HISTORIA MARINERA

EL ÚLTIMO RETRATO

Raúl Torres Rodríguez

Capitán de Fragata (R)

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Cumpliendo instrucciones especiales por estar el país en un conflicto mundial, un día me embarqué en un transporte de combate, a un cierto número de millas a la cuadra de Punta Ángeles, para tomar su mando efectivo como comandante y no solamente como Práctico de Canales, reemplazando al que viajaba al mando, que era un oficial de gran preparación técnica, pero de ninguna práctica; tenía sólo 25 años de edad y este era su segundo mando. El primero había sido en un transporte igual al que mandaba en la actualidad.

Al zarpar en una misión secreta, su esposa, una joven y bella mujer, dueña de unos ojos azules impresionantes, por entonces enfermera de combate de una escuadrilla naval, estuvo a despedirlo y le obsequió tres hermosos retratos iguales, pidiéndole que uno lo mantuviera en su mesa de noche, junto a su cabecera, otro en su sala privada de trabajos y el tercero en el departamento de los tripulantes. Y así lo cumplió.

Dos semanas después fue sorprendido por un submarino enemigo, que torpedeó su buque y lo hundió con todos sus tripulantes, salvando solamente él y otras tres personas. Vuelto a los astilleros, recibió el mando del transporte que hoy comandaba, para cumplir una misión secreta.

Al hundirse su primer buque, sólo pudo salvar el retrato que mantenía en su mesa de noche. Pero dispuso que su mayordomo particular siempre se impusiera dónde estaba el retrato al entrar a la cabina. Si estaba sobre la mesa de noche, significaba que se navegaba por un lugar fuera de peligro; en caso contrario, significaba que se navegaba por una zona en donde podía encontrarse naves enemigas, estando en este caso el retrato guardado en una valija secreta en donde se mantenía códigos e instrucciones reservadas que no debían caer en manos enemigas; en este predicamento, la valija estaba preparada para irse directamente al fondo del abismo.

El mayordomo comunicaba diariamente a los tripulantes cual era la situación; si no había peligro todo era entusiasmo a bordo, pero si la noticia era que el retrato no estaba a la vista sobre la mesa de noche, todo era preocupación; los tripulantes cumplían con sus deberes, nerviosos y observantes de cuanto pudiera ocurrir.

Las instrucciones secretas que recibí al tomar el mando era navegar alejado de la costa a todo andar, día y noche, sin fondear en ninguna parte, y entregar el mando en un punto del Atlántico sur a una distancia fuera de la boca oriental del estrecho de Magallanes en donde me esperaría un remolcador de la armada, para llevarme de regreso a Punta Arenas.

Todo se cumplió como estaba ordenado; al extremo que, por primera vez en mi calidad de Práctico de Canales, debí pasar la Angostura Inglesa a las doce de la noche, casi sin visibilidad, llegando en perfectas condiciones al punto dispuesto, en el Atlántico sur.

Regresé a Punta Arenas y allí me esperaba un hermoso carguero holandés que debí guiar por canales australes, para desembarcarme en Valparaíso, cumplida la misión.

Cuatro días después de llegar a Valparaíso, llegó a mis manos un periódico extranjero, en el cual leí un ligero comentario periodístico que decía simplemente: “Un submarino enemigo hundió en el Atlántico sur a un transporte de combate que días antes había atravesado el estrecho de Magallanes. Se hundió con todos sus tripulantes». Era, indiscutiblemente, el transporte que dos semanas antes había dejado en manos de un joven capitán en un punto secreto del Atlántico sur. La noticia me produjo una terrible impresión y hasta hoy, transcurridos tantos años, la llevo en el corazón; es que tengo la seguridad que la hermosa esposa del joven capitán estará, en el último retrato, junto a su amado, mirándolo con sus ojos azules, infinitamente azules.

Fuente: Revista de Marina N° 3/1986. Publicado el 1 de junio de 1986.

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