ARTÍCULO

“MI NOMBRE ES ESMERALDA…”

Carlos Blamey Ponce

Capitán de Fragata ING.NV.EL.SM.

La Corbeta “Esmeralda” es el buque que todos los chilenos identificamos con el heroico combate. De ella, muchas veces escuchamos hablar como la corbeta débil, hablamos con nostalgia y, por qué no decirlo, muchas veces con un dejo de lástima.

Sin embargo, todos aquellos que alguna vez hemos pisado las cubiertas de un buque, sabemos que todo buque tiene alma, el alma de cada uno de los marinos que han servido a bordo y que ella, desde su propia perspectiva, vivió el combate como un marino más…

Escuchemos su relato y encontremos en éste, esos sentimientos de amor a la Patria, valentía y abnegación, que año a año revivimos en el Mes de las Glorias Navales.

“Mi nombre es Esmeralda…”.

Mi dotación había completado su preparación en aquella bahía que sería nuestra sepultura definitiva.

Yo era una corbeta anciana, con más de 22 años de servicios a nuestra Patria. Era veterana de una guerra y en mi historial se registraban dos varadas, la segunda de las cuales había sido provocada para evitar mi naufragio. No habiendo cumplido misiones operativas en los últimos años, permanecía en Valparaíso como buque tender, durante muchos años inactiva y con mi dotación reducida. La guerra me sorprendió en muy precarias condiciones, aunque, sin lugar a dudas, podía aún dejar el pabellón bien puesto.

Para mis marinos, la noticia de la guerra y el prepararse para el combate fue una sola cosa. ¡Cómo hubiera querido ser más joven para retribuir en mejor forma tan nobles esfuerzos! Cada vez que disparábamos un cañón era un parche más en mis calderas…, las costuras se me abrían, mis mamparos gemían y todas mis maderas se lamentaban cuando hacíamos ejercicios de artillería. Mi dotación hacía sus mejores esfuerzos para dejarme en la condición más operativa posible; trabajaban sólo con corazón y con los escasos medios con que contábamos a bordo.

El 11 de mayo tuve cambio de Comandante. Thomson se fue a la “Abtao” y Prat quedó a mi mando. Prat era un hombre joven y valiente, inteligente y de actitudes resueltas; así lo había demostrado en distintas facetas de su vida: cuando en Valparaíso se lanzó al mar para nadar hasta mi bordo y evitar mi naufragio, o cuando con vehemencia defendió a su amigo Uribe, haciendo gala de su profesión de abogado. Ahora, estos dos amigos entrañables se volvían a juntar.

El 16 zarparon al norte los buques más modernos de la escuadra y a nosotros se nos confiaba el bloqueo de Iquique, como si fuéramos algo inútil para librar batalla.

Escuché cuando mi Comandante, como si presagiara nuestro destino, al despedirse del Almirante Williams le dijo: “Si viene el Huáscar, lo abordo”… Chile entero sabe cómo cumplió su promesa.

La noche del 20 de mayo se escuchaba música de violín y una amena conversación en la Cámara de Oficiales. Era el Gama Riquelme que como muchas otras noches tocaba el violín como para adormecernos en las tranquilas aguas del norte. En ese momento, no hubiera pensado siquiera en una gesta tan heroica como la que íbamos a vivir horas más tarde.

El día del combate no era distinto del resto. El cielo estaba despejado, sin más bruma que una neblina escasa. Estaba todo tranquilo, la mar en calma y no se oía más ruido que el grito de alerta de los guardias peruanos en la playa.

Sorpresivamente, un cañonazo rompió el silencio: era una señal de alarma; vimos humos al norte y reconocí al Monitor “Huáscar”. El corneta, poco mayor que un niño, pero valiente como el mejor de los chilenos, tocó “a las armas” y mis hombres, uno en uno, se fueron formando para tomar su fusil y el morral con balas.

Y entonces habló mi Comandante. Parado en el puente y con la dotación formada dijo estas palabras que al escucharlas a una se le entra el habla: “Muchachos, la contienda es desigual, pero ánimo y valor; nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo, y espero que no sea ésta la ocasión de hacerlo. Mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar y os aseguro que si muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber”. Se quitó la gorra y gritó: “¡Viva Chile!” y un “¡Viva!” fue contestado por todos nosotros, estremeciendo las quietas aguas del puerto.

Todos se fueron a sus puestos con la esperanza de abordar el monitor. Cuando comenzó el tiroteo, se me coló una bala entre las costillas y, con gran dolor sentí mojarse mis cubiertas con la sangre de los primeros caídos… pero nadie bajó la guardia. Con orgullo veía cómo los heridos se reincorporaban para seguir peleando hasta caer.

Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que Prat, ese gigante que con una fuerza inimaginable nos había hablado, en un gesto de sensibilidad solo propia de los grandes hombres, se llevaba la mano al corazón en busca de la foto de su Carmela; después me daría cuenta que era su despedida.

Entonces, sentí una puñalada en mi aleta de babor y entre el humo alcancé a ver dos figuras que saltaban. Eran el Sargento Aldea y mi Comandante, que espada en mano corrían sobre la cubierta enemiga señalando qué se debía hacer;…el sólo mencionarlo hace que vuelva a mi mente la trágica visión de su muerte.

Fue muy grande nuestro dolor y vi cómo lloraba la gente. Mas la pena se nos convirtió en rabia y el miedo en coraje. ¡Esa fue la banderilla que nos clavaron en la mitad del pecho! Serrano gritaba al cielo: “¡Mi Comandante, yo lo vengo!”.

Después, Uribe tomó el mando. Entre las balas y los gritos oí el toque de “Oficiales”. Mi nuevo Comandante estaba llamando a consejo; junto con eso el “Huáscar” paró el fuego…y a todos nos entró la duda: ¿Qué pasa?.

De repente, el Guardiamarina Fernández trepó al Mesana. Pensé, ¿irán a arriar la bandera? ¡Ese era mi real miedo! Pero oí el golpe fuerte de un martillo….¡está clavando el pabellón chileno! ¡Y eran dos!, por si acaso a uno lo destrozaba la metralla, e izaron en mi tope un trapo negro en señal de guerra a muerte y de que no se rinde ningún chileno.

Y vi venir el monitor de frente, como queriendo terminar luego. Una nueva puñalada… dolor, crujidos, sangre y humo negro, gritos, maldiciones y lamentos. Mi Teniente Serrano y otros doce chilenos se fueron al abordaje a vengar a mi Comandante muerto.

Ya no quedaban balas, el agua me llegaba a las parrillas y mis calderas habían reventado. Uribe desde toldilla, con todas sus fuerzas daba ánimo. Todos los que quedaban habían subido a cubierta a tomar un fusil: los fogoneros, los mozos y los enfermeros. ¡No había que rendirse, eso ni pensarlo!.

En la playa, los peruanos estaban asombrados y ya ni echaban vivas cada vez que una granada destrozaba mi costado. Todos esperaban mi muerte, todos mudos y resignados. Cuando se nos vino el monitor encima, los que quedaban se juntaron en toldilla, como para ver en qué terminaba esto. No eran ni cincuenta de esos doscientos chilenos. Riquelme, con su espada en alto, gritó furioso: “Esta es la última bala”, cargó el cañón y apuntó de nuevo.

Cuando me embistió el “Huáscar”, no sé qué se escuchó más fuerte, si los vivas a Chile, o el postrer disparo. Lo último que vi fue mi bandera en el mesana, envuelta en una guirnalda que formaba la espuma en el agua. En la superficie, entre los que nadaban, habían algunos que se lamentaban: “Mi pobre Mancarrona, hizo todo lo que pudo…”.

¡Hice lo que debía…, caer al igual que mis marinos chilenos! Muchos se fueron conmigo, fieles a su juramento. ¡Murieron por la Patria porque era necesario! Había que despertar al pueblo chileno que estaba aletargado. Lo que mi dotación logró con ese ejemplo tan gallardo fue una explosión de patriotismo y entusiasmo.

“¡Y ganamos la guerra…, y de nosotros nadie se ha olvidado…!”.

Fuente: Revista de Marina N° 3/2010. Publicado el 1 de junio de 2013.

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