HISTORIA MARINERA

EL ARTE DE VESTIR

Matías Purcell Echeverría

Contraalmirante

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Este 2016 se cumplen diez años de la baja del servicio del DLH 12 “Almirante Cochrane”, el último destructor de la Marina de Chile. Tuve, a mucha honra, el poco común privilegio de haber sido, como teniente segundo, parte de la primera dotación que  lo  fue  a  buscar  a  Portsmouth,  Inglaterra  en  1984  y  también,  como  capitán  de navío, haber sido su último comandante en el 2006.

Me desempeñé 8 años de mi vida en el viejo y querido destructor y puedo dar fe que ese buque en particular y los otros tres hermanos de su clase “Prat”, “Latorre” y “Blanco” eran una extraordinaria escuela  de  guerreros  y  marinos. Con la mirada romántica que da el retiro, recuerdo con nostalgia las dotaciones grandes de 400 hombres y las cámaras de 40 oficiales. Estos grupos humanos se llenaban de anécdotas, vivencias, camaradería e historias marineras.

Hoy quiero compartir en estas líneas una  de  ellas.  En la primera oportunidad  en  que  desarrollando  nuestro  entrenamiento  permanecimos a la gira, con toda la dotación a bordo, en mi calidad de comandante, me reuní con los oficiales en la cámara. Compartiendo distintos temas, afloró la inquietud de los tenientes segundos  de  liberalizar  las  reglas  vigentes para los oficiales respecto de la tenida de civil que se debía vestir para salir franco o recogerse al buque. Los argumentos esgrimidos por el “gremio de los tenientes” fueron de diversa índole, pero  en  resumen  apuntaban  a  que  la  sociedad  había  cambiado,  que  era  necesario  modernizarse, que un hombre joven del siglo XXI tenía un código de vestimenta distinto, etc. Las posturas de los tenientes fueron lideradas por un entusiasta teniente segundo, cuyo  nombre de combate era Jurel, quien exigía con especial  énfasis  el  derecho  de  usar  zapatillas  en vez de zapatos.

Terminado el evento de camaradería, reflexioné sobre la mejor forma para orientar a los tenientes respecto de la corrección en el vestir y especialmente tratar de explicar y fundamentar por qué debía ser así.

La primera idea que se me ocurrió fue redactar una OTI, idea que deseché por poco práctica. La segunda fue agregar un capítulo a la Doctrina del Comandante. Finalmente desistí de normar por esa vía, tomé pluma y papel y hoy comparto con los lectores de la Revista de Marina el resultado, el que fue leído a la cámara en presencia del Comandante en Jefe de la Escuadra Contraalmirante Cristián Gantes Young, quién a la fecha izaba su insignia en el destructor:

Tras larga conversación entretenida

en tertulia de buque a la gira sostenida

el comandante llegó a la conclusión

que había que tomar acción,

porque la necesidad existe,

de explicarle a los tenientes

cómo se viste.

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El primer vestido del hombre

fue una humilde hoja de parra

el pelo largo y sin amarra

hacía de tocado en la ocasión.

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A la hoja se llegó por penitencia

pues la falta de ropa, en potencia,

puede llevar a la tentación

de darle un mordisco a la manzana

perder la vida sana

y pasar del Paraíso a la perdición.

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Por desnudos fue que pecamos

y del paraíso nos vamos

a ganar el pan con sudor

y ya no sólo por pudor

se necesitó del vestido

el hombre usó su buen sentido

y pasó de la parra a la lana

creando la ropa que lo engalana.

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Desde entonces es conocido

que para evitar castigo tan temido

es mejor andar bien vestido.

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Establecida la conveniencia y

la necesidad del vestirnos

corresponde dirimir

cuál es la prenda adecuada

para cada situación dada

en que el hombre debe participar.

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La primera regla clara

y que sirva de definición

la ropa que se use, sin excepción,

que distinga siempre,

a la dama del varón.

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Le sigue como regla

el buen gusto asociado

de los colores en combinación

descartando por anticipado

las prendas verdes limón.

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¿Y para qué tanto trabajo

tanto esfuerzo y dedicación

para definir la vestimenta adecuada

para cada situación?

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Para contestar con destreza

hay que fijarse en la naturaleza

que al colibrí le dio la gracia

y al león la realeza.

Por eso, se vería tan raro

y disminuido en su grandeza

tanto un león emplumado

Como un colibrí con melena en la cabeza.

.

Se puede argumentar y con razón

que el hábito no hace al monje

pero el buen fraile de corazón

no conduce a la confusión,

no busca engañar el buen sentido,

y quiere ser reconocido

en toda la dignidad de su condición.

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Por eso viste con galanura

sandalias, hábito y tonsura,

con dignidad y decoro

y que no lo vayan a pasar por moro.

.

Nos vestimos por lo que somos y representamos

Damos testimonio doquiera que vamos,

de cual es nuestra condición.

.

Nuestro atuendo es señal clara

de nuestros pasos por la vida

de la senda elegida

y de nuestra íntima aspiración.

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Como en un pictograma de la vida

la ruta recorrida

se deja ver en el vestir.

Y hace a otros sentir

con estremecida emoción

envidia, orgullo o compasión

según la condición del trapo,

desde el fino casimir al burdo harapo,

que refleja en cada caso nuestra condición.

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El guerrero que se pinta

muestra que luchará con bravura

como en el buen fraile su tonsura

a los cuatro vientos quiere pregonar

¡nadie se va a salvar

si disocia esencia de apariencia,

porque con falta de consecuencia,

a ningún lado va a llegar!

.

Y es así como un marino

que eligió por vocación

liderar hombres en combate,

soportar de las olas los embates

y ser un guerrero de su nación,

que luzca siempre con orgullo su condición

que vista con compostura y moderación,

porque merece de sus compatriotas el respeto

aunque el sueldo sea escueto.

.

No hay receta

Quien escribe no es árbitro de la moda

y hay veces que la vestimenta incomoda,

dependiendo de la situación,

aun con jeans, polera y zapatillas

y aunque lo pidan las chiquillas,

cuando la ropa no es adecuada para la ocasión.

Como por ejemplo: para cruzar el portalón.

.

No se saquen el dormán por el calor.

Porque es parte de nuestra condición

soportar rigores e inclemencias

y apelando a vuestra inteligencia

les puedo manifestar,

que el buen criterio no se puede reemplazar.

.

La investidura de oficial y caballero

no es la misma que la de un simple obrero

porque nuestra condición es de autoridad.

Y no podemos disfrazar,

al amparo de comodidades y juventudes,

que se nos exigen virtudes

para poder liderar y calificar.

.

La principal virtud es la prudencia

y el vestir con compostura, dignidad y decencia

reflejará en nuestra apariencia

esa fuerte convicción

que anteponemos deberes a placeres

y que tenemos claro en nuestra mente

que estamos al servicio de nuestra gente

y que servimos con devoción.

.

Basta la palabra!

.

El que quiera y el que pueda va a comprender

que no se puede disponer

prenda a prenda del oficial la apariencia

que para eso no hay mayor ciencia

que el buen juicio, el criterio y la razón.

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Vale mucho más que ley severa

en el rigor de un empaste fino,

entender que al igual que en un buen vino

la etiqueta viste a lo que hay en el interior.

Pues aun con la mejor intención

nadie compra, ni por desaire,

de regalo para un carreta y compadre

un “Gran Reserva” con etiqueta de vinagre.

.

Reflexión final:

.

Con zapatillas puestas un jurel

sigue siendo un buen pescado

en cambio, con un par de zapatos y

bien lustrado,

y aquí termina mi sermón…

Pasa por jurel tipo salmón.

Fuente: Revista de Marina N° 2/2016. Publicado el 1 de abril de 2016.

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