ARTÍCULO

BRAZAS A CEÑIR

Zoilo Santana Bustos

Sargento 2° (Ec.)

El marino, y aún el que no lo es, pero que de una u otra forma se siente ligado a la Armada, cuando desea exteriorizar marcialmente su entusiasmo, siente un irrefrenable impulso de silbar o entonar «Brazas a ceñir», la marcha que hace 44 años compusiera el entonces Sargento 2° Músico Luis H. Mella Toro.

«Brazas a Ceñir» ha sido grabada por el conjunto vocal «Los 4 Cuartos»; por Gloria Simonetti, por «Los Brontes de Monterrey»; tuvo su debut cinematográfico en el film nacional «Ayúdeme Ud. Compadre», y existen numerosas versiones llevadas al surco por bandas instrumentales, orfeones y orquestas que en la última década la han paseado por América e incluso Europa.

Puede decirse en propiedad que jamás marcha-canción alguna, con excepción de nuestro himno patrio, logró imponerse en tal forma, que se la identifica a los primeros compases con la Marina chilena. De allí entonces el interés de dar a conocer algunos interesantes detalles de su nacimiento y de su progenitor.

Es que cuando Luis H . Mella Toro concibió esta hermosa marcha, se encontraba en el lugar e instante precisos para dar rienda suelta al impulso creativo, a pesar de que la inspiración le surgió como consecuencia de un «Cuarto de Guardia» nada de romántico. (Si te levantas poco antes de las 12 de la noche para trabajar hasta las 4 de la madrugada, lo menos que puedes sentir es inspiración, pero sí mucho sueño). No obstante, y por fortuna, surge la bendita inspiración, aquella que sólo alcanza a los seres dotados de ese don tan esquivo: la creación, sea ésta como fuere. La pintura, la escultura, en fin, la creación musical, dan prueba de ello. Luis Mella Toro posee el espíritu y el afán de creación de que dan prueba sus cerca de cien composiciones musicales, de todo tipo, en donde predominan las marchas. En su obra, cuenta con una docena de canciones no menos famosas que «Brazas a Ceñir», pero que han tenido quizás un paso fugaz en relación a ésta, debido a un proceso de comercialización negativo y a la cambiante secuela de ritmos que surgen de la noche a la mañana, que limitan las posibilidades económicas de la composición clásica, ligera o, sencillamente, de la buena música no clasificada en alguno de los cánones tradicionales.

Luis Mella Toro, ya puede decirse, lleva la música en el corazón, como muchos otros compositores notables. El cariño que siente él por «su» Institución -como denomina a la Armada- es otro factor. Si a estos factores agregamos un tercero, representado por un velero en alta mar, en lento avance, y en una noche propicia, justificamos plenamente la inspiración que en él surgió para dar vida a la marcha que motiva esta presentación oficial de su persona ante la nueva generación naval.

Esta y no otra ha sido la razón que hemos tenido en mente para dar a conocer, ahora, a este hombre que brinda sus canciones a la Institución que le acogiera en sus filas allá por 1919, y que hoy, en 19 73, sigue componiendo para ella.

La versión oficial nos la dio el propio autor en la sede oficial de los Suboficiales de la Armada, radicados en la capital, en un «viernes esmeraldino» extremadamente acogedor. Allí don Lucho Mella («Mellita»), es director vitalicio, y es allí donde ha recibido el reconocimiento de sus hermanos de toda la gama de especialidades de la Armada y de los altos jefes navales que asisten a las ceremonias oficiales del «Centro Esmeralda».

En ese lugar, enclavado en el centro de Santiago, Luis Mella hace la evocación de 44 años atrás, para darnos toda suerte de detalles del nacimiento de la marcha que tanto significado tiene para nosotros.

Fue una madrugada del mes de junio de 1929 -nos dice don Lucho-. La corbeta «General Baquedano» navegaba de regreso a Chile, en cumplimiento de uno de sus viajes de instrucción, habiendo alcanzado hasta Vancouver en Canadá.

El Sargento 29 Músico Luis Mella, hacía su cuarto de guardia en la «Partida de Proa», del mismo modo como se ha venido haciendo hasta ahora en este tipo de buques a vela. Cubría el trinquete con otros músicos y dotación de cubierta. La «partida» se encontraba en descanso, debido al poco viento reinante, que sólo permitía al velero un lento avance. Esta circunstancia fue muy bien aprovechada por el sargento Mella, quien en lugar de dormitar en cubierta, como lo haría el resto, sacó su inseparable clarinete y comenzó a extraerle algunos aires marciales.

Había eso sí, una melodía que le traía inquieto desde largo rato. Quizás si el regreso a Chile -cree él- contribuyó al desarrollo del tema. De suerte que en aquel instante todo estaba dado para dar vida a la marcha que nos motiva.

Lo cierto es que sólo alcanzó a bosquejar un método para flauta con la música de la marcha. En todo caso, “Brazas a Ceñir» ya estaba concebida.

Los relevos de 4 a 8 de la mañana, hicieron volver a la realidad al sargento Mel!a y al resto de la «partida» a continuar el sueño interrumpido en los confortables coyes.

No fue sino hasta comienzos de 1935 cuando Luis Mella Toro armonizó, instrumentó y ejecutó por vez primera la marcha.

Más tarde, fue adaptándola al ambiente de aquella noche de inspiración y entre son y son fue trasladada al pentagrama. Al hacer la letra, debió trasladarse mentalmente a bordo para poder así obtener los versos que le conocemos con su hermoso contenido poético no exento de jerga náutica.

Su estreno no pudo ser más auspicioso ni contar con mejor auditorio. Se encontraba en una comida de cadetes en la Escuela Naval. Repartió previamente sendas copias con la letra a los cadetes… A la segunda ejecución, casi todos la entonaban. Era tal el entusiasmo que a la… «séptima» ejecución, ya no – sólo la entonaban los cadetes, sino los instructores y el personal de cámaras allí presentes. La emoción embargaba a todos quienes se encontraban en los comedores de la vieja escuela.

Sólo el toque de silencio vino a acallar esas voces jóvenes que con tanto agrado habían acogido la marcha que a partir desde esa noche se entonaría en la Armada como el himno principal.

Cuando Luis Mella recuerda aquella ocasión, su emoción y felicidad llegan a su límite. En ese instante había recibido su bautismo «Brazas a Ceñir».

No tuve otra pretensión cuando hice «Brazas a Ceñir» -dice Luis Mella- que la de cumplir un grato entretenimiento de músico: la creación.

La Armada Nacional -acota luego me ha brindado muchas satisfacciones, que culminaron en 1969, con mi nombramiento de Suboficial Mayor de Reserva. Esta actitud no constituye un caso único en la historia naval, pero sí el reconocimiento muy oportuno, por cierto, para un músico distinguido.

No quiero dejar escapar ninguna oportunidad para hacer público reconocimiento de las gestiones hechas en 1969 por el comandante Arturo Araya Peters y por el Comandante en Jefe de aquel período don Fernando Porta Angulo, quienes avalaron mi nombramiento, dice enfáticamente Luis Mella.

Él había obtenido su retiro de la Institución en 1942, con el grado de suboficial, debido a una afección buco-dental. Pero, poco tiempo después le teníamos alegrando la bohemia viñamarina, en el refinado ambiente del Casino de Viña del Mar, con un contrato que multiplicaba por siete sus entradas como pensionado de la Armada.

Hoy día, resulta casi anecdótico contar que la composición de «Brazas a Ceñir», le valió al sargento Mella una sencilla anotación en su Libreta de Servicios Voluntarios. En efecto, sólo en 1938 y con la sobriedad del momento, quedó en su libreta la siguiente anotación de Mérito: «Felicitase al Sargento 1° Músico Luis H. Mella Toro, por el espíritu de cooperación y entusiasmo demostrado al componer la marcha-canción «Brazas a Ceñir».

En otras páginas de su libreta, este excelente músico registra más anotaciones meritorias que corona con la obtención del Segundo Premio de Eficiencia en la Armada, al componer, el 18 de junio de 1940, la marcha «Submarinos en Acción.

Pero nos ha llamado especialmente la atención otra anotación que conviene destacar. En 1931, su calificador, con mucha visión futurista, emite los siguientes conceptos sobre el sargento Mella: «Es un buen músico, estudioso y en breve será una notabilidad para nuestra Marina”.

Cuatro años más tarde Luis Mella Toro extraía del baúl del olvido aquel método bosquejado en una madrugada de inspiración y lanzaba «Brazas a Ceñir» al conocimiento público.

Su obra y su actividad hasta nuestros días, deben ser conocidas por nosotros.

Luis Mella Toro, es hoy un hombre que bordea los setenta años de edad. Hace treinta y uno que se alejó de las filas de la Institución, pero su actividad no ha disminuido. Diríamos que se ha agigantado. Prueba de ello es, por ejemplo, el haber vertido sus conocimientos en la formación de profesionales del canto y de la composición, tales como Luis A. Fuentes, «El Pollo Fuentes»; Cecilia, Bady Richard, Luz Eliana, Juan Azúa, Wiliy Bascuñán, Scottie Scott, que aprendieron con él teoría musical e instrumentación. Una de sus canciones preferidas es Leyla», grabada por Luis Dimas. Ya sabemos del éxito que logró este intérprete con aquella versión.

Su actividad no se detiene allí, por el contrario, sigue siendo fructífera.

Creemos del caso destacar sus actuaciones en las radioemisoras santiaguinas. Era la época del apogeo radial, cuando nos pegábamos a un radiorreceptor para escuchar a las orquestas y -cantantes favoritos. Pues bien, Luis Mella tuvo directa participación en muchísimos conjuntos orquestales de la época, siempre buscando los mejores. Las orquestas de Jascha Friedman, Federico Ojeda, lsidor Handler o Vicente Bianchi le acogieron como uno de sus mejores ejecutantes en clarinete, saxofón o flautín. Corrían los años 1945 al 49.

Actuó en la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección del alemán Shelficrd, en 1948, y, luego de un severo concurso de selección, ejecutaba a entera satisfacción del notable director el «Requiem» de Britten en el Teatro Municipal de Santiago. Este alemán, creyendo encontraría fácilmente el solista que llenara sus exigencias, «echó» de la Sinfónica a Luis Mella, pero no pasó mucho tiempo para llamarlo de nuevo. «Tú ganaste», recuerda don Lucho las palabras del alemán.

A raíz de esta destacada participación, continuó en la Orquesta Sinfónica, ahora bajo la batuta del extraordinario director chileno Víctor Tevah, ejecutando saxofón tenor.

Esta serie de actuaciones en la primera orquesta chilena, le valieron a Luis Mella una cátedra en la facultad de Artes Musicales de la Universidad de Chile.

Así, sus alumnos sumaron decenas en 35 años de enseñanza de la música.

Hay algo más que nos permite valorar mejor a Luis Mella Toro. El pudo haber continuado enseñando con horario completo en tan elevado establecimiento musical; sin embargo, se hizo del tiempo suficiente para entregar su experiencia en establecimientos del Ejército y Carabineros.

Su marcha es interpretada en todas partes del país y por todo tipo de conjuntos musicales. Por esta razón su vida no está exenta de algunas anécdotas.

En cierta ocasión se hallaba de paso en un pueblito sureño que, con ocasión de su aniversario, se observaba muy enfiestado. Por curiosa coincidencia, el orfeón municipal ejecutaba «Brazas a Ceñir», al paso de don Lucho, por la plaza del pueblo. El esfuerzo que hacían los músicos era manifiesto, pues trataban de obtener los mejores sones de aquellos bronces abollados, pero éstos entregaban sonidos completamente divorciados con las partituras. Luis Mella estaba complacido, pero a la vez disgustado de que no se entregara al público una buena versión de su marcha.

Al finalizar la «ejecución», se acercó al director de la «bandita» y le manifestó sus inquietudes, sin darse a conocer. Este le hizo saber que la versión tocada era una de las mejores … que había recibido felicitaciones de entendidos. . . e incluso del propio autor de la marcha, del cual era amigo y el cual no hacía mucho había estado en su casa. . . etc. Su defensa finalizó cuando requirió la identificación de su interlocutor. Su asombro fue indescriptible cuando éste le mostró su cédula y tarjeta naval. El director de la banda, visiblemente nervioso, le tomó de un brazo y le alejó de la glorieta, pues ya los músicos se daban cuenta de la situación. Luego de muchas explicaciones, le suplicó le acompañara aquella noche a su casa, en donde culminarían las fiestas de aniversario del pueblo. Don Lucho aceptó en un afán de curiosidad que le permitiría además hacer un pequeño ahorro en su cena de esa noche.

La casa del director estaba repleta de invitados. Allí se hallaba lo más granado del pueblo. El director ofreció la comida con un brindis a la salud de «su gran amigo y autor de la famosa marcha». Don Lucho fue por mucho rato el blanco de los impactos de elogios forzados y brindis extraordinarios de su anfitrión, quien quería «sacarse.. así el bochorno de aquella tarde. Hasta avanzadas horas de la madrugada purgó su indiscreción con sucesivas intervenciones y, lo que más alegraba a Luis Mella, era el haber disfrutado de una costosa comida.

La velada estaba amenizada por la «bandita». Al finalizar la cena don Lucho no tuvo inconveniente en brindar a los comensales una buena versión de «Brazas a Ceñir», exigiendo a los músicos que sacaran provecho de sus viejos instrumentos. Fue así como la marcha fue ejecutada una vez más, ante la admiración de las gentes allí reunidas y del atónito jefe de banda, no repuesto aún de las emociones recibidas hasta ese momento. Los agradecimientos de Luis Mella consistieron en la ejecución de una tonada compuesta entre plato y plato, dedicada a la esposa del director. Debió darse maña, pensamos, para instrumentar sendas partituras. Luego de breve ensayo, hizo que de los viejos, abollados y poco brillantes bronces, salieran agradables sones que pusieron el broche de oro a esa velada.

Finalmente, es menester citar algunas de las composiciones que destacan dentro de la obra de Luis Mella Toro.

Ubico a «Brazas a Ceñir» en lugar privilegiado, nos dice, fundamentalmente por las mil satisfacciones que me ha deparado. Le siguen, sin orden alguno, porque mis canciones son como los hijos: «Submarinos en Acción», marcha; «Leyla», canción; «Dile Lunita, Dile», canción; «¿Dónde vas Marinero?», canción; «Mi Picho Mapuche», mapuchina; «Aye Iu», mapuchina; «Viento a un Largo», marcha; «Capitán Carrera», «Una Estrella y Tres Colores» y «General Bari», marchas compuestas para el Ejército.

«Iza Gavia», «Escuela de Comunicaciones Navales», «Soldados del Mar», «Escuela Naval en Desfile», etc. etc. Su obra incluye temas para el «Caleuche», la Hermandad de la Costa, la Aviación Naval, el Buque Escuela «Esmeralda» y un número indeterminado de marchas y canciones para instituciones civiles y sociedades que han reconocido su capacidad creadora.

Su último disco «Rumbo a Puerto», contiene entre una selección de marchas famosas, su «Brazas a Ceñir».

A pesar de cuanto hemos dicho de su obra y de «Brazas a Ceñir» en especial, esta marcha no es, como pudiera pensarse, un himno oficial en la Armada. Como decíamos al comienzo, a ella se la identifica con la Armada Nacional; es, le llamaremos, su sinónimo musical.

«Brazas a Ceñir» es cantada en la Armada en los momentos culminantes de toda ceremonia cívica o social. La cantan cadetes e infantes de marina, artilleros y señaleros, en fin, es cantada de almirante a grumete, es decir, va más allá de ser un himno exclusivo de determinado establecimiento educacional de la Armada.

Constituye, entonces, «Brazas a Ceñir», por esas razones incuestionables de la vida, por derecho propio, la virtual marcha oficial de la Armada, faltándole solamente el reconocimiento institucional para ser designada como el himno oficial.

Ese será, creemos, el momento en que el Suboficial Mayor don Luis H. Mella Toro se sentirá verdaderamente feliz, henchido de gozo realizado, como acertadamente se dice hoy.

La Armada tiene aquí una excelente oportunidad para brindar a este notable músico e hijo ilustre de la Institución, la posibilidad de que reciba su septuagésimo cumpleaños con la coronación del éxito y reconocimiento por su obra musical, con mención especial a «Brazas a Ceñir».

Fuente: Revista de Marina N° 2/1973. Publicado el 1 de abril de 1973.

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