ARTÍCULO

ARTURO DE MI CORAZÓN

María Soledad Orellana Briceño

“Y voló con el águila oceánica de la espada, tu mano tendida.

Y aún volando los veo en la muerte, proa oscura alumbrando la herida.

Capitán de la estrella de Chile, Capitán de tu muerte y mi vida.

¡Les costó desgajar de tu mano esta rama, por siempre florida!

Estas alas que siguen volando, estos ojos de piedra que miran”.

En innumerables ocasiones hemos tenido la oportunidad de escuchar, leer o ver en programas o series de televisión la historia del Combate Naval de Iquique, biografías de sus héroes (especialmente del Comandante Arturo Prat Chacón), el heroísmo de los chilenos que participaron en ese combate, etc. Sin embargo, muy pocas veces (no me quiero atrever a decir nunca) se ha mencionado sobre lo que pueden haber sentido los familiares y amigos de esos héroes, que vieron a esos hombres cómo se alejaban de sus hogares con la esperanza del regreso, lo cual no se concretó dejando un gran vacío en sus corazones.

Uno de esos casos corresponde a doña Carmela Carvajal Briones, la esposa del Comandante Arturo Prat Chacón que, ante todo, fue una mujer fuerte y enamorada, que tuvo que sufrir pérdidas irreparables en su vida cobijándose en sus hijos y en los recuerdos de un esposo que la guerra le había arrebatado, aunque sabía que su ejemplo de patriotismo sería seguido por generaciones. En estas líneas escribo desde la perspectiva femenina, quizás pensando cómo ella se sintió en un momento tan difícil como fue el regreso de su marido desde Iquique, dejando fluir sus sentimientos más íntimos que sólo compartió en silencio con su querido Arturo.

El Regreso de Arturo de mi corazón

Mientras se dirigía a la habitación de sus hijos, doña Carmela recordaba los últimos momentos con el amor de su vida, con su Arturo. –“Cómo lo echo de menos”– suspiraba, deteniendo su caminar cuando vio la fotografía de su matrimonio que trajo a su memoria el momento en que dio el “Sí” en la Iglesia del Espíritu Santo, frente a la Plaza de la Victoria.

–“Mamá, mamá, hoy llega mi papito”– le dijo Arturito, mientras Blanca Estela la observaba con ojos tristes. Volviendo a la realidad rápidamente, tomó a sus hijos de las manos y los abrazó fuertemente, para luego dirigirse a buscar a su amado Arturo.

Mientras recorría el camino comenzó a recordar aquellos tiempos cuando conoció a un joven marino en Quillota que robó su corazón, los momentos que tuvieron que pasar cuando murió su hija Carmela de la Concepción y la felicidad al ver que eran nuevamente bendecidos con dos hijos que crecían felizmente junto a ellos.

Cuando llegó al lugar de destino, doña Carmela respiró profundamente y su corazón comenzó a palpitar más rápido porque sabía que volvería a ver a su amado. Corría el año 1888, y la bahía de ese hermoso puerto se encontraba tranquila mientras las gaviotas revoloteaban alrededor de todos aquellos buques que esperaban el regreso de los inmortales.

“Doña Carmela, por acá por favor” – dice un señor muy bien vestido que la lleva donde el Presidente de la República, don José Manuel Balmaceda, quien la saluda y le comenta: –“Este es el monumento a los héroes de Iquique, y allí está la estatua del Comandante Prat”. – “Es hermosa” -responde doña Carmela- “¿Falta mucho para que llegue mi esposo?”– preguntó tímidamente.

–“Debe estar por llegar el ‘Huáscar’”– señaló el Presidente Balmaceda.

En esos momentos, doña Carmela recibía saludos de numerosas personas que no conocía, pero que le hablaban muy bien de su marido y de lo que había hecho por Chile.

De pronto el tiempo se detuvo, y a su memoria vino ese trágico día cuando recibió la noticia que marcaría su vida y la de sus hijos: la muerte de su esposo. Aunque habían pasado nueve años, sentía como si fuera ayer cuando le comunicaban lo valiente que había sido el Capitán Prat en la rada de Iquique al abordar el buque enemigo, dejando un gran legado para las futuras generaciones del país. También recordó aquella carta del Comandante Miguel Grau dándole las condolencias y valorando la acción de su querido Arturo en ‘defensa y gloria de la bandera chilena’, devolviéndole algunas prendas que ella guardaba como el mayor tesoro, entre ellas el escapulario de la Virgen del Carmen que en esos momentos llevaba consigo.

Los recuerdos la acechaban cuando a lo lejos se sintieron unas sirenas y todos los presentes miraron hacia la bahía: era el “Huáscar” en cuya asta flameaba ahora la bandera chilena y que, paradojalmente, traía de vuelta con gloria y honor a los héroes del Combate Naval de Iquique que habían muerto al abordarlo cuando era parte de la marina peruana.

Cuando el “Huáscar” ancló en la bahía, unas lágrimas cayeron por el rostro de doña Carmela. –“Arturo, nuevamente en tu puerto querido”– pensaba mientras su marido se acercaba cada vez más a destino. Su esposo ya estaba a su lado; había regresado junto a ella pero recibiendo esta vez los máximos honores y reconocimientos. “Mamá, mamá, mi papá es un héroe. Murió por Chile” – fue la frase que por un momento llegó a su pensamiento, y que reflejaba lo orgulloso que estaba Arturito de su padre.

El primer féretro en salir fue el del Comandante Prat, seguido del Teniente Serrano y del Sargento Aldea. Doña Carmela, mientras veía cómo los restos de su marido eran bajados de cubierta, pensaba en Blanca Estela, a quien vio llorar en silencio cuando se acordaba de su padre; y Arturito que decía a cada rato que quería ser marino como su papá.

Esa mañana del 21 de mayo de 1888 era diferente en Valparaíso: los porteños esperaron para recibir a sus héroes quienes fueron llevados a la Iglesia del Espíritu Santo, a la Plaza Aníbal Pinto y después al lugar donde se había erigido el monumento en su honor. Para doña Carmela eran momentos interminables, sin embargo, también eran un espacio de recuerdo y nostalgia, de tristeza y alegría porque al fin estaba al lado de su Arturo.

Ya había llegado el momento de dejar definitivamente el cuerpo de su marido en la cripta de los héroes de Iquique…. el Presidente Balmaceda hacía un último discurso donde señalaba: “Pasarán los años y las generaciones, y desde el fondo de la rada de Iquique, lo mismo que desde el seno de esta cripta o desde lo alto de este monumento, brillará en la historia, como la estrella polar en nuestros mares del sur, una constelación de valientes que no eclipsarán los siglos ni los héroes venideros”.

Mientras su esposo estaba siendo sepultado sintió una pequeña brisa que susurraba “Mi Carmela, mi vida, mi tesoro”…sabía que su marido estaba allí y en silencio ella le respondía: “Te amo; estuve siempre a tu lado incluso en los últimos momentos que permaneciste con vida. Te extraño, al igual que tus hijos, pero tu recuerdo siempre estará con nosotros. Esposo mío, protégenos y, a pesar de habernos dejado solos, eres un ejemplo para Chile y estamos orgullos de lo que hiciste. Con nostalgia y dolor te despido, Arturo de mi corazón”.

Y al sonido del clarín, los restos el Comandante Prat y parte de su tripulación descansaban en paz en frente del mar que tanto amó.

Fuente: Revista de Marina N° 3/2013. Publicado el 1 de junio de 2013.

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