HISTORIA MARINERA

Anécdota de Subteniente Buzo Táctico con el Almirante Merino

Christian de Bonnafos Gándara

Capitán de Navío

Buzo Táctico

.

Recién llegado de EE.UU. de Curso Seal y posterior entrenamiento en UDT Team 13 y Seal Team 1, fui designado por 15 días Asesor de Buceo Táctico en la Dirección de Armamentos.

Llevaba 4 días en el 4° piso de la DAA, en el Departamento de Torpedos, donde estaban considerados los Buzos Tácticos.

Tenía un pequeño escritorio al lado del Cabo Tp. Héctor Díaz, el Ayudante del Jefe del Departamento de Torpedos.

En breve aprecié que los Buzos Tácticos sólo éramos un apéndice en una carpeta con dos documentos, en el último lugar de ese Depto. y, que el Jefe del Depto. (un Capitán de Fragata Especialista en Tp. y bien robusto) no estaba ni ahí con el tema.

Le pregunté al Cabo Díaz, quién mandaba en esa Dirección. El me respondió que era el Director, que estaba en el primer piso, pero que no me recomendaba ir a hablar con él sin pedir una audiencia porque tenía un genio muy ligero.

Sin embargo, como Subteniente, pensé que lo peor que podía ocurrir era que el Director me echara de la oficina si le molestaba mi visita. Así que bajé al primer piso.

Llegué frente a la Oficina, con una gran puerta de buena madera y una placa de bronce brillante que decía DIRECTOR. Golpeé y se escuchó un vozarrón que dijo “adelante”. Pasé y me encontré con un Contraalmirante con mirada adusta y de pocos amigos, que me preguntó secamente qué necesitaba. Respondí que venía a presentarme después de graduarme de Navy Seal en la Armada de los EE.UU. y recibir la tarea de asesorar a su Dirección en ese tema.

Ahí cambió su gesto, me hizo pasar y le comencé a contar sobre el muy duro entrenamiento realizado y sobre mi visión de la Armada de ese país. Después de un par de minutos apretó un botón y pensé que llamaba a su ayudante para que me echara. Sin embargo, apareció el Mayordomo. El Almirante le indicó que nos ofreciera una taza de café y me ofreció una silla frente a él.

Ahí me di cuenta de que había comenzado bien esta reunión y que pese al montón de papeles sobre el escritorio, había logrado mantener interesado a mi interlocutor.

Llegó el café y pensé en hacerlo durar para obtener el máximo de atención de este temido Almirante.

Entonces no sabía que el Almirante Merino en la Segunda Guerra Mundial había estado embarcado en el Crucero norteamericano CL “Raleigh“ y que participó en varias batallas navales en la Guerra en el Pacífico contra Japón.

Después de un cuarto de hora en que estuvo muy entretenido, el Almirante cambiando su actitud tranquila me preguntó secamente: qué necesitaba.

Le expresé que su Dirección tenía muy importantes tareas, entre las cuales los Buzos Tácticos  estaban escasamente considerados (le mencioné nuestra carpeta con un par de documentos en el último rincón de la oficina de Torpedos) y que apreciaba que mi labor de asesoría por dos semanas a esa Dirección no tenía ningún futuro. Y que en esa Dirección nadie sabía que enorme esfuerzo había realizado yo y que, lo que era peor, apreciaba que el tema no le importaba a nadie en la Institución.

El Almirante tomó el teléfono y ladró una orden que no pude entender, pero comencé a sentir unos pasos apresurados bajando desde los pisos superiores y luego se abrió la puerta y apareció el Jefe del Depto. de Torpedos muy agitado. Al verme sentado junto con el Almirante, aprecio que me odió desde ese momento.

El Almirante le hizo saber que sostuvo una interesante conversación conmigo y que a la Armada le interesaba que los Buzos Tácticos, siguiendo el modelo norteamericano, pudiéramos desarrollar en breve plazo una Fuerza con capacidades proporcionalmente similares a los Seals. Ahí me indicó que podía retirarme.

Subí al cuarto piso, donde me esperaba el Cabo Díaz muy preocupado, diciendo “qué hizo mi Subteniente, que el Comandante casi se cae corriendo escalera abajo”. Yo le conté que había tenido una interesante conversación con el Director y que había decidido apoyar mis gestiones.

Varios minutos después sentí que el Jefe venía subiendo la escalera, aunque sin la prisa anterior. Una vez llegado a su oficina dio un gran grito: “Cabo Díaz”. Pero a mí nunca me dijo ninguna palabra.

Luego de un tiempo el Cabo Díaz se acercó muy compungido diciéndome que por favor no volviera a hablar con el Almirante, porque el Jefe lo retaba a él.

De más está decir que no sólo en el Depto. Torpedos me apoyaron y consideraron en mis asesorías a esa Dirección, sino que tuve abiertas las puertas de todos los Departamentos, invitándome a tomar una taza de café o preguntándome por el curso que había realizado.

De acuerdo al Cabo Díaz, nadie quería ser llamado por el Director por no apoyar mis funciones asesoras. También me insistió, que por favor no fuera a hablar con el Almirante, porque el Comandante lo retaba a él. Le tuve que decir que iba a tener que soportar esas estrepadas de su Jefe, porque encontraba que el único que me resolvía cualquier problema era el Almirante.

De ahí en adelante todos los problemas sin solución de los Bz.T. los iba a ir resolviendo con ayuda del Almirante Merino, quien desde su puesto de Director de Armamentos movía a toda la Armada.

El Comandante en Jefe de la II Zona Naval, considerando que yo era un experto en explosivos, me encargó la tarea de eliminar el serio obstáculo que representaban los restos del casco del buque ex “Huasco”, hundido de lado sobre fondo plano de arena y a 300 metros del muelle del puerto de Talcahuano, reduciendo el fondo en ese lugar a menos de 3 metros. Disponía para mi tarea de todos los medios que tenía la Base Naval, que no eran muchos.

Hicimos un reconocimiento y luego analizamos los materiales a usar.

El Sargento Canales, el más antiguo, consideraba conveniente usar conos de torpedos de 300 kilos de TNT y el Sargento Vera sugería emplear bombas de profundidad de 220 kilos de TNT.

Decidí usar conos de torpedos y el número de ellos se apreció que eran 5 los necesarios.

Había poca cantidad de explosivo plástico C-3, que usaríamos en las cebas de cada cono. También había poca cantidad de cordón detonante y cuerda mecha.

Tuvimos que manejarnos con esos elementos.

Fue así que sobre el casco hundido de lado, colocamos los de 5 conos de torpedos (con un total de 1.500 kilos de TNT) con apoyo de una vieja barcaza LCVP dada de baja que yo había conseguido, Una vez todo listo y todos a bordo de la barcaza, encendimos la cuerda mecha y teníamos 3 minutos de tiempo.

Aceleré el motor para alejarnos y el motor se detuvo. Había aprendido que cuando eso ocurría (con frecuencia) y no quería partir el motor, la solución era poner las 4 baterías de 24 Volts (que estaban conectadas en serie-paralelo y entrega de 48 Volts) en serie y con entrega de 96 Volts. Para lo cual los terminales los tenía conectados con alicates caimán y el cambio lo hacía yo personalmente. En este caso, le pedí a un Bz.T. que me fuera indicando cuanto tiempo quedaba. Cuando quedaba menos de un minuto el motor partió y estábamos a 40 metros cuando la explosión se produjo y recibimos una gran ola que nos sacudió bruscamente, seguido de una ducha con la impresionante columna de agua que se levantó.

El reconocimiento posterior indicó que había sido un eficiente trabajo y el puerto ya no tenía un obstáculo en el tránsito de los buques para atracar o zarpar.

Por supuesto que no informé la falla de la barcaza al mando, porque me la habrían quitado.

Comencé a buscar como conseguir una embarcación y encontré que en Asmar (T) estaban construyendo una serie de esas barcazas.

Busqué una excusa para ir a Valparaíso (no me darían permiso para ir a hablar con el DAA). Al llegar allá, sin pedir audiencia, le conté al Almirante Merino lo sucedido y que lo entretuvo, con su notable espíritu deportivo y aventurero.

Me preguntó qué solución se me ocurría y le respondí que en Asmar (T) estaban construyendo una serie de esas embarcaciones para los APD y que había una recién terminada. Tomó el teléfono y habló con el Administrados de Asmar (T) y le dispuso que esa LCVP me la entregara a mí y que el haría las correcciones al Plan correspondiente.

Me despedí muy agradecido, llevando la orden escrita del Almirante y fui directo a Talcahuano.

En Asmar el Administrador en persona me entregó a mí, que estaba con tenida 11, la embarcación nueva y con el estanque lleno de petróleo. Zarpé feliz de Asmar a la isla Quiriquina, donde estábamos basados los Buzos Tácticos.

De más está decir que estuvimos de fiesta por esta muy importante nueva adquisición, que nos permitió tener una gran independencia y aumentar de manera relevante nuestro grado de actividad en el mar.

El Comandante del APD que recibiría nuestra lancha se molestó mucho de que se la quitaran a su buque y aprecio que me consideró el responsable y me anotó en su “Lista Negra”. Lo malo es que siguió hasta el grado de Vicealmirante.

Con el Cabo Díaz, que continuó su carrera de Torpedista hasta llegar al Capitán de Fragata OM, nos seguimos viendo y somos grandes amigos, habiendo compartido estas experiencias y muchas otras posteriores.

FOTOS:

– APD «Uribe», buque que el autor tuvo a su mando (muestra las barcazas a bordo).

– Explosión submarina (no es la de la historia), para mostrar la columna de agua producto de una detonación submarina.

– Barcaza nueva de los Buzos Tácticos conseguida por el Subteniente BT.

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