HISTORIA MARINERA

UNA MASCOTA LLAMADA “LEÓN”

Francisco Risso Pivet

Capitán de Fragata (R)

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Quien diga o piense que los animales no tienen sentimientos y tampoco memoria, …no ha conocido a una mascota adoptada por una unidad naval.

Es común que muchas unidades y reparticiones de la Armada tengan una mascota, las cuales llenan el  lugar  con  su  presencia  y  donde  las  dotaciones vuelcan sus cariños y cuidados, siendo generadoras de innumerables anécdotas, pero a comienzos del año 1990, después de muchos meses de intentos, el “Papudo”, no lograba tener una.

El Cazasubmarinos “Papudo”, PC-37, era una unidad auxiliar de combate construida en Asmar (T). Como tal fue el primer buque de guerra en ser construido en Chile. Fue entregado oficialmente al servicio de la Armada el 19 de noviembre de 1971. Sus principales dimensiones eran: eslora 53 metros, manga 7 metros, desplazamiento 477 Ton. Operó principalmente en la jurisdicción de la actual Cuarta Zona Naval.

La falta de una mascota a bordo no pasó desapercibida por el comandante recién asumido, quien le encomendó a su segundo que se encargara de conseguir una  que fuera  del  agrado  de la dotación.

Es  así  que  tiempo  después,  un  miembro de la dotación llegó con un cachorro de perro, de raza indefinida, de un color grisáceo y de menos de dos meses de edad, el que inmediatamente captó  el  cariño  de  todos.  Todos los cachorros de esa  edad  despiertan  ternura en las personas, pero a medida que  van  creciendo  la  situación  en  no  pocas  ocasiones  cambia,  sino  es  cosa  de  ver  en  las  calles  de  nuestro  querido  país  la  cantidad  de  perros  abandonados.  A  bordo  no  se  quería  que  ello  ocurriera,  pero  no  solo  dependía  de  las  personas  sino  que  también  del  can  el  que  se acostumbrara a la vida naval.

Todos  se  entretenían  con  este  perrito  que  apenas caminaba, pero pasaban los días y aún no  tenía  nombre,  tarea  que  el  comandante  encomendó a su segundo con la instrucción de que debía ser del gusto de toda la dotación para así asegurar que todos se sintieran identificados con el cachorro. A las múltiples tareas del segundo comandante, ahora se agregaba ésta, pero como a él le encantaban los perros, ideó un sistema de elección del nombre que cumpliera con los lineamientos dados por el comandante. Al cabo de una semana, el segundo estuvo en condiciones de  dar  a  conocer  el  nombre  del  perrito  a  su  superior. Grande fue la sorpresa del jefe, persona seria y formal, cuando lo supo y exclamó ¿León?, agregando un comentario, “no es muy marinerazo el nombre, ¿no le parece?”, a lo que su segundo le respondió, “concuerdo con usted mi comandante que no es muy marinerazo el nombre, pero sin duda refleja las preferencias futbolísticas de la mayoría de la dotación del buque.

Generando afectos

Fue  así  que,  según  pasaban  los  días,  León  crecía, sintiendo el cariño de todos los marinos del  buque.  En tal sentido, el segundo se sentía satisfecho porque había  cumplido  las  expectativas. Pero el desarrollo del cuadrúpedo era más rápido de lo  pensado.  Él insistía  en  ingresar a los recovecos que utilizaba cuando recién había llegado al buque, pero ahora su panza le dificultaba la maniobra de salida de esos lugares. Su adaptación al medio fue inmediata y todos lo ayudaban en su peregrinaje por el buque. Había que auxiliarlo para que subiera las escalas al puente de mando, a la cubierta principal desde los entrepuentes o cámara de tripulación. La verdad es que no había muchos lugares donde se pudiera transitar sin tener que subir o bajar alguna escala, las que eran de peldaños estrechos y con mucha pendiente. Una vez, durante un ejercicio antisubmarino, el segundo comandante, de especialidad Torpedista, para dicha de su madre, se encontraba al interior del reducido y oscuro espacio de la sala de sonar. Estaba muy concentrado en la  información que  entregaba  el  operador  del  sonar  y  los  datos  del  director  de  ataque,  manteniendo  comunicaciones con el puente de mando. De repente siente que algo se refregaba por una de sus piernas. Inmediatamente pensó, no puede ser un roedor puesto que en mis rondas no he observado señales de la presencia de  ellos  a  bordo, pero igual la sensación que sentía en su pierna no le fue agradable. Felizmente resultó que el “gordito” trataba con dificultad de salir del espacio que había en la parte  inferior  de  la bandeja que sostenía la fuente de poder de uno  de  los  equipos  electrónicos  y  donde  se  había refugiado para abrigarse sin que nadie se hubiera percatado de su ingreso. Si bien la zona norte tiene fama de ser una  constante  primavera,  en  época  de  invierno  y  a  muchas  millas de costa, la temperatura ambiental dice otra cosa y el perrito había encontrado refugio abrigado.

León  estaba  presente  en  todas  partes;  de  guardia en el puente, descansando en los lugares de  habitabilidad,  otras  veces  olfateando  las  espías mientras el personal trabajaba en cubierta. Siendo tan pequeño ya cumplía de buena forma sus funciones.

León y su enfermedad

No  debe  haber  tenido  más  de  cuatro  o  cinco  meses  de  vida,  cuando  León  comenzó  a  enfermarse.  Rápidamente se contactó a un veterinario para que lo atendiera. El facultativo lo revisaba y le recetaba medicamentos.  León se recuperaba, pero pronto volvía a recaer y su aspecto era realmente lastimoso.  Al principio  nadie  entendía  qué  era  lo  que  pasaba,  sólo  que los fondos destinados para arrendar videos para la navegación – así se estilaba en aquella época  –  menguaban  en  beneficio  de  la  salud  del cachorro. Lo curioso era que los síntomas de anomalías se presentaban en puerto no así en navegación, pero nadie se daba cuenta de esto.

Un día, estando el buque en su puerto base de Arica, se descubrió el mal que padecía la mascota. El problema era exceso de cariño. Sí, tal cual se lee, exceso de cariño. Como el color del pelaje de León era plomizo, aparentaba que estaba  sucio y miembro de la dotación que lo veía, lo bañaba. Es así que llegó a ser bañado cuatro y hasta cinco veces en un día. Imagínense lo que ello significaba para la  salud  del  cachorro  de  unos cuatro meses. Ello no ocurría en navegación puesto que se hacía régimen de agua y con ello nadie se atrevía a usarla para bañar a la mascota aunque ganas no le faltara.

Superado este episodio, León volvió a ser el de siempre, alegre meneando su colita mientras transitaba por diversos lugares del buque adonde ahora podía llegar con menos dificultades que le presentaban las numerosas escalas.

Adaptación al régimen diario

Tal fue la adaptación de la mascota al régimen del buque, que participaba en cuanta actividad o maniobra había que realizar. Él se embarcaba en el bote de goma y se paraba en la proa rumbo al muelle, o acompañaba a las guardias en los trotes por la ciudad, participaba en los baños al costado en los puertos de campaña, también de los saltos de confianza, aunque la verdad es que esto último no lo hacía en forma voluntaria. Durante las navegaciones se paraba en la proa del buque para refrescarse, ponía cara hacia el horizonte y abría sus cuatro patas para asegurar el éxito, también en ocasiones compartía la litera con algún marino, por mencionar sólo algunas. A bordo, León siempre pasaba rondas y al escuchar el toque de aclara para alguna llamada, era el primero en llegar. Un día el segundo comandante cambió el lugar de formación debido a unos trabajos que se realizaban en el lugar  acostumbrado,  pero  León igual llegó primero. Esto lo repitió varias veces y nunca se supo cómo sin seguir a nadie él sabía dónde debía dirigirse.

Dado que se estaban presentando algunos problemas de tipo higiénicos y que amenazaba la buena convivencia entre la mascota y ciertos marinos, un día el segundo comandante tuvo la brillante idea de hacer poner un cajón con arena al interior de la barbeta del montaje de proa, la que tenía una abertura que le permitiría el fácil acceso a León, para que él hiciera sus necesidades fisiológicas y no dejara sus huellas por toda la cubierta principal. El resultado fue la arena esparcida por todo el sector y las heces …también. León escogió un lugar mejor, las espías del Castillo como más adecuadas para sus necesidades, para malestar de los que con ellas debían maniobrar.

Un día estando en puerto base, León recorría alegremente el muelle, olfateaba todo y espantaba cuanta ave encontraba a su paso, estaba feliz. Repentinamente se detuvo, levantó su cabeza, miró hacia el buque y corrió raudo hacia éste ingresando como si lo persiguiera la tormenta perfecta. Llegó hasta las espías de proa, hizo lo que tenía que hacer y, con cara de satisfacción – le faltó esbozar una sonrisa –salió a reanudar sus actividades en el muelle para desagrado del encargado del sector quien solicitó al segundo que transbordara al  perrito  desde  la  División  de Artillería a la de los Torpedistas que eran los encargados  de  toldilla,  para  así  emparejar  las  cosas y que estos últimos no se rieran tanto.

Todo iba viento en popa con el perrito hasta que nuevamente comenzó a enfermarse.  El veterinario dijo que eran problemas estomacales y le recetó un régimen alimenticio, sin embargo, León seguía enfermo. Un día, el segundo en una de sus rondas, observó que el cocinero llevaba a cubierta un recipiente con caldo  humeante,  que  contenía  trozos  de  carne,  papas  y  otros  vegetales, sobras del almuerzo, y lo dejaba en el piso. Ante esta situación curiosa, obviamente que la pregunta era por qué lo dejaba allí, siendo la respuesta que era el rancho de León, mientras éste desesperado preparaba sus mandíbulas. El segundo rápidamente levantó el recipiente y lo dejó fuera del alcance del can, maniobra que obviamente León desaprobó insistentemente. Las comidas muy calientes era lo que estaba enfermando al cuadrúpedo.

La nueva tarea del segundo comandante

Esto fue la gota que derramó el vaso. A las funciones normales del segundo de supervisar el entrenamiento de la dotación, la conservación del material, la salud, la alimentación, la preparación del buque para el zarpe, la condición física, la  disciplina,  el  bienestar,  etc.,  ahora  debía sumar el cuidado de la mascota, pero qué  importaba,  amaba  a  los  animales  y  en  especial  a  los  perros.  Quedaba claro  que  la  dotación  la  adoraba,  pero  no  tenía  idea  de  cómo  cuidarla.  Ahora agradecía haber aprendido algo acerca del cuidado de cachorros como consecuencia de haberle sido regalado un pastor de dos meses, cuando  era  niño.  Hubo de hacer una instrucción en la llamada general siguiente para evitar que se siguiera enfermando el perrito. Por lo demás, los gastos del ítem videos, ahora empleado en pagos al veterinario  y  medicamentos,  superaba  con  creces la cantidad que era posible ahorrar. Fue así que se determinó que habría un encargado de la mascota, quien junto a un ayudante, se encargaría del control de las vacunas, baños, rancho, etc. y para ello fueron instruidos por el veterinario. Esto permitió que León siguiera creciendo sano y salvo.

Superada la sufrida etapa de aprendizaje de cómo cuidar a la mascota, ésta como decíamos continuó desarrollándose en forma sana.  Aumentó la musculatura y su contextura, pero no creció mucho en altura. León tomaba guardia, acompañaba a la dotación en todas sus actividades rutinarias y aprendió a pasear por la ciudad de Arica.  Fue visto en lugares muy apartados del puerto, pero siempre volvía y nunca faltó a un zarpe. Cuando se encontraba con algún miembro de la dotación por las calles, saludaba.  Tenía claro los conceptos militares, luego seguía en sus andanzas. Debemos reconocer que nunca le conocimos una novia, pero debe haberla tenido ya que había cierto sector de la ciudad que era de su preferencia.

Al año siguiente, 1991, asumió un nuevo comandante y con satisfacción la dotación pudo comprobar que él aceptaba la mascota, la que tanto había costado aprender a cuidar y la que cumplía a cabalidad lo que se esperaba de ella como compañía y a quien entregar cariño en los patrullajes por la zona norte.

Reparaciones en Valparaíso

León ya era un miembro antiguo de la dotación. Hacía rato que había dejado de  tener  que  ser  ayudado para subir o bajar las escalas del buque, por lo que podía ser encontrado en cualquier  parte.  Tomaba guardia, dormía, rendía el Test de  Cooper,  participaba  en  las  revistas  de  inspecciones,  no  temía  al  sonido  de los cañones en las prácticas de tiro,  etc.  El  año  para  él  transcurrió  sin  mayores  inconvenientes,  con  buen  estado  de  salud,  y  navegó  hasta  el  puerto  de  Valparaíso  para  participar  en  un  período  de  reparaciones  programadas  del  buque. El segundo y los encargados se mantenían atentos, pero ya no había emergencias perrunas.

Después de más de dos meses en reparaciones y ya prontos a regresar a Arica, el Viejo Pascuero lo visitó en la Perla del Pacífico, pero la noche de Año Nuevo lo sorprendió navegando al Rv. 000°, a cinco millas al weste de Punta Angamos, en demanda del puerto base.

De regreso a puerto base

El primero de enero el buque recaló a Iquique puesto que había que informar detalladamente al Mando Operativo lo obrado en las reparaciones y los asesores del Estado Mayor debían efectuar una revista a bordo. Cumplidas todas estas obligaciones sin observaciones,  el  Cazasubmarinos  zarpó  finalmente al puerto de Arica. A la recalada, León cubrió como siempre su puesto de repetido en el Castillo e inmediatamente reconoció el Morro. Ladraba y meneaba su cola como desaforado. Esto nos llevó a concluir que efectivamente había “alguien” esperándolo.

Días  después,  en  una  significativa  ceremonia,  el  segundo  comandante,  ahora  transformado  en  oficial  jefe,  luego  de  su  marinerazo  ascenso  en  plena navegación llevada a cabo el 1 de enero, hacía entrega del cargo ya que próximamente efectuaría su  feriado  legal  y  cumpliría  transbordo.  León ahí estaba presente, recién bañado, sentado, observando todo. Parecía presentir que después de dos años, se separaban los track de navegación. León seguiría a bordo para alegrar la vida de las nuevas dotaciones y el segundo se trasladaría a la zona central del país. La despedida no fue fácil, hasta los hijos del oficial se habían encariñado con la mascota.

El PC-37 “Papudo” es dado de baja

El año 1993 el buque, después de más de dos décadas prestando servicios a la  Armada  de  Chile, fue dado de baja de la Lista Naval, por lo que efectuó su última navegación a Talcahuano donde posteriormente fue enajenado. León fue uno de los últimos miembros de la dotación que permaneció a bordo.

El año 1994,  el  segundo  al  cual  nos  hemos  referido  a  lo  largo  de  esta  historia,  prestaba  servicios en la entonces Dirección de Armamentos de la Armada, en Valparaíso, por tal motivo, debió viajar en comisión de servicio a la Base Naval de Talcahuano en diversas oportunidades.

En las tertulias con su equipo de trabajo del Departamento de Torpedos de la mencionada Dirección Técnica, con quienes había logrado una relación de camaradería y trabajo muy estrechas, compartía entre otros temas las anécdotas que como segundo había vivido en el Cazasubmarinos “Papudo”, y entre ellas, con León, a quien jamás dejaría  de  recordar.  Después  de  todo  lo  había  visto crecer y sufrido con sus enfermedades de cachorro.  Sus  asesores  entendían  muy  bien  la  situación puesto que habían vivido lo que es tener una mascota en sus anteriores destinaciones.

En una de esas comisiones a Talcahuano, entre otras actividades, el entonces segundo, debió concurrir a las dependencias de la Fuerza de Submarinos.  Vestía muy compuestamente su tenida  N°  11,  digna  de  pasar  una  revista,  para  efectos de presentarse ante los mandos que debía visitar. Al salir de esta repartición, observó que a unos doscientos metros de distancia, un perro de color gris caminaba suelto junto a un cabo, olfateando todo cuanto se le cruzaba. El parecido a León era increíble. Se apreciaba que el can estaba bien cuidado y que con el marino existían buenas relaciones. El segundo se quedó contemplando esta escena la que le pareció familiar. Luego de un breve instante, no le cupo duda alguna que el perro era León. Con satisfacción, veía que después de poco más de dos años, había sido adoptado en otra unidad y era evidente que lo querían.

El reencuentro

De pronto, como si se sintiera observado, León interrumpió su olfateo, levantó la cabeza, paró sus orejas, miró y emprendió veloz carrera hacia donde estaba el  oficial.  El cabo, muy complicado, corría detrás del perro para evitar que lo fuera a morder o ensuciar, pero el animal le sacaba ventajas. El segundo, al ver que León se acercaba, se puso en cuclillas para recibir a su mascota la que no paraba de demostrar que había reconocido a quien fuera su compañero de dotación. Instantes después, jadeante, llegó el cabo pidiendo las disculpas del caso y explicando que nunca el perro había tenido esa actitud, por lo que siempre paseaba con él sin  correa.  El  segundo,  dichoso  junto  a  León,  le  dijo  que  no  se  preocupara,  que  eran  viejos  amigos.  El oficial y el perro permanecieron unos minutos jugueteando, con empujones y  lengüetazos  del can que desestibaban la gorra, recordando viejos tiempos compartidos en aguas y tierras nortinas.

La tenida ahora estaba con un poco de polvo y unos cuantos pelos adheridos a la tela, pero qué importaba, el reencuentro bien valió la pena.

De pronto, como si lo hubieran dicho en voz alta, ambos se miraron y se apartaron. Había que continuar; el segundo de regreso a Valparaíso y León se mantendría en  Talcahuano  alegrando  a la dotación que tan bien lo había acogido.

Después de alejarse algunos pasos, el segundo volvió la vista atrás y vio que León esperaba en posición sentado.  El can le dio un ladrido de despedida mientras el  oficial  lo  despedía  con  mano a la visera. A continuación los dos giraron y siguieron su camino.

Quien diga que los animales no tienen sentimientos y tampoco memoria, está equivocado, y más aún si se refiere a una “mascota naval”.

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Fuente: Revista de Marina N° 6/2015. Publicado el 1 de diciembre de 2015.

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