HISTORIA MARINERA

CAMINATA EN EL LAGO PEÑUELAS

Tomás Schlack Casacuberta

Capitán de Navío

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Un viernes, como todos los viernes, debí ir a buscar al Almirante Merino a Santiago para trasladarlo a Viña del Mar. Me posé con mi helicóptero en la Quinta Normal, apagué el motor y esperé con la paciencia de siempre que el Almirante apareciera en el helipuerto para emprender el regreso. En esa época del año son comunes las nieblas al atardecer, la noche fría, el ambiente húmedo y la falta de viento crean una situación propicia para que la niebla cubra principalmente los valles interiores y si la situación se extrema, cubre los cerros y las ciudades costeras. Pasaron los minutos y hasta un par de horas, llamé al Ayudante de Órdenes y le hice saber el asunto de la niebla en los valles próximos a Valparaíso, por lo tanto, le solicitaba que le dijera a su jefe que debiéramos despegar pronto.

Pasó más tiempo, no solo se presentaba el problema de la posible niebla, sino que se sumaba a esto la puesta del sol y el término de la luz pues ese helicóptero no estaba certificado para volar en condiciones instrumentales.  Con el sol ya tras los cerros que rodean Santiago, llegó el Almirante acompañado de otros altos oficiales, momentos después despegamos en dirección a Valparaíso.

Al traspasar los cerros de Lo Prado me di cuenta que el sol ya se encontraba tras los cerros de la costa y que el crepúsculo con su penumbra que avanza con el tiempo nos tendría dentro de su manto de oscuridad en breves momentos. El encarnado del cielo servía de telón al paisaje de Curacaví que ya presentaba algunas manchas de niebla sobre sus verdes viñas y sembrados. Me dio la sensación de ir volando irremediablemente hacia la entrada de un túnel sin salida, podía percibir el problema que venía hacia el oeste, hacia el este para volver a Santiago la oscuridad me cerraba la puerta de escape a mi situación. La niebla invadiría el valle de Casablanca en breves minutos incluso antes de que pudiéramos llegar a él.

Al cruzar los cerros de la cuesta Zapata la niebla había invadido grandes extensiones del valle de Casablanca. Pensé seriamente aterrizar en algún lugar próximo a esa ciudad, pero como la tendencia es estirar la situación adversa esperando poder llegar a un mejor lugar, decidí seguir volando. Al sobrevolar Lo Vázquez me di cuenta que la posibilidad de llegar a destino era muy difícil, pero, con la esperanza de que la niebla dejara algunos espacios claros en la bahía de Valparaíso, decidí continuar. El Almirante como era habitual, confiaba plenamente en mi criterio y decisión, de modo que su silencio yo lo tomaba como una señal de comprensión y de apoyo. Además, la tardanza en salir de Santiago había sido su decisión.

En las proximidades del Lago Peñuelas la situación se hizo critica, se apreciaba a simple vista como la niebla se formaba e invadía todas las tierras planas quedando a la vista solo las partes altas de los cerros. Supuse que Valparaíso estaba bajo niebla, lo cual después pude corroborar, de modo que de pronto lo único visible y seguro para aterrizar era en algún lugar próximo a las orillas del lago. Le informé al Almirante cuáles eran mis intenciones, no esperé su aprobación, pues sabía que no había otra opción. Puse el tanto de la situación a la torre de control del aeródromo de El Belloto, el cual también se encontraba bajo la niebla, para que pasara la información a las autoridades correspondientes, solicitándole además movilización.

Descendí para buscar un lugar seguro para aproximar y posar el Ranger, mientras más tiempo me demoraba en evaluar las opciones, menos opciones tenía a la vista, de modo que aproximé en una de sus orillas lo más cercana posible a la ruta caminera que une Santiago con Valparaíso. Activé los flotadores y amarizar en caso de necesidad, pero una franja de la orilla de unos 15 metros me dio espacio para aterrizar. La oscuridad ya era casi total, la noche se deja caer con una rapidez abismante, encendí la luz de aterrizaje y me posé en la orilla.

El terreno tenía una suave pendiente, de modo que quedamos posados con bastante inclinación y con el empenaje de cola proyectado sobre el agua.  Sacamos nuestras pertenencias, colgué la Thompson en mi hombro, armamento de uso habitual en esos días, aseguré y cerré con llave el helicóptero y les indiqué a mis pasajeros hacia donde debíamos caminar. La oscuridad y la superficie irregular del terreno sembrada de piedras, troncos y charcos de barro dificultaban bastante el andar, yo iba adelante, detrás de mí y pisándome los talones, el Almirante Merino quien trataba de no quedar atrás, el silencio era el único ruido que llegaba a nuestros oídos, ni un comentario de parte del resto de la comitiva. El no doblarnos un tobillo o pisar el fango era la simple preocupación que nos mantenía ocupados. El ruido gutural de alguna ave nocturna o el escandaloso reclamo de una pareja de queltehues que veía invadida sus dominios rompía la quietud de la noche. A lo lejos, las luces de los vehículos que se desplazaban por la ruta nos indicaban hacia donde debíamos caminar y nos revelaban cuán lejos estábamos. Debimos de cruzar varias cercas de alambres hasta alcanzar el camino. Después de una hora llegamos a la Tenencia de Carabineros de Peñuelas, yo me adelanté para prevenir al carabinero de guardia de la presencia del Almirante.

El cabo de carabineros se encontraba tomando una constancia a un chofer cuando entramos a la inhóspita e impersonal sala de la guardia. Su cara de cansancio por la rutina diaria de tener que escribir a mano los procedimientos de automovilistas y chóferes de buses y camiones delataba que había tenido un día duro y pesado. Cuando lo interrumpí para pedir su atención ni siquiera me miró. Me identifique de palabra, pero nada cambió, de pronto cuando levantó la vista se encontró con la presencia del Almirante Merino que se acercaba al otro lado de su escritorio. Se levantó de su asiento y atónito por la presencia del Almirante en su recinto, sólo atinó a decir “ordene mi Almirante”. Pasada la impresión le ordené que aclarara el recinto, lo cual estaba demás, pues el camionero ya se había escabullido y desaparecido del lugar sin darnos cuenta. El Almirante Merino refunfuño algo que no entendí y se sentó en una roñosa silla que se encontraba adosada a una muralla. El carabinero me facilitó un teléfono, llamé al jefe de servicio de la zona naval quien estaba al tanto de la situación y me informó que los vehículos ya habían sido enviados.

El Almirante no habló durante toda la estadía en el cuartel.  Media hora más tarde un par de autos y una camioneta nos recogía desde allí. Con una leve sonrisa y sin expresar ningún reproche a mi actuación me extendió su mano para despedirse. 

 “Cuando me invita a caminar de nuevo teniente Schlack, lo veo mañana temprano para volar a Santiago”.    

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