EFEMÉRIDE

COMBATE DE LA CONCEPCIÓN 9 Y 10 DE JULIO DE 1882

Arturo DE LA BARRERA Werner

Capitán de fragata

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Nota de la Dirección:

Hay dos documentos que permiten reconstituir lo acontecido en esta épica jornada: el parte del comandante del «Chacabuco», teniente coronel Don Marcial Pinto Agüero, y el relato contenido en el informe del coronel Canto y que éste recogió de un testigo español en cuyo hogar el jefe chileno había alojado antes. Puede haber inexactitudes u omisiones, pero este relato se acerca indudablemente a la verdad.

EL GRITO de gloria y muerte que lanzaron nuestros marinos en lquique respondieron los ecos de la sierra peruana con la epopeya de los soldados del «Chacabuco'» en La Concepción. A la cadena de heroísmo de nuestra historia se le agrega un eslabón más y la tradición se confirma: donde los soldados de Chile no pueden vencer, siempre les queda el recurso supremo de morir frente al enemigo: la palabra funesta ‘»rendición» no se escribirá jamás en las páginas de la Historia Militar de Chile.

Finalizada la Campaña de Lima con la ocupación de esa capital por las fuerzas chilenas, después de las batallas victoriosas de Chorrillos y Miraflores (13 y 15 de enero de 1881)  no fue posible firmar la paz con el Perú por divergencias surgidas.

La necesidad de destruir las fuerzas enemigas de la resistencia, la conveniencia de ir a la total ocupación del país y presionarlo mediante la existencia de un ejército de ocupación que viviera de la comarca para hacerles sentir el peso de la derrota, da origen a innumerables expediciones militares que se conocen con el nombre de ‘»Campaña de la Sierra».

Tres de las más importantes expediciones realizadas en este período bélico de dos años y medio cobran especial relieve por el heroico significado de los combates que en el transcurso de ellas tienen lugar, y que constituyen motivo de legítimo orgullo: el combate de Sangra en la primera, el de La Concepción del Perú en la segunda expedición a  la sierra y, en la tercera, la batalla final de Huamachuco, que permite entablar definitivamente las negociaciones de paz con el Perú, cuyo término es el Tratado de Ancón.

Hasta el término de la primera expedición, que dura dos meses y medio. y que alcanza hasta el departamento de Junín, se suceden cambios de importancia en el Comando en Jefe del Ejército de Ocupación. El mando entregado por el general Don Manuel Baquedano al de igual grado Don Cornelio Saavedra, por el regreso del primero a la patria al mando de las tropas que componen el primer contingente que retorna a la paz, recae a su vez en el general Don Pedro Lagos y de manos de este jefe, en las del contraalmirante Don Patricio Lynch.

Envalentonado después del regreso de la primera expedición al interior, el Ejército peruano del Centro, dirigido por el audaz guerrillero general Don Avelino Cáceres, desciende de la sierra y ocupa posiciones en la línea general Canta-Chosica-Huarochirí, a las puertas de la capital peruana. El gobierno recomienda con especial urgencia al contraalmirante Lynch reactivar las operaciones militares, en especial aquellas que tengan como finalidad la de desalojar del valle del Rímac al general Cáceres, arrojándolo al otro lado de la cordillera. Ello origina la segunda expedición a la sierra.

Esta es la situación general que sirve de brillante marco a la heroica defensa de la plaza de La Concepción del Perú: 77 soldados cubren la guarnición que comanda el capitán Ignacio Carrera Pinto. Los 3 subtenientes y los 73 hombres de tropa han dado ya, al igual que su capitán, pruebas de valor en los combates en que han participado y la mayoría de ellos ostenta menciones especiales por «valor a toda prueba».

En las alturas de Apata, que dominan la ciudad, el coronel Gastó alista sus fuerzas para el combate. Se decide a atacar La Concepción por ser esta plaza la de más débil guarnición. Sus fuerzas se componen de 2.100 hombres, entre hombres de línea, irregulares e indiadas.

A las 14.00 horas del 9 de julio de 1882 envía a las indiadas a ocupar las alturas vecinas: los guerrilleros se descuelgan al valle para llegar a la plaza por ambos costados y la tropa de línea de Gastó, vestida de blanco, forma en batalla dominando el cuartel chileno desde el cerro El León.

Antes de romper los fuegos, el jefe peruano envía el jefe de la plaza la siguiente nota:

«Ejército del Centro – Comandancia General de la Div. «Vanguardia». Concepción, julio 9 de 1882. Al Jefe de la Guarnición chilena de Concepción – Presente: Contando como Ud. ve, con fuerzas muy superiores en número a las que tiene Ud. bajo su mando y deseando evitar una lucha a todas luces imposible, intimo a Ud. rendición incondicional de sus fuerzas, previniéndole que en caso contrario serán ellas tratadas con todo el rigor de la guerra. Dios guarde a Ud. Juan Gastó».

En el papel  blanco, sobrante del mismo oficio, el Comandante del Cantón Militar de La Concepción del Perú, capitán de ejército Ignacio Carrera Pinto, contesta:

«Mi nombre está grabado en bronce en la capital de mi patria. no seré yo quien lo manche. Dios guarde a Ud. Ignacio Carrera Pinto”.

Carrera, orgulloso de sus antepasados, próceres de nuestra independencia y cuya misma sangre corre por sus venas, hace alusión en su respuesta, a la estatua que en Chile inmortaliza el nombre de sus ascendientes y demuestra al adversario que al chileno no le intimidan ni el número de las tropas enemigas ni las amenazas de rigor.

El capitán Cerrera distribuye sus fuerzas para la defensa: dispone en las cuatro bocacalles sendas formaciones que desplegados en  guerrilla impiden el acceso a la plaza: hace ocupar  la torre de la iglesia y mantiene una reserva de guardia en el cuartel para la defensa de los patios.

A las 14.30 horas los peruanos inician los primeros disparos, peto son contenidos en toda la línea por la defensa. A las 5 de la tarde, la situación se torna crítica para los chilenos, la tropa enemiga se apodera de las casas que circundan la plaza, guiados por los mismos habitantes que cooperan a la acción y rompe nutrido luego por la espalda y flanco de las guerrillas que, en repetidas cargas a la bayoneta, han mantenido libres de enemigos los accesos a la plaza.

Carrera Pinto ordena levantar los heridos, los remite al cuartel y se repliega cubriendo la retaguardia de los suyos.  A las 18.30, el coronel Gastó, que en persona dirige la acción, ordena a sus hombres el cese del fuego, pues desea esperar la llegada de refuerzos que ha solicitado con urgencia.

El capitán Carrera cree que la repentina retirada del enemigo proviene de la llegada de la división chilena que se desconcentra por el camino de Huancayo, y toma la ofensiva a la cabeza de una veintena de sus soldados.

Mientras tanto, se arrojan desde los techos de los edificios colindantes tarros llenos de parafina y teas encendidas y bien pronto la ciudad se ilumina con las llamaradas originadas por el incendio del cuartel. El capitán Carrera hace trasladar los heridos junto al portón principal y a la cabeza de los más hábiles efectúa una nueva salida para despejar la plaza ocupada por el enemigo y las indiadas, aprovechando la obscuridad de la noche.

Pero cae, esta vez para no levantarse más, y lo sucede en el mando el subteniente Arturo Pérez Canto, quien se hace cargo de la guarnición sitiada por las llamas, recibiendo los certeros disparos desde la torre de la iglesia, los intentos de invasión del cuartel que realiza el enemigo por  los forados abiertos en las paredes y  la  lucha al arma blanca que se realiza a sus puertas.

El subteniente Pérez Canto muere cumpliendo la consigna recibida y pasa a ocupar su puesto el subteniente Julio Montt Salamanca. Su poca tropa apenas se sostiene en pie; las municiones se concluyen; pero, al rendir la vida al amanecer, lega al último oficial sobreviviente, Luis Cruz Martínez, y a sus cuatro soldados, la inmaculada y postrera expresión del capitán Ignacio Carrera Pinto: «¡A morir por la Patria Muchachos!».

La indiada, ebria de aguardiente y sangre, se entrega a los más vergonzosos y degradantes actos de salvajismo, que el coronel Gastó y sus oficiales no pueden reprimir. Siguiendo la tradición atávica, desnudan los cadáveres, los descuartizan y clavan sus cabezas en las puntas de sus lanzas. Las tres mujeres. un niño de cinco años y la criatura nacida al fragor del combate, corren igual suerte.

El combate ha terminado a las 9 horas del día 10 de julio.  A las 16.00 la división chilena que debió atrasar en un día su paso por La Concepción, empieza a desfilar frente a los 77 chacabucanos transformados en 77 héroes al ocupar para siempre la ciudad peruana que les fue confiada.

Eran setenta y tres soldados forjados en la dura disciplina de la guerra. Después del mediodía del 10 de julio de 1882, sólo sus cadáveres se hallaban diseminados en la plaza y en el cuartel: eran esos setenta y tres héroes que conjuntamente con sus oficiales yacían en el lugar que las tradiciones de su patria y el cumplimiento del deber  les había impuesto.

La cohesión de aquella noble compañía fue un bloque poderoso contra el que se estrelló el empuje del enemigo durante diecinueve horas y media consecutivas de combate. El gesto de aquellos 77 soldados del «Chacabuco» que la historia recoge con el nombre de Combate de La Concepción no morirá jamás en nuestros corazones, porque pertenece a esas epopeyas que pasan a la posteridad orladas de gloria.

El bronce ha perpetuado el nombre de esos 77 valientes: ¡Es la inmortalidad destinada a los héroes!.

Aquellos bravos, lejos de la patria, no necesitaron estímulo alguno para cumplir con su deber; sabían, al empuñar sus armas, antes que el combate comenzara, que iban al sacrificio, y sin embargo, no hubo vacilaciones.

Cuando llegó el coronel Canto con la división chilena a La Concepción vio el siniestro cuadro y refiere: «El aspecto que presentaba el cuartel era lúgubre y muy conmovedor, porque sólo quedaron montones de cadáveres de ambos combatientes y el hacinamiento humeante aún de los escombros del cuartel consumido por el fuego». Y allí, en medio de tan triste y conmovedor espectáculo, flameaba medio quemada la bandera de Chile. Parecía estar allí montando guardia a los 77 valientes.

Canto ordenó retirarla. Entre otras cosas dice: “Viéndola yo desde la casa en que me desmonté, ordené a mis ayudantes Bisivinger y Larenas que me la fueran a traer, lo que se ejecutó poniéndole con lápiz rojo y en la estrella de la bandera la fecha del día y la firmó Bisivinger».

Siguió luego la piadosa tarea de enterrar a los muertos.  Canto dice: «Ordené se hiciese en la iglesia una fosa para enterrar a los oficiales y a la tropa que cupiesen y en seguida que se pegase fuego a la iglesia para que los escombros de ella salvaguardasen la profanación de sus cadáveres».

Los corazones de los cuatro oficiales se extrajeron de sus cuerpos por orden del comandante Pinto Agüero y fueron colocados en un frasco con alcohol. Hoy descansan en la catedral de Santiago. Ayer, como hoy, todos los que visten el sacrosanto uniforme de la patria tienen el deber ineludible de ser fieles continuadores de aquellos mártires que nos legaron una hermosa tradición de valor, heroísmo y sacrificio. Ser sus dignos continuadores es nuestra inequívoca tarea; el cumplirla con honor, la razón principal de nuestra existencia. De ese modo, pueblo y Fuerzas Armadas se identifican una vez más en la lucha sublime  y solidaria para alcanzar  las metas superiores que el destino le ha señalado a nuestro querido Chile.

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Fuente: Revista de Marina N° 5/1976. Publicado el 1 de agosto de 1976.

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DÍA OFICIAL DE LA BANDERA NACIONAL

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Decreto 1100

INSTITUYE DÍA OFICIAL DE LA BANDERA NACIONAL

MINISTERIO DEL INTERIOR; SUBSECRETARÍA DEL INTERIOR

Fecha Publicación: 03-JUL-1974 | Fecha Promulgación: 01-JUL-1974

Tipo Versión: Única de: 03-JUL-1974

Santiago, 1° de Julio de 1974.- La Junta de Gobierno de la República de Chile decretó hoy lo que sigue:

Núm. 1.100.- Vistos: el oficio N° 1.979, de 27-VI-974, de la Secretaria General de Gobierno; el decreto de Interior N° 1.534, de 18-X-967; los artículos 79 y 80 del DFL. N° 22, de 1959; el bando N° 25, de 12-IX-973, y Teniendo presente:

1.- Que la Bandera Nacional, instaurada bajo el Gobierno del Director Supremo, Capitán General don Bernardo O’Higgins, por decreto del Ministerio de Guerra de 18 de Octubre de 1817, es el símbolo del sentimiento patrio;

2.- Que la gesta de los días 9 y 10 de Julio de 1882 -en la aldea peruana de La Concepción- simboliza el amor al Pabellón Nacional al entregar su vida 77 chilenos, cobijados bajo la Bandera que habían jurado defender hasta morir, y

3.- Que dicha fecha y ejemplo de heroísmo, ha sido respetada y realzada por el Ejército a través de todos los Regimientos del país, al jurar solemnemente los nuevos contingentes, defendería con su vida si fuere necesario.

Decreto:

Institúyese, el 9 de Julio de cada año, como el día Oficial de la Bandera Nacional.

Anótese, comuníquese; regístrese y publíquese.- AUGUSTO PINOCHET UGARTE, General de Ejército y Jefe de Estado.- Oscar Bonilla Bradanovic, General de División, Ministro del Interior.

Lo que transcribo a Ud. para su conocimiento.- Saluda atentamente a Ud. – Enrique Monter Marx, Subsecretario del Interior.

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Fuente:  Página web Biblioteca del Congreso Nacional.

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