde a ideologías, “sino al salvataje económico que Venezuela ha representado para una Cuba comunista huérfana del apoyo material que le había prestado la ahora fenecida Unión Soviética”.

No es la primera vez que Rojas hace un llamado de este tipo. Ya en 2014 envió una carta abierta a Marco Enríquez-Ominami sobre las desventuras del idealismo, en la que alude a las alabanzas de ME-O al MIR, “uno de los grandes responsables de la entronización de la violencia política en Chile”, dice Rojas pese a que él mismo fue mirista.

A continuación, la carta abierta al Alcalde de Recoleta, Daniel Jadue:

Sr. alcalde, 

Le escribo desde la preocupación de quien, durante largo tiempo, ha estudiado la historia del comunismo. Como usted sabe, durante los últimos cien años el comunismo ha sido una de las ideologías que más crímenes políticos ha inspirado. Solo el nazismo puede medirse con el comunismo en cuanto al nivel de barbarie que ha desencadenado sobre los pueblos que ha sometido. Todo ello está hoy, especialmente después de la apertura de los archivos de la ex Unión Soviética, muy bien documentado. En el caso del Partido Comunista de Chile, del que usted forma parte y representa como candidato presidencial, no se trata de un vínculo de carácter meramente ideológico con el régimen comunista que inauguró la época de los totalitarismos modernos, sino de algo mucho más concreto y gravoso.

Los comunistas chilenos no solo orientaron sus políticas de acuerdo a los linchamientos soviéticos, sino que se hicieron cómplices entusiastas y apologistas fervientes de todos los crímenes cometidos bajo la dictadura comunista soviética, desde la toma del poder por Lenin en 1917 hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991. La lista de complicidades es larga y va desde las matanzas impulsadas por el mismo Lenin hasta la invasión de Afganistán en los años 80 del siglo recién pasado. Esta larga lista incluye de manera destacada el terrorismo de Estado ejercido por Stalin durante casi tres décadas, que dejó millones de víctimas, entre las cuales se cuentan miles de comunistas disidentes o simplemente sindicados como tales por la paranoia criminal de Stalin. También se incluyen, entre muchos otros casos, el apoyo del Partido Comunista de Chile al pacto de la vergüenza entre la Unión Soviética y la Alemania nazi y a las invasiones “fraternales” de Hungría y Checoslovaquia por las tropas soviéticas, así como la solidaridad con el golpe militar del general Jaruzelski en Polonia y con las dictaduras prosoviéticas del este de Europa. Esta política de complicidad con las “dictaduras amigas” se ha mantenido incluso después de la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética, como en los casos de Cuba y Venezuela.

Por todo ello es que resulta tan chocante leer declaraciones como las formuladas el año pasado por el actual secretario general del partido, Lautaro Carmona, afirmando que desde su fundación en 1912 “la política del Partido Comunista se consagra en la lucha por las causas democráticas más nobles y libertarias” (El Siglo, 4.6.2020). Nada podría estar más lejos de la verdad.

Frente a este historial tan poco edificante, los comunistas acostumbran a replicar que en Chile el partido siempre ha actuado ciñéndose a las reglas democráticas y que, por lo tanto, cualquier juicio sobre su credibilidad democrática debe atenerse a esta evidencia. Sin embargo, esta respuesta, más allá del grado de veracidad histórica de la misma, elude lo principal. La cuestión decisiva, y no menos importante en su caso ya que aspira a ser presidente de Chile, no es lo que el partido hizo o dejó de hacer mientras no detentaba el poder, sino lo que hubiese hecho de haberlo conquistado y haber tenido la posibilidad de realizar plenamente sus ideales.

Es evidente que se requeriría una dosis extremadamente alta de hipocresía para negar que en ese caso se hubiese implantado una sociedad al estilo soviético, es decir, una dictadura de partido único como aquella existente en las sociedades que fueron y siguen siendo el faro iluminador del accionar de los comunistas chilenos. Por ello, señor alcalde, es que le escribo desde la más profunda preocupación. La historia condena sin paliativos a su partido y no conocerla puede condenar a Chile a vivir una experiencia en la cual incluso su libertad puede llegar a estar en juego.

A continuación expongo con más detalle el historial de la vinculación, identificación y complicidad de su partido con diversos regímenes totalitarios, en especial con el soviético, que tuvo un impacto decisivo en la conformación tanto ideológica como organizativa del comunismo chileno. Se trata solo de un recuento que sintetiza algo de lo que será desarrollado con mucha mayor amplitud en mi próximo libro que llevará por título Libro negro del comunismo chileno.

El pecado original: el vínculo con la dictadura leninista

La transformación del Partido Obrero Socialista (POS) en Partido Comunista de Chile (PCCh), consumada en enero de 1922, está directamente relacionada con el impacto que tuvo la toma del poder por los bolcheviques en Rusia el año 1917. Luis Emilio Recabarren, el gran líder y fundador del POS, inicia desde muy temprano lo que sería una constante del comunismo chileno hasta el colapso de la Unión Soviética en 1991: por una parte, el presentar una dictadura totalitaria como si fuese una “democracia verdadera”, de carácter superior a la tan menospreciada “democracia burguesa”, y, por otra, el ocultamiento sistemático de los crímenes cometidos por el régimen comunista implantado por Lenin y perfeccionado por Stalin.

En febrero y marzo de 1918 Recabarren publica cuatro columnas en el periódico Adelante que dan la tónica de la recepción de los hechos de Rusia que formará al comunismo chileno. Según esos textos, los “maximalistas” rusos (vocablo con el que Recabarren denomina a los bolcheviques) estarían convirtiendo a Rusia “en el más formidable baluarte de la verdadera democracia, de la democracia del pueblo honrado y trabajador”. También se afirma allí que para lograrlo “el pueblo ruso no ha necesitado hacer funcionar ninguna clase de patíbulos”. Además, mediante la revolución ese país habría dicho: 

“Adiós para siempre a la propiedad privada, herencia maldita del pasado, que fue la causa de tantos y tantos horrores humanos. El pueblo ha decretado su abolición y las cosas marchan a los hechos consumados. La soberanía verdadera del pueblo por medio del Soviet, reemplaza todos los gobiernos para realizar la administración forzosamente pública”. 

Por esas razones, Recabarren exclama: “¡Rusia maximalista es hoy la antorcha del mundo! Salud a esa Rusia. Rusia revolucionaria, librando al mundo de la guerra, es el más poderoso baluarte de la verdadera democracia”.  Y concluye diciendo: “Doy, sin vacilar, mi voto de adhesión a los maximalistas rusos, que inician el camino de la paz y de la abolición del régimen burgués, capitalista y bárbaro. Quien no apoye esta causa, sostendrá el régimen capitalista con todos sus horrores”.

Se trata de una serie de afirmaciones notables por su falta de veracidad. Cuando fueron publicadas, en lo que Recabarren llama “democracia verdadera” ya se había reimplantado la censura el 27 de octubre de 1917 (según el viejo calendario ruso; 9 de noviembre según nuestro calendario), es decir, solo dos días después de la toma del poder por los bolcheviques; el 7 de diciembre se había creado la Checa, la temible policía política del nuevo régimen que pronto llegaría a tener 250.000 efectivos; el 6 de enero de 1918 se había disuelto por la fuerza la Asamblea Constituyente, democráticamente electa y en la cual los bolcheviques estaban en minoría; y el 14 de enero se habían destinado destacamentos armados para efectuar requisas de alimentos en el campo bajo la orden de Lenin de “adoptar las medidas revolucionarias más extremas”.

El régimen que según Recabarren debía “traer la paz perpetua” se preparaba entonces para iniciar la guerra contra su propio pueblo apenas se lograse un armisticio con los alemanes, cosa que se concretará a comienzos de marzo de 1918. En esa coyuntura y sin mediar una amenaza militar interna, Lenin decide radicalizar la dictadura llamando a iniciar la “guerra interna”. En Las tareas inmediatas del Poder Soviético, texto publicado en Pravda a fines de abril de ese año, declara: “Toda gran revolución, especialmente una revolución socialista, es inconcebible sin guerra interior, es decir, sin guerra civil, incluso si no existiese una guerra exterior.” Y luego aclara que una guerra así exige “una mano de hierro”, con la cual golpear a “los elementos de descomposición de la sociedad vieja, fatalmente numerosísimos y ligados, sobre todo, a la pequeña burguesía”. Por ello exige el endurecimiento de la dictadura bolchevique, que consideraba demasiado blanda. Estas son sus palabras:

“La palabra dictadura es una gran palabra. Y las grandes palabras no pueden ser lanzadas livianamente al aire de cualquier manera. La dictadura es un poder férreo, de audacia y rapidez revolucionarias, implacable en la represión tanto de los explotadores como de los malhechores. Sin embargo, nuestro poder es excesivamente blando y, en infinidad de ocasiones, se parece más a la gelatina que al hierro”.

Pronto vendría, ya en plena guerra civil, la implantación oficial del “terror rojo” (septiembre de 1918), dando así inicio a un largo proceso de extrema violencia que se prolongaría hasta los años 30, cuando se doblega definitivamente a los campesinos rusos mediante acciones militares francamente genocidas a la vez que se afianza el gulag, es decir, el enorme sistema soviético de campos de concentración, trabajo forzado y exterminio. En total, unos 20 millones de personas perderían la vida a causa de la represión y las hambrunas. Nada quedó en pie de lo conquistado por el pueblo ruso en el periodo revolucionario democrático que se inicia en febrero de 1917 y se cierra con el golpe de Estado bolchevique en octubre de ese año.

Alguien podrá decir que la apología de Recabarren de lo que sería uno de los regímenes más criminales de la historia humana se justifica por lo reciente del hecho y porque Recabarren, que escribe estos textos en Buenos Aires hacia fines de diciembre de 1917, no podía aún conocer la extensión de la barbarie que se estaba imponiendo. Sin embargo, después de una permanencia en Rusia de poco más de 40 días a fines de 1922, Recabarren vuelve a reiterar su visión apologética de la dictadura comunista en su texto La Rusia obrera y campesina (1923):

“Y pude ver con alegría, que los trabajadores de Rusia, tenían efectivamente en sus manos toda la fuerza del poder político y económico, y que parece imposible que haya en el mundo una fuerza capaz de despojar al proletariado de Rusia de aquel poder ya conquistado. Pude constatar además que la expropiación de los explotadores es completa, de tal manera que jamás volverá a Rusia un régimen de explotación y tiranía, como el que todavía soportamos en Chile. Pude convencerme, que no me había engañado anteriormente, cuando he predicado en este país, que el proletariado de Rusia tiene en sus manos todo el poder para realizar su felicidad futura y va reuniendo los elementos para construir la sociedad comunista, como verdadero reinado de justicia social. También pude saber cómo la clase trabajadora tomó en sus manos todo el poder y las responsabilidades del caso, y cómo por medio de la dictadura proletaria, lo conservará en su poder impidiendo que la burguesía derrumbada pretenda reconquistarlo”.

Se trata de una adulteración completa de la penosa realidad soviética. Nada quedaba por entonces ni de los soviets ni del control obrero como fuerzas independientes, nada escapaba al poder ya omnímodo del Partido Comunista. Además, la publicación del folleto de Recabarren coincide con uno de los episodios más conmovedores del drama ruso: el brutal aplastamiento de los marineros de la célebre base naval de Kronstadt sublevados en marzo de 1921 contra la ya implacable dictadura bolchevique.

Un interesante aspecto del texto de Recabarren es que, hacia el final, niega rotundamente la existencia de la democracia en Chile y propone la vía dictatorial soviética como camino (las mayúsculas son de Recabarren):

“Cuando se dice que Chile es un país donde la DEMOCRACIA es una costumbre establecida, se dice una mentira exacta. En Chile no hay democracia (…) La DEMOCRACIA es algo así como un juguete con que el explotador capitalismo ilusiona y entretiene al pueblo para calmar sus furores y para desviar su atención (…) En Rusia los trabajadores no creyeron JAMÁS en las mentiras de la democracia y fueron derechamente por el camino de la REVOLUCIÓN que es más corto y MÁS SEGURO, y eso les ha dado la victoria que nosotros los comunistas celebramos”.

Este planteamiento se verá nuevamente expresado con toda claridad en un texto de fines de 1923 titulado La dictadura preferible. Ya no se trata para Recabarren y sus camaradas de instaurar una “democracia verdadera”, sino, lisa y llanamente, una dictadura, la propia:

“La realidad marcha hacia las dictaduras. Es el caso de escoger entre la dictadura obrera y burguesa. La dictadura burguesa ya la conocemos es el hambre, la opresión, la ignorancia y la mordaza perpetua. La dictadura obrera, es la fuerza que destruye el hambre, la opresión, la ignorancia y la mordaza perpetua. Es decir, hablando más claro, la dictadura obrera es la que destruye la dictadura burguesa que tantos siglos hemos sufrido (…) La dictadura burguesa favorece toda clase de explotación y de vicios que envilecen. La dictadura obrera destruye la explotación y la fuente de todos los vicios. Prefiero, pues, la dictadura obrera”.

Las 21 condiciones de la Internacional Comunista

Esta recepción entusiasta y mistificadora de la dictadura comunista impuesta en Rusia conduce al POS a aprobar en su III Congreso celebrado en Valparaíso en diciembre de 1920 la resolución de cambiar de nombre y adherirse a la Internacional Comunista (IC) o Komintern (también conocida como Tercera Internacional) fundada en marzo del año anterior en Moscú.

La adhesión del PCCh a la Komintern implicaba el compromiso de cumplir las 21 condiciones que esta organización estableció para aceptar a los partidos que aspirasen a transformarse en una sección de la IC. Entre estas condiciones, que guiarán por largo tiempo el quehacer de los comunistas chilenos, están la aceptación de la dictadura del proletariado como objetivo de la acción revolucionaria, la preparación para dar un golpe insurreccional y el uso de las formas democráticas para facilitarlo, la total ruptura con las corrientes reformistas de la izquierda, la imposición del modelo de partido leninista (el así llamado “centralismo democrático”, que transforma a la dirección del partido en su núcleo dictatorial), el seguimiento irrestricto de las directivas emanadas de la Komintern y el cambio de nombre del partido. He aquí el tenor literal de partes de este documento clave para la historia del comunismo tanto internacional como chileno (entre paréntesis el número de la condición de la cual se extrae la cita):

o   (1)  “Ha de hablarse de la dictadura del proletariado no simplemente como si se tratara de una fórmula corriente y trivial, sino que ha de ser defendida de tal modo que su necesidad se haga patente para todo trabajador y toda trabajadora de la masa, para todo soldado y campesino”.

o   (3) “La lucha de clases en casi todos los países de Europa y América está entrando en la fase de la guerra civil. En tales condiciones, los comunistas no pueden confiar en la legalidad burguesa. Ellos deben crear en todas partes una maquinaria ilegal que en los momentos decisivos sirva de ayuda para que el partido cumpla su deber para con la revolución”.

o   (4) “Una propaganda y una agitación persistentes y sistemáticas han de llevarse a cabo en el ejército; han de formarse grupos comunistas en toda organización militar (…) la negativa a hacerla o a participar en esa tarea ha de ser considerada traición a la causa revolucionaria e incompatible con la afiliación a la Tercera Internacional”.

o   (7) “Los partidos que deseen unirse a la IC deben reconocer la necesidad de una ruptura absoluta y completa con el reformismo (…) La IC exige incondicional y perentoriamente que esa ruptura se lleve a cabo en el menor plazo posible”.

o   (12) “Todos los partidos integrantes de la IC deben formarse sobre la base del principio del centralismo democrático. En los tiempos presentes de aguda guerra civil el Partido Comunista sólo será capaz de cumplir sus tareas si está organizado de una manera suficientemente centralizada, si posee una disciplina férrea y si la dirección del partido goza de la confianza de sus miembros y está dotada de poder y autoridad y se le dota de los más amplios poderes”.

o   (16) “Todas las resoluciones de los congresos de la IC, así como las resoluciones del Comité Ejecutivo, son obligatorias para todos los partidos afiliados a la IC”.

o   (17) “Todos los partidos que deseen unirse a la IC han de cambiar sus nombres. Cada uno de los partidos que desee unirse a la IC ha de llevar el siguiente nombre: Partido Comunista de tal o cual país, Sección de la Tercera Internacional Comunista”.

El asalto estalinista al partido de Recabarren

El PCCh será aceptado el año 1922 como miembro simpatizante de la Komintern, a la espera de que cumpliese a cabalidad con las 21 condiciones recién citadas. Esto se realizará sucesivamente, permitiendo ya en 1928 pasar a ser una sección de pleno derecho de la IC. Sin embargo, la bolchevización plena del partido tomará más tiempo, completándose hacia 1940. Los momentos clave del proceso que aparta completamente al PCCh del partido significativamente más democrático y abierto creado por Recabarren para transformarse en una copia chilena del modelo leninista-estalinista soviético son los siguientes:

(1)   El comienzo de lo que el historiador Sergio Grez ha llamado “la brutal intervención” de parte de los enviados del Secretariado Sudamericano (SSA, denominado Buró Sudamericano, BSA, desde 1930) de la Komintern hacia fines de 1926, con la llegada a Chile del ruso Boris Mijailovic y los argentinos Rodolfo Ghioldi y Miguel Contreras, así como con la Carta abierta del SSA de la IC. A todos los miembros del PCCh con motivo del próximo Congreso, publicada en noviembre de 1926. Esta primera intervención se hará aún más patente por medio de la presencia de los enviados de la IC al VIII Congreso del PCCh a comienzos de 1927 (Ghioldi incluso preside varias de las sesiones del congreso). El propósito de esta intervención era imponer la acelerada bolchevización del partido, es decir, la eliminación de la herencia organizativa del POS y, más específicamente, del fundador del partido, Luis Emilio Recabarren.

(2) La lucha sin cuartel contra la corriente dirigida por el senador Manuel Hidalgo y otros camaradas luego acusados de ser trotskistas (la peor de todas las acusaciones posibles dentro del universo del comunismo estalinista), que resisten la intervención exterior y la imposición a rajatabla de los bandazos políticos de la IC, cosa que se tornó especialmente aguda a partir del viraje hacia una política extremista de confrontación sectaria emprendida por la IC en 1928 (el así llamado “Tercer Período” al que pronto volveremos). 

(3) La consolidación, a comienzos de la década de 1930, de una dirigencia sumisa a los dictados de la IC encabezada por el secretario general de la fracción estalinista del PCCh, Carlos Contreras Labarca, y por el secretario general ejecutivo de la Federación Obrera de Chile (FOCH, organización comunista afiliada a la Internacional Sindical Roja con sede en Moscú), Elías Lafertte.

(4) El arreglo de cuentas definitivo con en “recabarrenismo” (si bien Recabarren seguirá manteniendo una presencia a simbólico-ceremonial en el partido) en la Conferencia Nacional del PCCh de julio de 1933. En sus resoluciones se puede leer el siguiente párrafo clave:

“La ideología de Recabarren es la herencia que el partido debe superar rápidamente. Recabarren es nuestro; pero sus concepciones sobre el patriotismo, sobre la revolución, sobre la edificación del partido, etc. son, al presente, una seria traba para cumplir nuestra misión. ¡Hagamos una fuerte lucha en el seno del partido por la teoría revolucionaria, por la teoría del proletariado, por el marxismo-leninismo! ¡Luchemos porque los ideólogos del P. sean Marx y Lenin!”.

Fue un terrible golpe contra toda una historia, pero el estalinismo era implacable. Así resume Sergio Grez esta lamentable muestra del sometimiento del PCCh a los dictados del Komintern en su estudio sobre “Las relaciones entre el Komintern y el Partido Comunista de Chile (1922-1941)” (Revista de Historia Social y de las Mentalidades, enero-junio 2020):

“Con sus delegados interviniendo el órgano superior del PCCh, el BSA preparó la Conferencia Nacional de julio de 1933, ocasión en la que se saldaron las cuentas con el “recabarrenismo”, esto es, con las concepciones, procedimientos, formas de organización y cultura política que habían caracterizado al partido en los tiempos de Recabarren y en los años inmediatamente posteriores a su muerte. A pesar de su resistencia a desligarse de su fundador, el PCCh terminó plegándose el dictado del BSA, renegando de la herencia de Recabarren, presentado en el paroxismo de las políticas del “tercer período”, como un hombre honesto, pero equivocado. El golpe moral a los viejos camaradas del precursor del partido fue tremendo”.

En suma, como concluye Grez:

“El PCCh había pasado de una notable y poco corriente autonomía en el seno del movimiento comunista internacional a un marcado nivel de dependencia política, ideológica y orgánica respecto del Komintern, siendo dirigido in situ por los delegados del BSA, quienes se aseguraban –mediante su participación en la dirección nacional del partido, la crítica implacable a  sus dirigentes, la formación de sus cuadros, la redacción y/o revisión de sus principales documentos públicos, la colaboración en sus órganos de prensa y la distribución de la ayuda financiera”.

De allí en adelante, el PCCh perderá su autonomía frente a los dictados provenientes de la Unión Soviética (la “Casa”, como se la denominaba en la jerga comunistas de la época), ya sea mediados por la IC, hasta 1943, o por la Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros (Kominform) entre 1947 y 1956 o, más directamente, provenientes del Departamento Internacional del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Las directivas soviéticas van, además, acompañadas por significativos aportes financieros (ver el estudio de Olga Uliánova y Eugenia Fediakova “Algunos aspectos de la ayuda financiera del PCUS al comunismo chileno durante la Guerra Fría” en Estudios Públicos 72, 1998)  Sin embargo, hay que recalcar que todo ello no resta, como diversos autores lo han señalado, un cierto margen de maniobra de parte del PCCh para adaptar los lineamientos soviéticos a la realidad chilena.

En términos organizativos, el proceso de bolchevización estalinista culminaría hacia fines de los años 30 con la constitución de la poderosa y temida Comisión de Control y Cuadros, una especie de inquisición comunista destinada a velar por la disciplina y la ortodoxia intrapartidaria que jugaría un rol clave en diversos enfrentamientos internos, como el que en los años 40 protagonizaron, entre otros, Carlos Contreras Labarca y Galo González, que encabezaba la mentada comisión (ver Alfonso Salgado Muñoz “Luchas de poder y radicalización del Partido Comunista de Chile, 1945-1946” en Historia, junio de 2018).

Una nueva intervención directa de la IC en 1940 será decisiva en la culminación del paso al estalinismo pleno. Como apunta Sergio Grez en la obra ya citada:

En la primavera austral del mismo año (1940) poco después del asesinato de Trotsky, el Komintern volvió a ejercer un control tan férreo sobre “su sección chilena” como el que había hecho gala en tiempos anteriores. El IX Pleno del Comité Central del PCCh realizado en Santiago entre el 29 de septiembre y el 4 de octubre de 1940 contó con la participación (…) del enviado del Komintern Vittorio Codovilla, quien había llegado poco antes desde México, donde había jugado un papel clave en la purga del partido comunista de ese país. Codovilla incidió de manera decisiva en una nueva evolución del partido chileno, esta vez a un estalinismo más duro en su funcionamiento interno”.

El partido siempre tiene la razón

Es importante profundizar un poco en lo que significa bolchevizar un partido a fin de poder entender a cabalidad el tipo de organización férreamente disciplinada en que se transformará el PCCh y en la cual nada será superior ni tendrá más urgencia que “la orden de partido”.

Como se sabe, el mayor aporte de Lenin a la teoría y la praxis revolucionaria fue la creación de una organización formada por revolucionarios profesionales, cuadros bien formados, probados y entregados en plenitud al partido. Los principios organizativos leninistas fueron establecidos por Lenin en el ¿Qué hacer? (1902), obra clave de la ortodoxia marxista-leninista a la que se plegará el PCCh. Recordemos por ello algo de ese texto célebre.

El punto de partida que define la lógica militante comunista es, según Lenin, el siguiente:

“El único principio de organización serio a que deben atenerse los dirigentes de nuestro movimiento tiene que ser el siguiente: la más severa discreción conspirativa, la más rigurosa selección de afiliados y la preparación de revolucionarios profesionales. Si se cuenta con estas cualidades, está asegurado algo mucho más importante que la “democracia”, a saber: la plena confianza mutua, propia de camaradas, entre los revolucionarios (…) ¡y la “democracia”, la verdadera, no la democracia pueril, va implícita, como la parte en el todo, en este concepto de camaradería!”.

Esta concepción de la camaradería como forma superior y verdadera de la democracia es característica de todos los movimientos totalitarios, con independencia de su raigambre ideológica. El fascismo y el nazismo desarrollarán un verdadero culto a la camaradería, que no será inferior al que caracterizará al movimiento comunista. Esta idea exaltada de la camaradería denota la esencia más profunda de la aspiración totalitaria: el deseo de pertenencia absoluta a algo superior, la entrega completa del individuo al colectivo, a la única familia, lealtad y amor que puede dar un sentido total de pertenencia e identidad frente al cual todo lo demás deja de tener valor. Ahora bien, la pieza clave de todo el plan organizativo de Lenin es “el revolucionario profesional”.

Eso era lo esencial para Lenin y lo que de él aprenderán sus herederos políticos: poder contar con la completa dedicación de “hombres-partido”, personas que llegan a ser, como lo expresaría Jan Valtin en su célebre autobiografía (La noche quedó atrás, 1941), “un pedazo del partido”. Esos hombres para los cuales “el partido se transforma en familia, escuela, iglesia, albergue”, para expresarlo con las palabras del escritor italiano y ex militante comunista Ignazio Silone. Militantes que puedan decir del partido, con el Neruda del Canto General: “Me has hecho indestructible porque contigo no termino en mí mismo”.

Un punto fundamental del leninismo es que la diferencia entre la construcción del partido en un país más democrático y en la Rusia autocrática del tiempo de Lenin solo reside en la amplitud del mismo. En este sentido, la idea de restringir absolutamente el partido a los profesionales de la revolución es propia de las condiciones históricas de un país autocrático. Cuando las condiciones lo permiten se agrega al núcleo del partido, es decir, a sus cuadros o revolucionarios profesionales, una periferia de activistas o miembros comunes del partido, así como una serie de organizaciones dependientes o aliadas. Pero esto no cambia la esencia misma del partido: el núcleo de profesionales de la revolución que le da estabilidad y forma la espina dorsal del mismo.

Este es el tipo de organización en que el PCCh tratará de transformarse y en gran medida lo logrará. Será el partido de los que con absoluta convicción proclamarán, con las palabras del himno del partido comunista de la RDA (autodenominado “Partido Socialista Unificado de Alemania”): “El partido siempre tiene la razón” (Die Partei hat immer recht).

Insurrección, soviets y República Araucana

Los impactos de los virajes del PCUS sobre la línea política del PCCh fueron notorios y, muchas veces, desconcertantes para sus propios militantes. El VI Congreso de la IC, realizado en Moscú entre el 17 de julio y el 1 de septiembre de 1928, representó uno de esos giros y tuvo consecuencias dramáticas a nivel mundial. Allí se pasa, abruptamente, a la política de “clase contra clase”, a las intentonas insurreccionales inmediatas y a la lucha sin cuartel contra la socialdemocracia, catalogada ahora de “socialfascista” y sindicada como el principal obstáculo para el logro de la revolución. El odio era tal hacia la socialdemocracia que en el caso de Alemania incluso se promovieron alianzas tácticas con los nazis a fin de desestabilizar a las autoridades socialdemócratas, como en el célebre referendo celebrado en Prusia en agosto de 1931.

En Chile el PCCh adopta plenamente la nueva retórica kominteriana, especialmente a partir de la crisis económica global que golpea brutalmente a Chile en 1930 y conduce a la caída de la dictadura de Carlos Ibáñez en julio de 1931. Según el historiador Salgado Muñoz (Cuadernos de Historia, diciembre 2016):

“El PCCh vio en esta crisis el derrumbe inminente del capitalismo, confirmando los presagios de la IC, o Komintern, y con su retórica revolucionaria aportó una cuota no menor de inestabilidad a la caótica situación reinante. El partido apoyó, por ejemplo, el levantamiento de la marinería en agosto de 1931, intentando radicalizar el movimiento, y militantes de base tuvieron cierta participación en el frustrado asalto al cuartel del regimiento Esmeralda, en Copiapó, a fines del mismo año. La encendida retórica ultra-revolucionaria del PCCh se hizo también sentir en junio de 1932, durante la fugaz República Socialista, cuando los líderes comunistas llamaron a desoír a la Junta de Gobierno y formar soviets”.

En este contexto es interesante destacar la postura radical del PCCh frente a la República Socialista (que dura doce días, del 4 al 16 de junio de 1932), la que llegará incluso a ser calificada como una “nueva dictadura militar fascista” (en El Comunista de Antofagasta del 8 de junio de 1932). Esta caracterización correspondía plenamente a la definición que la IC había dado de la República Socialista –“en nuestra opinión representa simplemente al fascismo nacional”– en un documento dirigido por la  Confederación de los Sindicatos de América Latina (CSLA) a la FOCH con fecha 7 de junio.

La agresividad comunista se dirigirá con especial énfasis contra el futuro fundador del Partido Socialista y uno de los líderes de la República Socialista, Marmaduke Grove. Un panfleto algo posterior, titulado El grovismo principal obstáculo para la revolución obrera y campesina en Chile, es característico de la saña con que se atacará a Grove. Allí se fustiga no solo al “social-fascismo”, sino igualmente al “fascio-grovismo” y al “cuartelazo pro-imperialista” del 4 de junio. En ese panfleto, tan típico de la retórica del Tercer Período, podemos leer: “El Partido Comunista se ha destacado siempre como un adversario del grovismo y si, al respecto, algún error ha cometido es precisamente no haberlo desenmascarado más ampliamente ante la masa.” Para luego arremeter contra la posibilidad de usar el voto como arma de liberación de los trabajadores:  “El sufragio universal tal como se practica en el sistema capitalista y con todas las reglamentaciones que cada día introduce la clase enemiga no puede conducir jamás a liberar a los trabajadores del yugo que sufren”.

La respuesta concreta del PCCh ante la instauración de la República Socialista será la formación de un efímero soviet en el Salón de Honor la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile que por entonces funcionaba en la actual Casa Central de esa universidad (la convocatoria a formar soviets no era nada nuevo en la retórica comunista de la época y también se había dado en el contexto de la sublevación de la marinería en 1931). Su llamado era que solo una dictadura del proletariado era aceptable. Entre otras demandas estaba la de armar al proletariado y alentar la constitución de una “República Araucana”. Su esperanza era que ese soviet fuese el embrión de aquel “doble poder” que condujo a la toma del poder por los bolcheviques rusos en 1917 (sobre este episodio ver Camilo Plaza Armijo, “Soviets, cuartelazos y milicias obreras: los comunistas durante los doce días de la República Socialista, 1932” en El siglo de los comunistas chilenos 1912-2012).

Sin embargo, el hecho más espectacular y trágico de esta fase insurreccional del PCCh se da en el contexto del levantamiento campesino de Lonquimay ocurrido en junio-julio de 1934 y que desemboca en la matanza, a manos de las fuerzas policiales gubernamentales, de cientos de campesinos mapuche cerca del fundo Ranquil. La historia de este hecho luctuoso ha sido muy discutida y a menudo se lo ha presentado como un alzamiento espontáneo (sobre diversas interpretaciones historiográficas véase “El Partido Comunista de Chile y el levantamiento de Ranquil” de Sebastián Leiva, Cyber Humanitatis 28, primavera 2003). Muy distinto, sin embargo, es el relato que dejó el entonces secretario general del PCCh, Carlos Contreras Labarca, en un informe que presentó en persona en Moscú en marzo de 1935. Se trata, probablemente, de un relato autoglorificante, pero no por ello menos significativo para conocer las perspectivas políticas y las formas de lucha alentadas por los comunistas chilenos en esa época. El texto proviene de los archivos de la IC desclasificados después de la caída de la Unión Soviética y ha sido publicado como anexo al ensayo de la historiadora ruso-chilena Olga Uliánova titulado “Levantamiento campesino en Lonquimay y la Internacional Comunista” (Estudios Públicos 89, verano 2003). Estas son, según los archivos, las palabras que el camarada “Borques” (seudónimo de Carlos Contreras Labarca) emitió en Moscú:

“En Lonquimay tuvimos un levantamiento revolucionario de los obreros, campesinos e indígenas. Ocuparon por vía revolucionaria una serie de grandes latifundios, haciendas en el sur. Este movimiento lo dirigía Komintern y los sindicatos revolucionarios, la FOCH. Desde el comienzo del año 1934 la dirección del partido concentró su atención principalmente en la región de Lonquimay para impedir el desalojo de los campesinos de sus tierras, llamar a la lucha común y a la solidaridad de todos los campesinos e indígenas de esta región”.

Contreras detalla luego los sucesos que condujeron al trágico y desigual enfrentamiento. El comienzo de la lucha se desencadena anticipadamente a lo planeado debido a la inesperada presencia de las fuerzas gubernamentales:

“Cuando se supo que el enfrentamiento era inevitable, la reunión decidió empezar la lucha sin esperar el mes de julio. Así, esta reunión de los obreros, campesinos e indígenas que en ese momento deliberaban en Lonquimay, adoptó una serie de importantísimas decisiones: la ocupación inmediata de los latifundios en la región, expropiación y distribución de todos los alimentos que estaban en las bodegas de la región, en las tierras de los latifundistas y en los fundos, entrega de armas a los trabajadores de la región para defenderse de las fuerzas armadas del gobierno. Fueron adoptadas una serie de decisiones de carácter técnico militar. Se decidió organizar en la región un tribunal revolucionario para llevar a cabo de inmediato una justicia de clase”.

También se adoptó la resolución de crear una “República Mapuche Araucana” (idea que, como vimos, venía promoviendo el PCCh desde hacía ya tiempo). La esperanza del partido era transformar el levantamiento de Lonquimay en un amplio movimiento insurreccional que culminase con el derrocamiento del gobierno de Arturo Alessandri:

Las condiciones geográficas de esta región son propicias para que este movimiento, este levantamiento se prolongue el tiempo suficiente para movilizar al resto de los trabajadores de otras regiones del país en apoyo de este levantamiento (…) Las consignas del partido se dirigían principalmente [primero] a apoyar y ampliar el movimiento de Lonquimay. Segundo, a impedir el transporte de tropas a Lonquimay. Tercero, a movilizar a los campesinos de las regiones aledañas para la lucha por sus propias reivindicaciones, principalmente relacionadas con la cuestión de las tierras, cosechas, etc. Cuarto, a coordinar todas estas luchas parciales en solidaridad con el movimiento de Lonquimay. Después, nuestra consigna fue llevar todo este movimiento adelante hacia la lucha por el derrocamiento del gobierno de Alessandri. Éstas fueron las consignas del partido durante este levantamiento”.

Eran los tiempos en que, como lo expresó Luis Corvalán en el folleto de 1967 titulado Unión de las fuerzas revolucionarias y antiimperialistas de América Latina, el PCCh sustentaba “la consigna de la instauración inmediata de la dictadura del proletariado, de la constitución del Poder Soviético”. Con posterioridad se alteraría esta línea en cuanto a la inmediatez de la instauración de la dictadura del proletariado, pero no sobre su necesidad estratégica de acuerdo a los postulados centrales del marxismo-leninismo.

Pacto de la vergüenza y apoyo encubierto al nazismo

Después de las políticas insurreccionales del Tercer Período la IC dio un nuevo vuelco espectacular. En su VII Congreso, celebrado en Moscú en julio de 1935, se oficializó el viraje consistente en pasar de la lucha sin cuartel contra socialdemócratas y reformistas a una política de amplias alianzas antifascistas que dio origen en diversos países, entre ellos Chile, a los frentes populares. La lucha contra el fascismo pasó a ser la idea rectora del movimiento comunista internacional, asimilando así la terrible lección que dejaba el ascenso de Hitler al poder y la destrucción del Partido Comunista Alemán, el más importante fuera de su homólogo soviético. El PCCh se reorientó, confirmando así algunas iniciativas, aún contradictorias como bien lo muestran los hechos recién referidos de Lonquimay, que ya antes habían surgido para salir del aislamiento y dejar atrás el extremismo del Tercer Período.

La nueva orientación sufrió, sin embargo, un duro e inesperado revés con la firma del pacto germano-soviético de agosto de 1939 (también conocido como Pacto Molotov-Ribbentrop por los apellidos de los respectivos cancilleres). Fue, tal vez, el hecho más bochornoso de la bochornosa historia del comunismo internacional. Todo cambió de la noche a la mañana y los partidos comunistas pasaron de una política antifascista a una de neutralidad que de hecho era pro nazi, declarando que la contienda que se inició el primero de septiembre de ese año era una guerra imperialista, donde los principales agresores serían las democracias occidentales. En Francia, Gran Bretaña y otros países amenazados militarmente por los nazis, los partidos comunistas llamaron a no enrolarse en los ejércitos y sabotearon abiertamente los esfuerzos realizados para resistir el embate alemán.

Así, por ejemplo, el Secretario General del Partido Comunista Francés, Maurice Thorez, deserta del ejército francés por orden de la IC y condena, en octubre de 1939, a “los provocadores de guerra imperialistas de París y de Londres”. En la Francia ya ocupada por los nazis, los comunistas denunciarán a De Gaulle como un agente del “imperialismo británico” y llegarán incluso, en junio de 1940, a abrir negociaciones con las autoridades alemanas para que autoricen la reaparición de L’Humanité y otros periódicos comunistas. En la solicitud dirigida a los ocupantes nazis se lee:

“L’Humanité, publicada por nosotros, tendrá como tarea denunciar las acciones de los agentes del imperialismo británico (es decir, De Gaulle) que quieren involucrar a las colonias francesas en la guerra (contra Alemania) (…) L’Humanité, publicada por nosotros, tendrá como tarea llevar adelante una política de pacificación europea y de apoyo a la celebración de un pacto de amistad franco-soviético que sea el complemento del pacto germano-soviético y cree las condiciones de una paz duradera”.

Por su parte, el 18 de febrero de 1940 la connotada dirigenta del Partido Comunista de España, Dolores Ibarruri (conocida como la “Pasionaria”), publica un texto, La Social-Democracia y la actual guerra imperialista, celebrando la ocupación soviética de Polonia oriental con las siguientes palabras: “Los trabajadores de todos los países han saludado con entusiasmo la acción libertadora del Ejército Rojo en el territorio del viejo Estado de los terratenientes polacos.” Pasando luego a hacer su tristemente célebre llamado al derrotismo frente al nazismo: “Ni un soldado, ni un solo español puede prestarse al juego infame de los gobiernos francés e inglés”.

El colaboracionismo abierto o encubierto con los nazis se extendió por todo el orbe. En Argentina, por ejemplo, los comunistas defienden la neutralidad, se oponen al boicot de los productos alemanes y muestran su apoyo a la solicitud de asilo de los marinos del acorazado alemán Graf Spee, hundido en las aguas de Mar del Plata. En Estados Unidos el Partido Comunista depone todo activismo antifascista y rechaza cualquier apoyo a Gran Bretaña y, más aún, a entrar en la guerra. Su consigna será: “The Yanks Are Not Comming”.

Por su parte, el PCCh –que era ya el más fuerte de América Latina– hace una defensa cerrada del pacto de la vergüenza y llama a oponerse al esfuerzo bélico de las democracias occidentales (tachadas ahora como “imperialistas”). Por ello, se empeña en alejar al gobierno del Frente Popular de cualquier intento de apoyo a los aliados y critica severamente los acuerdos de exportación de salitre y cobre a Estados Unidos.

En su tesis doctoral titulada El Partido Comunista de Chile, 1922-1947, el historiador británico Andrew Barnard describe así el brusco viraje del partido:

“Antes de que se suscribiera el pacto Molotov-Ribbentrop, el PC, siguiendo la política exterior soviética, tuvo una disposición favorable ante las democracias de EE.UU. y Europa. Pero, luego de agosto de 1939, el comunismo criollo rápidamente descubrió que las democracias europeas eran tanto o más repugnantes que el régimen alemán. Al finalizar el año, la prensa comunista daba más espacio a la propaganda en contra de los aliados que contra Alemania”.

En el XI Congreso del PCCh, realizado en Santiago en diciembre de 1939, el secretario general del partido, Carlos Contreras Labarca, celebra la ocupación de la mitad este de Polonia por el Ejército Rojo y la destrucción del “Estado Polaco de la camarilla militar y los terratenientes”, así como la ocupación de los países bálticos por “el gran País del Socialismo” y la oprobiosa guerra desencadenada por la Unión Soviética contra Finlandia el 30 de noviembre de 1939.

La toma de posición de los comunistas chilenos provocará una fuerte tensión con los socialistas, a los que llamaban despectivamente “schnakistas” o seguidores de Óscar Schnake, uno de los fundadores y primer secretario general del Partido Socialista, ex senador y por entonces nada menos que ministro de Fomento del gobierno de Pedro Aguirre Cerda. Así, el IX Pleno del Comité Central del Partido Comunista, celebrado en septiembre-octubre de 1940, define a los “schnakistas” como “ayudantes” de “la oligarquía y el imperialismo”, coincidiendo de esta manera con la ofensiva general de los partidos comunistas, impulsada desde Moscú, contra las fuerzas de corte socialdemócrata.

La respuesta socialista sería dura. El 15 de diciembre de 1940, en un memorable discurso en el Teatro Caupolicán, Óscar Schnake arremete contra los partidos comunistas que actúan, tal como lo hacía el chileno, como marionetas de la Unión Soviética. Para que se pueda captar plenamente la virulencia del conflicto entre socialistas y comunistas citaré algunos pasajes de su discurso.

Después de recordar antiguas traiciones comunistas (“el año 1931, el Partido Comunista creyó salvar a las masas trabajadoras alemanas marchando junto con el movimiento nacionalsocialista que dirige Hitler”), Schnake continúa describiendo de la siguiente manera el pacto de la vergüenza:

Comenzaron, primero, las conversaciones de Rusia con Alemania, que fueron ultimadas cuando un miembro prominente del Gobierno ruso es recibido en Berlín ante los estandartes unidos de la swástica y la hoz y el martillo, cuando Molotov, que creía tener derecho a ordenar como habían de liberarse los demás trabajadores de la tierra, tendió la mano a su enemigo irreconciliable y, al estrechársela, ahorcaron a todos los trabajadores de Europa”.

Por todo ello, y dirigiéndose directa y desafiantemente al Partido Comunista, el líder socialista saca la siguiente conclusión:

“Yo me paro en esta tribuna del Partido Socialista, en el corazón mismo de Chile, para decirle al Partido Comunista: “Ustedes ya no tienen derecho a seguir hablando en nombre de la clase trabajadora; ustedes ya no pueden ser nuestros amigos”.

En otras palabras, los días del Frente Popular estaban contados y, después de este duro enfrentamiento, tardaría mucho antes de que la relación entre comunistas y socialistas se recompusiera.

Celebrando a Stalin

Durante todo este período y hasta el famoso “discurso secreto” de Nikita Kruschov denunciando los crímenes de Stalin ante el XX Congreso del PCUS celebrado en Moscú en febrero de 1956, la figura de Stalin será venerada sin límites por los comunistas chilenos. Por entonces existía ya una gran cantidad de denuncias, testimonios y estudios, tanto sobre sus incontables crímenes de la barbarie estalinista como sobre el funcionamiento del régimen totalitario implantado en la Unión Soviética, pero nada de ello hizo mella en la devoción absoluta de los comunistas por “El Hombre de Acero, El Bolchevique de Granito, El Leninista de Bronce, El Soldado de Hierro, El Genio Universal, El Amado Stalin”, etcétera, etcétera (los apelativos provienen del libro de Luis Corvalán El derrumbe del poder soviético de 1993).

Los dirigentes comunistas chilenos difícilmente podían ignorar la terrible verdad acerca de las atrocidades cometidas, por ejemplo, contra el campesinado ruso durante la colectivización forzosa de la tierra a comienzos de la década de 1930, ni tampoco la política genocida desarrollada por Stalin en Ucrania, el tristemente célebre Holodomor con sus casi cuatro millones de víctimas tan bien estudiado por Anne Applebaum en Hambruna roja: La guerra de Stalin contra Ucrania (2019). Tampoco podían haber ignorado la falsedad de la trama truculenta de las grandes purgas y los juicios espectáculo de la segunda mitad de los años 30, en que miles y miles de sus camaradas comunistas, muchos de ellos activos al más alto nivel en la IC así como en diversos partidos comunistas aliados, habían perecido. Las visitas a Moscú de los máximos líderes del PCCh eran frecuentes por entonces y en los momentos más sórdidos del terror estalinista recalaban durante largos períodos en la Unión Soviética (por ejemplo, la estadía de Elías Lafertte, Galo González y Raúl Barra Silva de noviembre de 1937 a marzo de 1938). Pero sin la menor vacilación justificaron y aplaudieron el terror que se extendía a su alrededor y la prensa comunista (Bandera Roja y sobre todo Frente Popular) difundió en Chile el inverosímil cúmulo de falsedades en razón de las cuales se exterminó a casi toda la vieja guardia bolchevique (para las fechas relevantes de estas publicaciones ver Hacia un partido mundial y nacional: la cultura política comunista en tiempos de Stalin – Chile, 1931-1945 de Ximena Urtubia Odekerken, 2019). Para los comunistas chilenos era, simplemente, el precio necesario del progreso hacia la sociedad sin clases y por eso pudieron decir, con las reveladoras palabras del Canto General (1950) de Pablo Neruda:

“Stalin alza, limpia, construye, fortifica

preserva, mira, protege, alimenta, 

pero también castiga. 

Y esto es cuanto quería deciros, camaradas: 

hace falta el castigo”.

El 15 de marzo de 1953 el PCCh convocó a un gran acto de homenaje al recién fallecido Stalin en el Teatro Baquedano, en cuyo escenario dos banderas chilenas le daban su marco solemne a un gran retrato del dictador soviético. Los discursos allí pronunciados, que serian reproducidos el día siguiente en El Siglo,  resumían toda una era de delirante “culto a la personalidad”. Por supuesto que Neruda no podía faltar :

“Stalin es el mediodía

la madurez del hombre y de los pueblos (…)

Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo.

Stalinianos. Es ésta la jerarquía de nuestro tiempo! (…)

En sus últimos años la paloma,

la Paz, la errante rosa perseguida, se detuvo en sus hombros

y Stalin, el gigante, la levantó a la altura de su frente.

Así vieron la paz pueblos distantes”.

Pero el culto a Stalin se extendía fuera de los círculos del partido, tal como lo dejó en evidencia el largo discurso de Salvador Allende donde, entre muchas otras cosas, dijo lo siguiente de uno de los mayores criminales políticos de la historia:

¡Stalin fue un ejemplo de creatividad, de humanismo y un ejemplo edificante de paz y de heroísmo! (…) ¡Todo lo que hizo, lo hizo al servicio del pueblo. Nuestro padre Stalin ha muerto, pero al recordar su ejemplo, nuestro afecto hacia él hará que nuestros brazos crezcan fuertes hacia la construcción de un gran mañana, para asegurar un futuro en memoria de su magnífico ejemplo! (…) Camaradas del Partido Comunista, nosotros sabemos que hay sombra y dolor en vuestros corazones, que es ancha y profunda vuestra angustia. Vuestro consuelo, el saber que hay hombres que no mueren. Stalin es uno de ellos”.

El informe de Kruschov y la invasión de Hungría (1956)

El extenso informe de Kruschov sobre los crímenes de Stalin fue un duro golpe para el movimiento comunista mundial liderado por la Unión Soviética, pero el mismo no alteró las estructuras fundamentales de la dictadura totalitaria que seguiría vigente hasta prácticamente el derrumbe de la Unión Soviética en 1991. El PCCh redujo el tema a su mínima expresión posible, alegando la propia inocencia ya que, como se lee en la revista Principios de septiembre de 1956 respecto de Stalin, “no conocíamos sus errores prácticos”. Fuera de lo insostenible de esta afirmación, tan propia de los cómplices ya sea pasivos o activos en todo tiempo y lugar, lo más chocante es convertir asesinatos masivos y un terror sin límites ejercido por décadas en “errores prácticos”. Lo mismo hará, muchos años después, el secretario general de partido entre los años 1958 y 1989, Luis Corvalán, en sus memorias (De lo vivido y lo peleado, 1997). Allí , sin siquiera reflexionar sobre lo contradictorio de sus palabras, nos dice primero que no tenían idea de los “errores” de Stalin y luego que sí sabían pero que lo atribuían a “una invención del enemigo”. Es interesante recordar sus palabras y conocer el balance que hace sobre la gestión de uno de los grandes genocidas del siglo XX:

“Tuve, pues, la oportunidad y el honor de asistir a ese histórico Congreso en el cual se denunció el culto a la personalidad y se bajó del pedestal la figura de Stalin. El hecho conmocionó al mundo entero y especialmente a los partidos comunistas que se habían educado en la veneración de aquel hombre (…) No teníamos idea de sus crasos errores o los tomábamos como invención del enemigo (…) El denuncio del culto a la personalidad y de otros errores de Stalin era necesario y saludable para la sociedad soviética y el movimiento comunista. Con todo, creo que la historia no dejará a Stalin precisamente en el suelo”.

Sin embargo, y para ser justos, hay que recordar que en El derrumbe del poder soviético, su juicio había sido incomparablemente más duro y más ajustado a lo ocurrido bajo la dictadura de Stalin (nos dice, por ejemplo: “Durante todo el período de Stalin, que duró casi 30 años, desde 1924 a 1953, imperó un régimen de franca dictadura”). Ese libro es también mucho más autocrítico, reconociendo que los comunistas chilenos mantuvieron “una confianza virtualmente ciega en la Unión Soviética y su Partido Comunista”. Además, reconoce con toda franqueza:

“Nosotros, comunistas chilenos, fuimos admiradores de Stalin. Lo vimos como un gigante en la lucha por el socialismo y como un gran capitán en la guerra contra el fascismo. No tuvimos ninguna duda en hablar de marxismo-leninismo-stalinismo. Personalmente lo citaba a menudo”.

En todo caso, muy pronto se demostrarían los límites de la desestalinización soviética. En Hungría, donde la propia dirigencia comunista había iniciado un intento reformista en 1955, se desarrolló del 23 de octubre al 10 de noviembre de 1956 una sublevación popular que exigía libertad, democracia, la retirada de las tropas del Pacto de Varsovia y la restauración de la independencia húngara. La respuesta de Moscú dejó atónito al mundo: desplegar sus fuerzas armadas y aplastar, sin piedad, la revuelta libertaria. Después de un primer intento fallido vino, a comienzos de noviembre, el golpe definitivo. Como escribió Lluís Bassets en el diario El País (31.10.2016) de España recordando el 60 aniversario del aplastamiento del levantamiento de Hungría:

“Diez divisiones, con 5.000 carros y 150.000 hombres, más un nutrido apoyo aéreo, se había desplegado por toda Hungría, había bloqueado las fronteras con Occidente y organizado una tenaza sobre Budapest, que iba a cerrarse en la madrugada del 4 de noviembre (…) El aplastamiento de la Revolución de 1956 llevó al exilio a casi 200.000 personas. Fueron a parar a las cárceles unas 22.000, de las que 330 fueron ejecutadas, entre ellas el primer ministro Imre Nagy”.

Los combates habían sido intensos, dejando más de 2.500 patriotas húngaros muertos y miles de heridos, pero costándole también la vida a más de 700 soldados soviéticos. Esta fue la primera de una seguidilla de “invasiones fraternales” en el marco de lo que se conocería como la doctrina de la “soberanía limitada” de los países y, por extensión, de los movimientos, como el PCCh, controlados por o aliados con la Unión Soviética (esta doctrina, también conocida como “doctrina Brézhnev”, fue formulada explícitamente por el Partido Comunista de Polonia en 1968). En esta coyuntura trágica, los comunistas chilenos se pondrían, decididamente, de parte del agresor. Seguían siendo lo que siempre habían sido: cómplices entusiastas de la dictadura soviética.

A juicio del secretario general del partido, Galo González, “al intervenir en Hungría, en contra de un amotinamiento y de una intervención extranjera, la Unión Soviética ha salido en defensa del socialismo y de la paz”, como lo expresó en su Informe al XXIII Pleno del Comité Central del PCCh. A su parecer, “en Hungría ha habido intervención imperialista con fines de opresión nacional, de destrucción del socialismo y de agresión posterior contra la URSS”. Mientras tanto, en las calles de Santiago se enfrentaban miembros de la colonia húngara residente en Chile (que El Siglo calificará de “matones mercenarios enviados por los exaltados fascistas húngaros”) con militantes del PCCh.

Cabe en este contexto destacar que Salvador Allende condenó la invasión, si bien haciéndose cierto eco de la propaganda comunista acerca de la supuesta naturaleza “reaccionaria” del levantamiento húngaro:

“Nosotros, que somos partidarios de la autodeterminación de los pueblos, no podemos dejar de expresar claramente nuestra palabra condenatoria de la intervención armada de la Unión Soviética en Hungría. Ni aún con el pretexto de aplastar un movimiento reaccionario que significara la limitación de las conquistas sociales o económicas que pudiera haber alcanzado el pueblo húngaro y la vuelta a formas política caducas, justificaríamos nosotros la intervención de una potencia extranjera. Y mantenemos esta actitud cualquiera que sea el país de que se trate”.

Celebrando el aplastamiento de la Primavera de Praga (1968)

La noche del 20 de agosto de 1968 se produjo la invasión de Checoslovaquia por las fuerzas del Pacto de Varsovia lideradas por la Unión Soviética. Con la ayuda de tanques, aviones y unos 200.000 soldados se puso fin al intento del Partido Comunista checoslovaco por construir un “socialismo con rostro humano”, como lo definió en enero de 1968 Alexander Dubček, máximo líder de los comunistas checos. Ello desencadenaría la así llamada “Primavera de Praga”, con su impulso hacia la abolición del régimen totalitario y la instauración de la democracia, incluyendo la libertad de expresión, la autogestión de los trabajadores de sus centros laborales  y, no menos importante, la disolución de la policía secreta. Todo ello gatilló la respuesta militar soviética, con su secuela de muertos, heridos, encarcelados y exiliados.

Este fue uno de los hechos que marcó el inicio de la disidencia de una serie de partidos comunistas de Europa occidental respecto de la hegemonía soviética, el así llamado “eurocomunismo”. De hecho, los partidos comunistas de Italia, España, Francia, Suiza y Finlandia, así como el de México, tomaron distancia de la invasión soviética. Nada parecido ocurrió en el PCCh, siempre tan fiel a “la voz del amo”. Todo lo contrario. El 21 de agosto de 1968 la primera plana del diario El Siglo llevará a ocho columnas los siguientes titulares:

“Ante la amenaza imperialista y contrarrevolucionaria Checoslovaquia pidió ayuda armada a países socialistas”.

“Ante colusión de fuerza contrarrevolucionarias con fuerzas hostiles al socialismo, los jefes del Partido Comunista y del Gobierno de Checoslovaquia, solicitaron ayuda a la URSS y otros países del Pacto de Varsovia, incluso con Fuerzas Armadas, para enfrentar la amenaza contra el sistema socialista”.

Se trata de una indecencia sin nombre pensando que “los jefes del Partido Comunista y del Gobierno de Checoslovaquia” fueron arrestados el mismo día 21 y enviados por la fuerza a Moscú para ser ablandados y forzados a aceptar la intervención soviética. Poco antes de ser arrestado, por la tarde del día 21, el presidente checoslovaco, Ludvik Svovoda, declaró en su segunda alocución radial de ese día que la intervención militar “fue realizada sin el consentimiento de las autoridades constitucionales de nuestro Estado”. Por su parte, Alexander Dubček hizo ese día un llamado, que recuerda el que Salvador Allende hiciese el 11 de septiembre de 1973, a no dejarse masacrar por las fuerzas superiores de los invasores. Posteriormente, Dubček resumiría así el corazón de aquel intento de renovación democrática que la fuerza militar frustró:

“El socialismo, o cualquier otro sistema social moderno, no puede existir sin democracia. Ese era el cambio esencial que yo estaba tratando de impulsar en 1968. Pero entonces fuimos brutalmente impedidos de implementar nuestros planes. Yo sabía que la agonía del sistema soviético simplemente se agudizaría y aceleraría aún más”.

Afortunadamente, Dubček pudo ver el triunfo de la así llamada “Revolución de Terciopelo” que a fines de 1989 le devolvió la libertad a su país y el fin de la Unión Soviética. Para él, y para millones de checoslovacos y europeos del este, ello fue motivo de celebración, no así para los comunistas chilenos que de esa manera perdían el norte que siempre había orientado sus acciones.

Para remarcar su cerrado apoyo a la invasión soviética el PCCh convocará, a los pocos días, a un acto de masas en el Teatro Caupolicán. En su intervención, reproducida en la revista Principios, Luis Corvalán dirá que “en Checoslovaquia ha estado en juego el destino del mundo, el problema capital de la paz o de la guerra, de los rumbos que seguirá la humanidad en los próximos decenios”. Además, en ese discurso formulará la doctrina de los dos tipos de intervención militar extranjera que serían antagónicos entre sí: la mezquina y repudiable del imperialismo y la altruista y fraternal de la Unión Soviética:

“Cuando las potencias imperialistas mandan sus tropas a otros países lo hacen para proteger sus capitales, sus inversiones e impedir que los pueblos tomen el camino del socialismo. Esta es intervención. Esta es la esencia de la política intervencionista del imperialismo. Cuando la Unión Soviética se ha visto obligada, en uno que otro caso, a mandar tropas fuera de su territorio lo ha hecho siempre con un sentido completamente distinto, no para exportar la revolución sino para impedir la exportación de la contrarrevolución, en este caso concreto solo para ayudar al pueblo checoslovaco a salvar su régimen socialista. Guiada por tales propósitos actuó ayer en Hungría, hoy en Checoslovaquia”.

Invasiones y golpes militares: Afganistán 1979, Polonia 1981

La doctrina de la invasiones fraternales recibió una nueva oportunidad para iluminar el firmamento de los comunistas chilenos a propósito de la intervención soviética de Afganistán, iniciada en diciembre de 1979 con un golpe de Estado realizado con ayuda de tropas de élite soviéticas y convertida luego en una guerra de amplísimas dimensiones que llegaría a involucrar un total de más de 600.000 soldados soviéticos, apoyados por miles de aviones de guerra, tanques y otros blindados, transformándose, hasta la retirada total de los efectivos militares en 1989, en lo que con razón se llamó “el Vietnam de la Unión Soviética”. Algunos meses después del fin de la aventura militar, en diciembre de 1989, el propio Congreso de los Diputados del Pueblo de la Unión Soviética condenaría esta desastrosa intervención militar durante la que los soviéticos cometieron brutales masacres y vejaciones de la población civil, pereciendo entre medio millón y dos millones de afganos. Cerca de 15.000 soldados soviéticos perdieron la vida y más de 53.000 fueron heridos en los enfrentamientos con los muyahidines islámicos. Fue, sumando además su elevado costo económico, uno de los factores de importancia que explican el desmoronamiento de la Unión Soviética un par de años después.

El costo humano y el nivel alcanzado por el conflicto armado en Afganistán excedió con creces lo acontecido en las “intervenciones fraternales” anteriores y puso a los comunistas chilenos ante una nueva prueba de lealtad con “la gran patria socialista” que no dudaron en asumir. Como escribe Boris Yopo en su texto sobre “Las relaciones internacionales del Partido Comunista” (en El Partido Comunista en Chile: Estudio Multidisciplinario, 1988):

“La intervención soviética en Afganistán (1979) y la crisis polaca (1980-1981), fueron un indicador crítico de la continuidad en el alineamiento del PCCh con la política exterior de la URSS. Frente a los hechos en Afganistán, el PCCh emitió una declaración en la cual se señalaba los orígenes popular y progresistas de la revolución afgana que frente a la intromisión y conspiración externa recurre “a la ayuda generosa y fraternal de la Unión Soviética”.

El entrecomillado sobre “la ayuda generosa y fraternal de la Unión Soviética” proviene de la Declaración del Partido Comunista chileno frente al caso de Afganistán de enero de 1980. Posteriormente, en 1993, quien había sido el secretario general del PCCh, Luis Corvalán, reconocerá el profundo error de esta solidaridad con la invasión soviética: “Hoy es absolutamente claro que fue un profundo error la intervención soviética en Afganistán (…) Nosotros la apoyamos. Escribí en Pravda un artículo justificándola”.

Simultáneamente, en Polonia los trabajadores se agrupaban en el sindicato independiente clandestino Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa, para desafiar a la dictadura comunista. Un largo período de luchas antidictatoriales, durante el cual se logró la legalización de Solidaridad, fue cerrado violentamente por el golpe, promovido por los soviéticos, del general Wojciech Jaruzelski en diciembre de 1981. De esta manera, se decretó la ley marcial, se ilegalizó a Solidaridad, se encarceló a Wałęsa y a miles de opositores a la dictadura y casi un centenar de personas fue asesinado. Los comunistas chilenos, una vez más, no pudieron fallar en su apoyo a una dictadura comunista dependiente de la Unión Soviética. En la obra ya citada, el sociólogo y analista internacional Boris Yopo escribe lo siguiente sobre este apoyo:

“En cuanto a los sucesos en Polonia, y discrepando con el PC italiano que apoyó al movimiento Solidaridad, los comunistas chilenos a través de su secretario general, expresaron su total respaldo al Partido Obrero Unificado de Polonia “en sus propósitos de reafirmación y renovación socialistas”, y ante la perspectiva de una nueva crisis, señalaron que “hay y habrá fuerzas internacionales dispuestas a ayudar al pueblo polaco a aplastar la contrarrevolución (…) tal actitud es la esencia misma del internacionalismo socialista” (…) En otro articulo, Corvalán resumió la posición del PCCh frente al problema polaco, señalando que “en la lucha de clases a escala nacional o internacional hay que estar en una u otra barricada. Estamos pues, con la Polonia socialista”.

El Muro y la Casa

En un par de años el “socialismo real”, como eufemísticamente se llamaba a las dictaduras totalitarias del este de Europa, se derrumbó. Lo que por doquier se vivió como una liberación fue para los comunistas chilenos un verdadero “fin de mundo”: de pronto, y sin haberlo podido imaginar, se habían quedado sin su querida “valla de protección antifascista”, como en jerga comunista se denominaba al Muro de Berlín (“Antifaschistischer Schutzwall” era su nombre oficial), y, peor aún, sin “Casa” ni faro iluminador, ya que tanto la Unión Soviética como el PCUS pasarían a ser historia el año 1991.

En El derrumbe del poder soviético Luis Corvalán relata su vivencia de los días previos a aquel hecho extraordinario que fue el derribamiento del muro que por casi 30 años había dividido a Berlín:

“Cuando estaban por finalizar los festejos del 40 aniversario de la RDA, volé intempestivamente de Sochi a Berlín. Volodia Teitelboim, que había ido desde Chile expresamente a participar en ellos, me había llamado por teléfono para que lo acompañara. Y accedí, por cierto, a su pedido. Llegué a los postres, que no eran precisamente de dulces. Volodia y yo nos trasladamos desde el hotel al lugar en que se efectuaba la ceremonia de clausura, que era el Palacio de Gobierno, en el momento que centenares o miles de adversarios al poder constituido estaban en las calles y a la ofensiva, gritando contra el gobierno. Nuestros amigos alemanes nos abrieron paso dificultosamente”.

Así era la nueva realidad, el pueblo de Berlín comunista estaba en las calles pidiendo libertad y los jerarcas de antaño apenas podían circular por lo hasta hacía tan poco habían sido “sus calles”. Pero no se trataba, como dice Corvalán, de los postres nada dulces, sino del aperitivo de lo que pronto vendría: la liberación de toda Europa Oriental y el fin de la Unión Soviética. La Casa de los comunistas chilenos se derrumbaría para el asombro de todos y, no menos, el desconcierto y la desdicha de quienes habían, desde sus albores como partido, construido todo su proyecto político a imagen y semejanza de la Unión Soviética. Así comenta Corvalán, que por entonces ya estaba en Chile, el impacto entre sus camaradas del abrupto final de la saga comunista soviética:

“Lo sucedido no estaba en los libros. Nunca lo consideramos posible (…) Se suspendían las actividades del Partido, se cerraban sus locales, se congelaban sus fondos y se clausuraban sus diarios (…) Su desplome sorprendió a todo el mundo. Fue un golpe muy grande, ante todo para los comunistas. Fue un factor de crisis de sus partidos. Desorientó a mucha gente que ha caído en la pasividad y el inmovilismo. Estoy cierto que la generalidad de los militantes del Partido y el gran número de compatriotas que creyó en nuestra palabra no se explican cómo fue posible que fuéramos tan entusiastas y decididos defensores de la Unión Soviética, apasionados propagandistas de sus éxitos, amigos suyos en las duras y en las maduras, aliados en todas las circunstancias, al punto de aparecer incondicionales”.

Hasta el último momento los comunistas chilenos defendieron a las dictaduras amigas del este europeo. Fueron, tal vez, “los últimos mohicanos” de una causa aberrante y sin futuro. 

Cuba: la dictadura más longeva de América como ejemplo de la verdadera democracia

El 24 de abril de este año el Comité Central del PCCh le hizo llegar un saludo al sucesor de Raúl Castro y nuevo Primer Secretario del Comité Central Partido Comunista de Cuba, Miguel Díaz-Canel. En este saludo se presenta a la dictadura comunista cubana como faro iluminador de la lucha de los comunistas chilenos por construir el socialismo y como una “verdadera democracia”. Se trata del último de una larguísima serie de documentos alabando al régimen de Cuba y presentándolo como modelo de una “democracia superior” y “ejemplo de progreso en todos los aspectos de la vida social y de construcción democrática”.

Este es, en esencia, el mismo mensaje que Recabarren difundió sobre la dictadura comunista rusa: era la “verdadera democracia”, contrapuesta a la falsa “democracia burguesa”. Todavía en 1993 Luis Corvalán defendía esta concepción del régimen bolchevique implantado por Lenin como “una democracia cualitativamente superior” y se solidarizaba explícitamente con la caracterización hecha por Recabarren en 1917 de la Rusia soviética como la “verdadera democracia”:

“El poder soviético surgió como un poder democrático, como una dictadura de la mayoría sobre la minoría, como una democracia cualitativamente superior a la que se conocía en Occidente, donde la minoría domina sobre la mayoría, generalmente con métodos sutiles que le permiten mantener a mucha gente en el engaño. Soviet significa consejo y los primeros soviets estuvieron formados por representantes de los obreros, de los campesinos, de los soldados y de los marineros, que pronto abarcaron también a otras categorías de ciudadanos. Por primera vez en la historia se trataba de crear una democracia como la concebía Lincoln, como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo (…) Por eso, al saludar la Revolución Rusa de 1917, nuestro Luis Emilio Recabarren expresaba que el nuevo Estado que de ella surgía es el más poderoso baluarte de la verdadera democracia, de la democracia del pueblo honrado y trabajador”.

De esta manera, como ejemplo de la verdadera democracia, se presentaría la Unión Soviética en los escritos comunistas chilenos durante toda su existencia  y la tristemente célebre “Constitución de Stalin” del año 1936 fue aplaudida por ser “la más democrática del mundo” y la obra, como escribió Pravda, de “un genio del mundo, el hombre más sabio de la época, el líder más grande  del comunismo”.

Esto resume una concepción de la democracia ideal, representada por regímenes dictatoriales de partido único, absolutamente reñida con cualquier definición de la misma que respete su esencia pluralista y abierta (y contradictoria con la retórica actual del PCCh acerca de que “la democracia socialista debe garantizar el ejercicio del pluralismo ideológico y político”). En esta perspectiva, la democracia, tal como la conocemos, no es sino un medio o, mejor dicho, una etapa intermedia para alcanzar la “verdadera democracia”, aquella de la Rusia de Lenin o la Cuba de los Castro. 

El romance del PCCh con la dictadura cubana tiene una historia particular, ya que fue precedido por casi un decenio de fuertes tensiones y reproches mutuos. La llegada de los barbudos al poder el 1 de enero de 1959 y, sobre todo, sus intentos de exportar su modelo revolucionario basado en la lucha guerrillera al resto de América Latina chocó frontalmente con la estrategia de coexistencia pacífica a nivel global y vía no armada al socialismo propiciada por el PCUS desde 1956 y desarrollada con entusiasmo y éxito por el PCCh, que ya desde antes venía apuntando en esa dirección. 

En todo caso, lo central en este contexto es que “la herejía cubana”, como la llamó José González, delegado del PCCh en una conferencia de 81 partidos comunistas celebrada en 1960, contradecía frontalmente el planteamiento estratégico tanto de la Unión Soviética como del PCCh. Manuel Cabieses, un ferviente fidelista, describe así la esencia del conflicto en una columna titulada “La herejía revolucionaria” (Punto Final, 9.12.2016):

“Una de las lecciones que nos dejó Fidel fue su herejía a toda prueba, tanto en la teoría como en la práctica (…) No solo fue atacado y calumniado por las clases opresoras de todo el mundo. También fue criticado con virulencia desde la “izquierda” que lo consideró un aventurero cuyas metas eran inalcanzables (…) En Chile un columnista del diario El Siglo sugirió que el asalto (al Cuartel Moncada en 1953) lo había organizado la CIA (…) Se calificaba a Fidel de aventurerismo por su política de confrontación con el imperialismo y por su apoyo a la lucha revolucionaria en otros países. Se argumentaba que esto llevaría al aislamiento de Cuba del campo socialista (…) La oposición del reformismo se basaba en que Cuba impulsaba la vía armada como forma principal de lucha por la independencia de América Latina. Todas las otras formas, incluyendo la electoral, debían contribuir a fortalecer la vía fundamental”.

Sin embargo, más allá de estas importantes diferencias tácticas acerca de los métodos para llevar a cabo la revolución surge tempranamente una identificación del PCCh con el modelo de sociedad de partido único que se estaba imponiendo en Cuba. En octubre de 1965, Luis Corvalán afirmó lo siguiente en su Informe al XIII Congreso del Partido:

“surgirán una segunda Cuba, una tercera Cuba y otras más, tantas como países hay en el continente. Conforme a sus propias características nacionales, con métodos y formas que correspondan a cada realidad particular, todos los pueblos latinoamericanos seguirán el ejemplo cubano”.

Las identificaciones de los comunistas chilenos con la dictadura cubana se profundizarán a partir de 1968, cuando Fidel Castro apoya la invasión soviética de Checoslovaquia. Ya por entonces, como nos recuerda Rafael Rojas en “Cuba en el 68 y el 68 en Cuba” (El País, 8.6.2018):

“la dirigencia revolucionaria decidió avanzar resueltamente hacia esa reconfiguración de la sociedad cubana y para ello debió reforzar la hegemonía de Estado y, a la vez, eliminar a los últimos rivales de Fidel Castro dentro del viejo partido comunista (…) las cárceles cubanas se habían llenado de decenas de miles de presos políticos y la reclusión y disciplinamiento de homosexuales y “antisociales”, iniciados con las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), se habían incorporado al sistema penitenciario del país”.

El paradigma dictatorial soviético y el cubano confluían de esta manera, lo que difícilmente podía ser de otra manera considerando que la isla era ya completamente dependiente, tanto en lo económico como en lo militar, del apoyo soviético. Los espectaculares fracasos del voluntarismo revolucionario, ya sea fuera de Cuba, tratando de exportar la experiencia guerrillera, o en Cuba, como en el fiasco de la “zafra de los diez millones” en 1970, dieron paso a la sovietización plena de la sociedad cubana durante aquellos años que el escritor cubano Ambrosio Fornet denominó “el quinquenio gris”.

Una brutal represión político-cultural fue inaugurada durante la primera mitad de 1971 con el célebre “caso Padilla”, cuando se obligó al poeta Heberto Padilla a un escandaloso acto de autohumillación pública propio de los procesos estalinistas. El escándalo fue mayor y llevó a la airada reacción de grandes intelectuales y escritores que hasta entonces habían manifestado simpatías por el régimen cubano, como Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Carlos Fuentes, Juan Goytosolo, Alberto Moravia, Octavio Paz, Juan Rulfo, Jean-Paul Sartre, Susan Sontag y Mario Vargas Llosa. Pero la represión cultural fue solo un aspecto de un proceso mucho más amplio marcado por el ingreso formal de Cuba al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME o Comecon), que coordinaba la gestión económica de la Unión Soviética con la de sus satélites, así como por la total sovietización del modelo administrativo cubano.

La concepción de la democracia del Partido Comunista tanto de Cuba como de Chile van así a coincidir plenamente, siguiendo una larga tradición comunista, en el postulado de que el socialismo, con su régimen de partido único y represión política contra “los enemigos de la revolución”, representa una forma superior de democracia que viene a superar las taras y limitaciones de “la sacrosanta democracia burguesa”, como dijo Raúl Castro en su cerrada defensa del unipartidismo en su “discurso de despedida” del 16 de abril de 2021 ante el VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba.

Recordemos que el modelo de partido único, que es el fundamento de las dictaduras comunistas, tiene en Cuba rango constitucional. Así, la Constitución de 2019 establece lo siguiente:

“Artículo 5. El Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista, marxista y leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”.

Este es el sistema político que el PCCh aplaude desde los años 60 del siglo pasado, considerándolo como el arquetipo de una “verdadera democracia”, lo cual, por cierto, en nada cuadra con sus promesas de respetar en Chile el pluralismo político y los derechos democráticos fundamentales basados en la plena libertad de expresión y asociación. Se puede decir una u otra cosa, alabar un sistema de partido único o uno pluralista, pero no ambas cosas a la vez como lo hace el Partido Comunista de Chile.

Venezuela: la piedra en el zapato

En marzo de 2017, el exministro de la Concertación José Joaquín Brunner planteó en su texto “Anacronismo del Partido Comunista” (El Líbero, 1.3.2017) un par de preguntas clave sobre la conducta actual del PCCh:

“¿Por qué cada vez que puede defiende la dictadura en Cuba al mismo tiempo que ataca como insuficiente la democracia en Chile? ¿Por qué le resulta tan difícil, cuando no imposible, condenar toda suerte de regímenes autoritarios como los de China, Rusia, Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte o Vietnam, cuando por otro lado denuncia con extrema facilidad fallas incomparablemente menores en sistemas liberales?”.

Una de las hipótesis explicativas de esta conducta que Brunner esboza es la siguiente:

“Cualquier proyecto que en la actualidad aparece como heredero de los ideales de la revolución rusa de 1917, aunque sea bajo extrañas fórmulas del tipo socialismo siglo XXI, militarismo autoritario, gobierno gerontocrático-burocrático-comunista, nepotismo revolucionario o lo que sea, aparece para el PC de inmediato bajo la sombra protectora de los ideales anticapitalistas que forman parte de su identidad histórica”.

El caso de Venezuela es el más conocido al respecto y se ha transformado en una verdadera piedra en el zapato de los comunistas chilenos dados los extremos a los que ha llegado y el caos que el régimen chavista ha sembrado, con su estela de miseria, hambre, persecuciones, violaciones de los derechos humanos y una emigración de más de cinco millones de venezolanos, muchos de los cuales residen hoy en Chile. Todo ello ha hecho, con toda razón, que la defensa del régimen venezolano sea, a estas alturas, un escándalo sin paliativos.

No es del caso recorrer aquí la larga serie de comunicados e intervenciones del PCCh justificando y aplaudiendo las tropelías del régimen instaurado por Hugo Chávez y llevado a un estado de catástrofe absoluta por su sucesor, Nicolás Maduro. Las entusiastas vivas a la “Revolución Bolivariana de Venezuela”, las “congratulaciones al Presidente Nicolás Maduro y a su Gobierno” y la validación de sus procesos electorales amañados son de público conocimiento. Sabemos, además, y este no es un hecho menor, que en este caso no solo se trata de cuestiones ideológicas, sino del salvataje económico que Venezuela ha representado para una Cuba comunista huérfana del apoyo material que le había prestado la ahora fenecida Unión Soviética. Defender el chavismo ha sido defender la supervivencia de la dictadura cubana, lo que es un objetivo prioritario del accionar del PCCh. También ha estado presente el poderoso flujo de dinero con el que el régimen chavista trató de exportar el “socialismo del siglo XXI” mientras tuvo recursos para ello. Organizaciones internacionales a las que pertenece el PCCh, como el Foro de São Paulo, cobraron vigor gracias a los abundantes petrodólares venezolanos que hoy tanta falta le hace al pueblo de Venezuela.

En su defensa del régimen chavista y de sus atentados flagrantes contra la democracia y los derechos humanos el PCCh ha llegado al extremo de cuestionar el informe presentado en septiembre de 2020 por la expresidenta y Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet. Según un comunicado oficial del PCCh (19.9.2020), se trataría de un texto “carente de pruebas fácticas” y que adolece de “carencias de rigurosidad”: 

“Esta acusación hacia Venezuela, como se reconoce en el “Informe”, es fruto de un trabajo desarrollado desde fuera del país, un texto redactado en base a versiones obtenidas a distancia, en el que no se ha tenido un intercambio real con las autoridades de ese Estado, es decir, carente de pruebas fácticas, por lo que no es una visión de conjunto de las situaciones que se han vivido, por lo que sus referencias a actos reñidos con los derechos humanos tiene carencias de rigurosidad”.

Esta declaración fue recibida con consternación por casi todo el entorno político chileno. Pero no es nada de extrañar considerando la historia de “solidaridades perversas” que aquí se ha reseñado. Pero en este caso, incluso se ha llegado a la deslealtad con sus propios camaradas venezolanos al guardar un silencio cómplice cuando el Partido Comunista de Venezuela (PCV), que rompió con el partido gobernante (el PSUV) el año pasado, pidió ayuda en un comunicado de fecha 30 de enero de 2021 en el que, entre otras cosas, se lee lo siguiente:

“la actuación del ciudadano presidente Nicolás Maduro tiende a hacerse más agresiva y amenazante (…) Ahora, se propone la criminalización política, que puede convertirse en agresión personal y hasta liquidación física de organizaciones y cuadros comunistas, del movimiento popular revolucionario, de la izquierda consecuente (…) Alertamos a las y los trabajadores venezolanos, a los partidos comunistas y obreros del mundo y las fuerzas progresistas y antiimperialistas nacionales e internacionales, sobre el avance de planes de persecución y arremetidas anticomunistas que se puedan estar preparando contra el PCV y su militancia empleando montajes canallescos”.

Decenas de partidos comunistas han manifestado su solidaridad con el PCV, pero no así el PCCh ni, por supuesto, el Partido Comunista de Cuba. 

Sr. alcalde,

espero que esta síntesis de lo que trataré con mayor detención en El libro negro del comunismo chileno le permita a usted comprender por qué tantos dudan tanto de la credibilidad democrática del partido en el que usted milita y del cual es abanderado presidencial. 

Lo saluda,

Mauricio Rojas

Fuente:  Página web medio electrónico El líbero

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