HISTORIA MARINERA

CHUUUU….

Guillermo Concha Boisier

Capitán de Navío

.

La siguiente carta fue recibida por los navieros Furness Whitby, en Londres.  Sabiamente, su remitente ha preferido permanecer en el anonimato.

De mi consideración:

Debo dirigirme a Uds. con mucho pesar y gran urgencia a la vez: pesar, porque un pequeño malentendido haya desencadenado los acontecimientos que describiré a continuación y la urgencia, para que Uds. reciban el presente informe antes que se formen una opinión preconcebida en base a las noticias de la prensa mundial, las que seguramente tenderán a sobredimensionar los hechos.

Recién embarcado el práctico de puerto, el señalero bajó al puente de mando luego de haber reemplazado la bandera “G” (Solicito Práctico) por la “H” (Práctico a bordo).  Tratándose de un aprendiz en su primer viaje, este marinero no atinaba a enrollar correctamente la bandera de señales por lo que procedí a demostrarle personalmente cómo se hacía, pidiéndole que me la entregara.  Como el muchacho no era muy avispado, tuve que repetirle la orden más fuerte: ¡Let  go! (suéltela) …

En ese preciso momento el primer oficial salía de la sala de cartas luego de haber situado la posición del buque y, creyendo que yo me refería a la maniobra de anclas, pasó la orden de fondear (Let go) al tercer oficial en el castillo de proa.  El ancla de babor fue escapada de inmediato desde el escobén, ya que no había sido arriada previamente hasta el nivel del agua.  Esta maniobra, realizada mientras el buque navegaba a toda máquina, hizo que se escapara toda la cadena, sin que el freno del cabrestante fuera capaz de detenerla.  Me temo que los daños en la cubierta donde se encuentra arraigado el extremo de la cadena puedan ser de cierta consideración por efecto de tamaño tirón.  La frenada producida por el ancla de babor hizo que el buque virara violentamente hacia esa banda (izquierda), justo en dirección hacia el puente giratorio sobre un tributario del río donde navegábamos.

El operador de dicho puente demostró gran presencia de ánimo al girarlo rápidamente para permitir el paso de mi buque.  Desgraciadamente no se le ocurrió detener previamente el tráfico de vehículos y, consecuentemente, un Volkswagen, dos ciclistas y un camión con ganado fueron a parar en la cubierta de proa.  En estos momentos mi tripulación se encuentra arreando los animales que venían en ese vehículo y, a juzgar por los gruñidos que emiten, diría que se trata de porcinos. En sus esfuerzos por detener la viada del buque, el tercer oficial fondeó el ancla de estribor, aunque demasiado tarde para que tuviera algún efecto, ya que cayó justo encima de la cabina del operador del puente giratorio.

Apenas fondeada el ancla de babor y con el buque comenzando a caer, ordené a la máquina “emergencia atrás” y personalmente telefoneé al ingeniero de guardia para ordenarle el máximo de revoluciones.  Alguien me respondió que la temperatura del agua de mar era de 53 grados, preguntando de paso si habría cine esa noche.  Creo que el tenor de mi respuesta no aportaría nada concreto a este informe.

Hasta aquí me he limitado a informar sobre las actividades en el sector de proa, aunque a popa también se experimentaban algunos problemas.  Al fondeo del ancla de babor, el segundo oficial se encontraba supervisando la maniobra del remolcador de popa, mientras se le pasaba una espía de amarre.

El frenazo producido por el ancla de babor hizo que el remolcador se metiera bajo la popa de mi buque, justo cuando la máquina respondía a la orden de “emergencia atrás”. La rápida reacción del segundo oficial al afirmar en cubierta la espía al remolcador, retardó su hundimiento algunos minutos, permitiendo un expedito abandono de la tripulación.

Me pareció extraño que, en el instante que se fondeaba el ancla de babor, en tierra se producía un apagón eléctrico. El hecho que estuviéramos pasando por un “área de cables” en ese momento podría sugerir que habíamos tocado algo en el lecho del río.  Tal vez haya sido pura suerte que los cables de alta tensión derribados por el palo de proa no estuvieran energizados, posiblemente por haber sido reemplazados por el cable submarino. Pero, debido al apagón en tierra, no es posible determinar dónde cayó la torre de alta tensión.

Nunca ha dejado de sorprenderme el comportamiento de los extranjeros durante las pequeñas crisis.  El práctico, por ejemplo, se encuentra en estos momentos acurrucado en un rincón de mi camarote de mar, gimiendo y a ratos canturreando para sus adentros, después de haberse tomado una botella de gin en un lapso digno de figurar en el Libro de Records de Guiness. El patrón del remolcador, por su parte, ha reaccionado con tal violencia que el mayordomo tuvo que reducirlo por la fuerza y engrilletarlo a una litera de la enfermería, desde donde me manda a decir a gritos ciertas cosas que yo podría  hacer con el buque en mis orificios corporales.

Adjunto remito el nombre y dirección de los conductores y las respectivas compañías de seguro de los vehículos depositados en la cubierta de proa, datos que mi tercer oficial alcanzó a recolectar durante su algo precipitado abandono del castillo.  Espero que esta información resulte de utilidad para efectuar el reclamo por los daños ocasionados a las barandas y en la bodega número uno.

Estoy cerrando este informe preliminar debido a la dificultad para concentrarme con el ruido de las sirenas policiales y el destello de las luces de emergencia.

Por último, resulta lamentable concluir que, si el marinero señalero se hubiera percatado que no era necesario izar banderas de pilotaje en la noche, nada de lo anterior habría ocurrido.

Saluda atentamente a Uds.

N.N.

Master

MN.”Nonsuch”        

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