HISTORIA MARINERA

RECUERDOS DE 8 AÑOS

Cristián Soro Encalada

Teniente 2° (2013)

.

Eran eso de las dos de la mañana. Por supuesto que tenía que ser en un cuarto de 00:00 a 04:00, de otra forma uno no piensa este tipo de cosas.

La situación:  marzo del año 2012, de Oficial de Guardia, navegando a cincuenta millas náuticas de costa en escolta de tres embarcaciones menores, a 3,5 nudos con rumbo general norte, al mando de una Lancha de Patrullaje Costero, mar calma, una agradable temperatura para ser de noche, sentado en la silla del Puente Abierto.

A esa vertiginosa velocidad y cuando todo está saliendo bien, nunca está demás buscar algo para avivar un poco ese cuarto que en duración tiene la misma cantidad de minutos que el resto, pero que, en la realidad del Marino, cada minuto se multiplica por sesenta.

Algunos toman café… yo no lo hago porque es diurético (creo que no va al caso profundizar más en eso).

Otros, se mandan un “patache” de pancito con huevo o palta… en este caso, la palta

es demasiado cara en Antofagasta y tras tres días en la mar los huevos ya se estaban tornando en un bien escaso.

Varios prefieren aprovechar el tiempo y efectuar mini-reuniones divisionales con la gente… en mi caso particular preferí no hacerlo. El agobio de una comisión tensa no motivaba la conversación amena.

Consecuentemente opté por una solución que siempre me resulta útil para relajarme

y concentrarme aún más en las tareas que me toca emprender (que a esa hora de la noche no eran muchas la verdad, salvo preocuparme de la navegación segura y

que no se “arrancaran” las embarcaciones) y, aprovechando la buena temperatura y el hermoso cielo despejado… coloqué música.

Los que me conocen sabrán que en mi iPod pueden encontrar de todo tipo de música. Como amante de la música eso de no tener un gusto me fascina y me permite darle fluidez a una lista de canciones que se puede tornar un poco monótona. Por último, si no le gusta… CAMBIE LA CANCIÓN.

Así, de una canción de Metallica, súbitamente la reproducción cambió a una marcha militar. Corrijo el artículo “una” y lo reemplazo por “la” Marcha Militar, porque no era cualquier marcha.

En los parlantes del Puente Abierto comenzó ese toque intenso de los cornetas en el inicio, el cual es un llamado de atención para concentrarse en las notas siguientes.

Del “llamado de atención”, al marcial compás de cajas y banda instrumental que invita a marchar casi por inercia. Luego, disminuye la intensidad, para tornarse más

melodiosa pero menos violenta, jugando entre cajas, cornetas y banda para generar

arpegios, acordes y tonalidades que tocadas por un inexperto generarían inmediato rechazo al oído humano, pero que con elegancia y maestría producen un son solemne capaz de erizar la piel de cualquiera.

Desde la Escuela Naval uno conoce el nombre de la marcha. En más de una ocasión

uno ha desfilado a sus sones mientras el brazo izquierdo pide clemencia tras horas

y horas de caminata marcial. Sabe también que esa es la marcha con la que desfila el “Escalón Naval” para la Gran Parada Militar y sin duda conoce también el título…

“RECUERDOS DE TREINTA AÑOS”.

Una marcha con tal intensidad no podía tener otro título. Mis ojos se concentraron en el display de la pantalla por un buen rato, allí donde sale la duración de la canción, donde simplemente se leía “2:05”.

A las dos de la tarde lo más probable es que ni siquiera me hubiese llamado la atención, pero como era un cuarto de guardia “especial”, a las dos de la mañana mi cabeza hacía cortocircuito…

“DOS  MINUTOS  Y  CINCO SEGUNDOS… ¿Cómo rayos resumir los recuerdos de treinta años en la Armada en DOS MINUTOS Y CINCO SEGUNDOS?”.

Resulta que en mi cabeza todavía no había terminado el resumen de mi primer año, aquel 2005 cuando entré a la Escuela Naval, y la marcha ya se había terminado.

Evidentemente que en ese momento a f i r m é  p a r a  m í  m i s m o  q u e  e r a

ABSOLUTAMENTE IMPOSIBLE resumir treinta años en tan corto tiempo.

La prueba más evidente y absoluta de ello era: mi propia experiencia.

Yo, un burdo Subteniente de tercer año que aún pesa menos que un paquete de cabritas, la cantidad de experiencias que había vivido superaban sin dudas las expectativas que tenía cuando crucé el portalón de la Escuela Naval el 1 de febrero del 2005, con terno y pelo largo.

Así, simplemente para demostrar que la marcha estaba equivocada, inicié mi propio

resumen de mis ocho años a bordo del gran crucero llamado “Armada de Chile”.

Me fui al año de “MOTE”.

Lo primero que se me vino a la cabeza, no sé por qué en verdad, fue “TERRAZA WESTE”.  Sin duda un mal necesario para la formación naval.  Generar temple y carácter, además de sacar personalidad para plantarse frente a un más antiguo y cumplir órdenes.  Obediencia antes de mando, un ciclo natural.

Ahora… que cuesta sudor, lo cuesta.

Fue en esos recuerdos de flexiones, gritos y vueltas al patio del buque que me pregunté: “¿dónde estaba yo a esa misma hora el 2005?”.

Siendo Recluta, indudablemente debo haber estado muerto de sueño y hambre. Pero me puse en la situación hipotética (pero a la vez no tan hipotética) que estaba

de guardia de entrepuente de 02:00 a 04:00. Forzado a caminar en círculos por el entrepuente, a jugar con el yatagán o contar los cuadrados del techo, esperando ansiosamente que llegue la hora del relevo o repasando mentalmente las novedades que se le debían dar al Brigadier de Entrepuente…

“Entrepuente H-33 de la Segunda Compañía, con 43 Reclutas y 2 Brigadieres, sin novedad mi Brigadier”. Sonaba fácil, pero no sé si era el pelo corto o esa simple estupidez innata que uno tiene cuando es Recluta, que al momento de llegar el Brigadier uno decía cualquier otra pachotada que no tenía nada que ver con lo que quería decir. Por supuesto el reto de vuelta, que a uno lo sentía ser el ente más idiota de la faz de la Tierra, era inevitable.

Y ahí llegué al recuerdo de mis Brigadieres de Mote. Curiosos seres ficticios que no existen en los reglamentos de la Armada pero que, sin embargo, son fundamentales en la Escuela Naval.  Sin su presencia, la Escuela no avanza hacia ningún lado. Odiados al principio, pero a la larga queridos y que sin duda dejan una huella imborrable que perdurará por el resto de la carrera.

Pero, lo más probable es que para esa altura del año, el Brigadier todavía era a mis

ojos una figura pedante, que su existencia se resumía en molestar de forma constante y sin respiros a sus subordinados, casi por placer. Llegaba la hora de la infantería y ese hombre disfrutaba pronunciando la palabra “TIERRA” y, mientras más de este elemento “comieran” los motes, mejor era su tarde.

Y, en los tiempos en que no se estaba en infantería, el Brigadier se transformaba en el papá forzado de uno que lo hacía hacer sentir inútil, debiendo pedir permiso hasta para ir al baño, que dicho desplazamiento se debía hacer acompañado y que, si era en “grupo” de más de UNA persona, había que ir en formación y al trote. A uno lo soltaban en la puerta de los baños… perdón… ¿dije baños?… JARDINES y típico que uno entraba y en el urinario del lado había un… CADETE DE SEGUNDO AÑO.

“¿La venia para entrar a jardines, Cadete?”.

El mero hecho de pedir esa venia, era una invitación explícita para “saludar voluntariamente” al Cadete en la próxima retirada en terraza weste.

Fue así, sumado a un montón de otros recuerdos de Primer Año de Escuela, que llegué al SEGUNDO AÑO: 2006.

De “flectado” pasé a “flectador” en una transición tan express que se resume en desabrochar los botones de la camisa y cambiar las palas que tenían una sola “v”, por otras con “dos”. Al menos los que son más antiguos que yo tenían que darse el trabajo mayor de “descoser” y “coser” en la vieja Tenida de Sarga.

Nuevamente mi cabeza redunda en la famosísima “TERRAZA WESTE”. Claro que ahora era la otra cara de la moneda, con esa sensación de desahogar lo acumulado

tras un año de “recibir”. Al pobre e indefenso Recluta, no le quedaba otra que obedecer los descriterios que iba a profanar el Cadete de Segundo Año.

Pero no nos veamos la suerte entre gitanos.  El súper antiguo Cadete de Segundo Año con bufanda de huiro hasta los tobillos, en la realidad no es más que el más mote de los Cadetes Antiguos. De esta forma, si uno estaba nervioso cuando era Recluta, salía de comedores, hacía conversión a la izquierda y comenzaba a marchar sobre la terraza weste en esa “primera retirada”; ahora el nerviosismo era aún mayor porque uno tenía que mandar a esos “especímenes”.

Esos cartelitos esparcidos por la Escuela Naval que dicen “El Ejemplo es la Autoridad Moral en el Ejercicio del Mando” penaban como si uno los tuviera pegado con post-it en la frente.

¿Qué era lo complicado?

La verdad hasta hoy día no lo sé con certeza; ya que, si nos vamos al análisis particular de  la  situación,  se  resume  en: agarrar  a  alguien “x”,  decirle “tierra”  y hacerlo flectar o “rodillas al pecho mar” o “salto del payaso”, por un tiempo de no más de quince minutos en los que uno con suerte le enseñaba el apellido al mote, solo con el propósito que a la próxima retirada éste llegara con sus datos aprendidos para repetir la misma rutina por las primeras cinco presentaciones, para luego recién empezar a enseñarle cosas más útiles que su  nombre  completo,  número  de  línea  y cadete, curso y división.

Ahora, que se pasa bien, se pasa bien. De mis compañeros de curso, muchos deben haber pasado el mejor año de sus vidas en Segundo Año. Otra buena parte

dirá Tercer Año.

TERCER AÑO… mi año 2007.

La verdad es que resulta complicado definir al Cadete de Tercer Año. Para mí, es como el chiste del Coco Legrand: ¿Qué hace el Cadete de Tercer Año? Mmmm… Fuma.

En efecto, si usted no fuma… Tercer Año es una muy buena oportunidad de partir.  Si usted fuma, es una excelente chance de agravar su vicio. Ni siquiera es cosa de proponérselo, basta con que se abra  la  válvula “autorizando”  a  hacerlo y  milagrosamente  el  nivel  de  adicción generalizado al tabaco aumenta.

Y, en realidad, un Cadete de Tercer Año no hace mucho más que fumar y estudiar. Donde yo no alcancé a agarrar el vicio del cigarro, me dediqué un poco más al estudio, pero hasta por ahí no más porque en realidad nunca ha sido mi fuerte.

Quizá los únicos que conocen a los Cadetes de Tercero son los Brigadieres y, curiosamente es porque en algún momento fueron Cadetes de Primero y Segundo respectivamente, con el consecuente “amor” que conlleva. “Amor” que se extiende por un largo tiempo hasta el desahogo final en el 4 de agosto, en el cual comprobé que el “mundo gira” y todo se devuelve.

Finalmente, el resto de la Escuela sabe que existen los Cadetes de Tercer Año. En un par de retiradas los han visto y quizá han desfilado con ellos.  Sólo el más maquineado de los maquineados se presenta de forma regular con un Cadete de Tercero. En Tercer Año, con la “vasta experiencia” que tienen, están a un nivel superior, próximos a la divinidad del Brigadier, pero no todavía.

BRIGADIERES (2008).

Reiterando el concepto anterior, el ser Brigadier es la divinidad temporal. El nombre

“Olimpo”, con el que se cataloga al entrepuente de los Cadetes de Cuarto Año, no puede ser más apropiado.

El Reglamento de la Escuela, más conocido como el “Manual del Cadete”, da efectivamente poderes casi divinos a los “Señores” Brigadieres. La Escuela Naval completa se mueve por los Brigadieres y el año de uno se marca en gran parte por los Brigadieres.

Durante mis cuatro años, como en todo orden de cosas, me tocaron Brigadieres buenos y otros malos. Dicho juicio es fácil de obtener, considerando que en la Escuela TODOS se conocen y, si no se conocen, los Cadetes de Tercer Año se preocupan de develar públicamente hasta esas yayitas más olvidadas de los Brigadieres.

Ahora, yo lo pasé bien de Brigadier. Tuve el honor de ser Brigadier de Motes. Privilegio que lleva otro tipo de prerrogativas, tales como:

•  Recogerse como tres semanas antes a la Escuela.

•  Tener como una semana de vacaciones.

•  Perder un montón de fines de semana por estar acompañando a los motes en infantería, visitas profesionales o en las visitas dominicales de los padres.

Fueron tantos los privilegios, que mi polola de entonces no aguantó y tras cinco años de relación (sí, desde antes de entrar a la Escuela), un día se aburrió y lisa y llanamente terminó. Nunca encontré una razón aparente, pero asumo que no pudo soportar “dos períodos de Recluta”.

Sin embargo, al igual como uno detesta a los Brigadieres en un comienzo cuando es mote, a los motes finalmente se les aprende a querer.

Siempre se ha hablado que no es lo mismo ser Brigadier de Motes que de Cadetes Antiguos. No voy a entrar a juzgar eso, porque cada uno vive sus propias experiencias.  Pero, para mí fue súper gratificante ver cómo me entregaron a fines de enero un paisa chascón y, con el apoyo de mis compañeros Brigadieres de Motes, logramos que se convirtiera en una proyección de Oficial de Marina. Y, lo que es aún más reconfortante, hasta el día de hoy aún lo agradecen.

Esa gratitud de los motes en los últimos días de ese 2008, sumado al hecho que mi padre (Marino también) se retiraba de la Institución y la graduación como Guardiamarina, hicieron que ese fin de año fuera un poco más sentimental que de costumbre. Súbitamente me golpeó la cara un cúmulo de emociones y, de un momento a otro, sin darme cuenta, le estaba dando la mano a la Presidente de la República y ya era Guardiamarina.

“DE CABEZA DE RATÓN A COLA DE LEÓN”.

Esa frase la escucharía mucho durante el 2009, y vaya que tenía razón. Guardiamarina. Un grado especial para una condición especial. Al que se le ocurrió

en algún momento que de la Escuela ya no se egresaba más como Subteniente sino que como Guardiamarina es, sin duda, un genio.

La concepción del Guardiamarina nace de la necesidad de transición. El Brigadier, “el enviado de Dios sobre la tierra en forma corporal como la nuestra”, tiene el ego tan elevado que necesita ser aterrizado lo antes posible.  Por otra parte, al egresar debe ser tratado como Oficial. Para sobrellevar correctamente esa dualidad, el “genio” cambió los soutaches de la Tenida de Cadete por unos “huevos fritos” y a ese ser lo llamó Guardiamarina.

Así, se genera un año con un alto nivel de contrastes, con vivencias que se amplifican en el Crucero de Instrucción a bordo de la “Esmeralda”, donde los momentos malos son MUY malos y los buenos MUY buenos.

Afortunadamente, donde la memoria es discriminatoria, finalmente sólo quedan los

recuerdos buenos y es así como no existe Oficial de Marina que haya dicho que lo pasó mal en la “Esmeralda”.

En mi caso pasa lo mismo, y eso que era bien amigo del Mesana para las subidas en alto en la “Esmeralda” y en uno que otro puerto tuve recogida por alguna maquineada. Claro, mi guardia no era la más amantillada pero, por otra parte, vaya que la pasábamos bien.

Y así fue como llegó septiembre, junto a la tan ansiada Primera Orden de Transbordo. Mis opciones habían sido: “Cabrales”, “Viel” y “Videla”. Con la confianza que tenía al haber egresado con la cuarta antigüedad de la Escuela Naval, tenía mis maletas listas para irme al Sur.

“AQUILES”.

Vaya sorpresa, pero como dicen por ahí no existen los transbordos malos, menos en un año como el 2010.

Hubo tres hitos iniciales que marcaron sin duda lo que venía del año, y todos concentrados una vez más en un lapso muy corto:

1.   El 30 de diciembre de 2009, cuando nos presentamos con mis compañeros de curso (éramos cinco los que nos presentábamos en el “Aquiles”), ocurrió a bordo un accidente. Si bien el hecho no ocurre en el año 2010, lo tomo en cuenta porque marca el inicio en la cadena de eventos de un año especial.

El accidente ocurrió cuando en una maniobra de atraque, una espía trabajó mal en la estación de toldilla y golpeó directamente en el pecho y piernas a tres personas. 

Fue “impresionante” ver a tres personas tiradas en el piso, exclamando de dolor, mientras el enfermero revisaba su pecho y ya se podían apreciar sendos hematomas producto del fuerte golpe de la espía de 4 pulgadas de mena.

El buque atracó de emergencia e inmediatamente una ambulancia evacuó a los heridos, uno de los cuales tuvo una seria hemorragia interna que lo mantuvo de baja varias semanas.

2.  Durante el primer austral, el cual tenía como destino final la Antártica, navegando

en cercanía del Golfo de Penas tras haber salido al Pacífico por el Canal Pulluche, se declara un incendio en la Sala de Máquinas.

Por la naturaleza del departamento y tras determinar que el incendio se generó por un derrame de alta presión de petróleo, no solo era un simple incendio, sino que uno de alta carga térmica.

Lo anterior llevó a actuar a una dotación que tenía mucha gente recién transbordada, para atacar el peor tipo de incendio que se puede generar a bordo.

Por supuesto que el incendio se generó cuando ya había pasado el ocaso (estas cosas no pueden pasar de día) y, además, el buque quedó sin capacidad de generar poder ni propulsión.  El abatimiento, lentamente, llevaba al buque inexorablemente a costa, por lo que no sólo se requería apagar el incendio, sino que también generar propulsión y poder al menos con un generador y motor.

Sumémosle a ello los pasajeros a bordo, lo peor que puede existir en este tipo de escenarios, ya que también hay que salvaguardarlos y no son un recurso humano “útil” para atacar la emergencia.

Finalmente, el departamento completo fue aislado y atacado con banco de halón, para luego mantener la contención y permitir el ingreso de la partida de ataque a revisar daños. Los Ingenieros, tras arduas horas de trabajo, lograron recuperar un motor y después colocar el segundo en la línea con limitaciones, permitiendo a la unidad llegar con pocas horas de retraso en relación al PIM inicial a la ciudad de Punta Arenas. La Antártica quedó en el olvido y de ahí en más la unidad pasó a reparaciones en ASMAR Magallanes, para recuperar totalmente el motor averiado.

La causa del incendio fue una cañería rota por las vibraciones que lanzó petróleo a

alta presión a uno de los generadores. Por temperatura, finalmente el petróleo hizo combustión.

La reparación tomó más de dos semanas en Punta Arenas, para luego volver rápidamente a Valparaíso y preparar el segundo austral.

3.  Pero, como siempre, las reparaciones tienen detalles.

Tras haber zarpado de Valparaíso un 22 de febrero, el buque debió parar en ASMAR Talcahuano debido a observaciones encontradas en el motor que incidían en que éste operase con alta temperatura. Como “Juan Segura” vivió muchos años, se tomó la determinación de dejar el buque ahí a la espera de reparaciones. ¿Qué pasó con el Segundo Austral? Para el “Aquiles” lisa y llanamente se acabó, por lo que ahora la unidad iba a ser relevada por la LST “Chacabuco”. ¿Hora del relevo? 270900 de febrero del 2010.

¡Sí, 27 de febrero del 2010!

Claro, si uno pudiese ver el futuro nadie hubiese tomado esa determinación. Pero donde eso no es posible, la solución más sensata en ese momento era que otra unidad efectuase el Austral.

El “Aquiles” fue completamente descargado el viernes 26 de febrero en la tarde, quedando su carga a un costado en el Molo 500, a la espera de ser recibida por la “Chacabuco” a la mañana siguiente. Demás está decir que la madrugada del 27 de febrero esa carga tomó la iniciativa de “salir a navegar” por sus propios medios.  Afortunadamente, el “Aquiles” logró zarpar aún cojo con sus motores y escapar justo antes de la llegada del Tsunami que afectó a la zona.

Para marzo del 2010, una frase que dijo mi Jefe de Curso de Brigadieres antes de egresar citando al Almirante Merino, se me venía permanentemente a la cabeza:

“Espero que tengan malas mares y malas dotaciones, para que así sean excelentes

Oficiales de Marina”.

En efecto, tras ese especial comienzo de año lo único que hacía era agradecer que esos “tiros de combate” pasaron “al partir” y no después. Para formar carácter.

Ustedes podrán decir: “El tipo yeta”. Pero la verdad (y prueba sustancial de que no lo soy), es que de ahí en más todo me ha salido bien.

En agosto de ese año, la Armada hasta me premió con un curso de cuatro meses en Newport, Estados Unidos. Allí obtuve las mejores experiencias profesionales y personales, conocí a excelentes personas y formé grandes amigos.

Las cosas iban tan bien, que cuando llegó la Solicitud de Transbordo, pedí el mismo buque en el que estaba: “Aquiles”. Con la misma convicción de que iba a tener éxito, porque no sólo seguía siendo relativamente antiguo, sino que además es muy raro que a uno como Subteniente de Segundo Año lo transborden.

“SALINAS”.

Mi primera pregunta: ¿Qué es eso? ¿Dónde queda?

Hasta ese entonces lo único que conocía con “Salinas” era la recta de Viña o el Club Naval de Campo.

Pero no, la LPC-1816 “Grumete Salinas” queda en el Puerto de Antofagasta y tras haber sido Segundo Comandante el 2011 es hasta hoy en día mi unidad, de la cual más encima soy el Comandante.

¡Comandante el patudo! Si supiera la Junta de Mando y la Dirección del Personal que…

“¿La venia para subir al Puente mi Comandante?”.

¡Mi Segundo Comandante! Eran las 03:58 y venía a efectuar el relevo de guardia.

En prácticamente dos horas había alcanzado a resumir mi corta carrera profesional de 8 años. O sea, 30 años en DOS MINUTOS Y CINCO SEGUNDOS era efectivamente… ¡IMPOSIBLE!

Me fui alegre.  No sólo porque había acabado la guardia y ésta se había hecho más corta gracias a mis reflexiones, sino porque me había probado a mí mismo que tenía razón.

Me acosté y, como acostumbro, me coloqué los audífonos para escuchar alguna melodía y cerrar los ojos.

Me dije a mí mismo que era una buena oportunidad de escuchar una vez más “Recuerdos de 30 años”.

Tras terminar la canción me di cuenta que… “ESTABA PROFUNDAMENTE EQUIVOCADO”.

Efectivamente, tras analizar mis cortos ocho años y las experiencias vividas, finalmente me di cuenta que tras TREINTA años el efecto emocional que debe tener

sobre los hombres de mar (esos que ya no pueden navegar más, que tienen sus uniformes en sus roperos, que cuelgan con orgullo su sable y escudos de sus Reparticiones y Unidades, que con nostalgia tienen su rincón marinero para recordar sus años en la mar) es justamente el que produce esa marcha marcial:

Que se erice la piel y se acelere el corazón a “full avante”, concentrando en la intensidad de su melodía la misma intensidad de emociones que viven solamente aquellos que alguna vez han vestido el Uniforme Azul Marino y han surcado los mares del Pacífico Sur en un buque de Guerra con el Pabellón Tricolor.

Cerré los ojos y pensé…

“Qué ganas de vivir los próximos 22 años… y llegar a los 30… para recordar de esa forma”.

La próxima vez que abrí los ojos era para tomar la guardia de 08:00 a 12:00.

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Fuente: Revista de Marina N° 2/2013. Publicado el 1 de abril de 2013.

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