HISTORIA MARINERA

CONOCÍ UN SANTO

Leonardo F. Fierro Espinoza

Capitán de Fragata RL

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Me llamó poderosamente la atención, la postura y concentración de Juan Pablo II; las pausas, los gestos, pero sobre todo, me impresionó la tranquilidad con que enfrentaba la monumental ceremonia.

Karol Wojtyla nació en Wadowice (Polonia) el 18 de mayo de 1920. Sus padres fueron Karol y Emilia. Estudió en el seminario clandestino, organizado por el cardenal de Cracovia, durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial. Ordenado presbítero el 1 de noviembre de 1946 y obispo el 20 de septiembre de 1958; llamado al cardenalato por el Papa Paulo VI, el 26 de junio de 1967.

Fue elegido Papa a los 58 años, tras la muerte de Juan Pablo I, el 16 de octubre de 1978, y se convirtió en el Pontífice más joven del siglo XX y el primero no italiano desde el holandés Adriano VI, en 1552. Este gran Pontífice, que sirvió un total de 26 años como pastor de la Iglesia Universal ostenta el tercer pontificado más prolongado de la historia del papado, solo lo han superado San Pedro, con aproximadamente 35 años y Pío IX con 31 años.

El Papa Juan Pablo II, en el noveno año de su servicio pastoral en la Sede de Pedro, efectuó su quinta visita pastoral a América del Sur, la que incluyó Uruguay, Chile y Argentina. Esta histórica visita la realizó a nuestro país desde el 1 al 6 de abril de 1987.

Visitó Santiago, Valparaíso, Concepción, Punta Arenas, Puerto Montt, Temuco, La Serena y Antofagasta.

El motivo de los encuentros y mensajes, incluyeron los más variados ámbitos y grupos sociales. En Santiago, el Papa, tuvo encuentros específicos con el clero, pobladores, obispos, familias, con la juventud, con las religiosas, con los campesinos, con el mundo de la cultura, con los enfermos; habló en la CEPAL, canonizó a Sor Teresa de los Andes y desde la cima del cerro San Cristobal bendijo a la ciudad capital de Chile y realizó misas monumentales en el Estadio Nacional, en la población La Bandera y el Parque O’Higgins.

Peregrinando en Chile

En su recorrido por el país, Juan Pablo II, realizó encuentros en la austral Punta Arenas; estuvo en Puerto Montt, para el encuentro con los hombres del mar; en un soleado 4 de abril, cuando abordó el BMD “Cirujano Videla” y navegó la bahía, siendo escoltado por los pescadores. Se recuerdan su estadía en Concepción y su mensaje a los trabajadores, la reunión con el pueblo Mapuche en Temuco, la visita a La Serena, la Eucaristía en Antofagasta y el encuentro con reos de aquella ciudad; y las palabras de despedida de Chile en el aeropuerto Cerro Moreno.

Fue, sin duda, una agenda bastante ajetreada para el “Mensajero de la Vida”, quien cumplió con energía y dinamismo cada una de las actividades programadas por la Comisión Organizadora de la visita.

Hay momentos que han quedado profundamente grabados en el colectivo nacional: el Encuentro con la Juventud en el Estadio Nacional, la Canonización de Teresa de los Andes y su entereza al enfrentar los disturbios protagonizados por grupos de exaltados en el Parque O’Higgins de Santiago. Pero hay un hecho indudable: todos aquellos que pudieron tan solo ver su figura desplazándose a bordo del papa móvil por las calles de las ciudades que visitó, les ha quedado un recuerdo y una emoción para toda la vida.

Mi experiencia personal

Aquel año 1987, cursaba mis últimos años de preparación para el sacerdocio en el Seminario Metropolitano de Concepción. La totalidad de los seminaristas (cerca de sesenta), nos preparamos para ayudar en la eucaristía que celebraría el Santo Padre en el Club Hípico de Talcahuano, el día 5 de abril a las 09:15 horas. Para este propósito se mandaron confeccionar albas especiales y a la medida, pues era una ocasión única y había que estar a la altura de las circunstancias.

Durante mi estadía en el seminario, me correspondió efectuar diversos oficios litúrgicos: turiferario, ministro de mitra o báculo y guía, hasta llegar a desempeñar -siendo diácono-, el oficio de Maestro de Ceremonias. Pero el que desempeñé por más tiempo fue el de crucífero; es decir, debía encabezar la procesión de entrada y de salida, portando la cruz arzobispal, oscilando su peso en aproximadamente siete kilos de macizo bronce. Este fue el oficio que me correspondió realizar cuando el Papa realizó el encuentro con el mundo del trabajo.

Aquel domingo 5 de abril de 1987, las actividades se iniciaron más temprano al régimen establecido en nuestra casa de formación, a las 05:00 de la madrugada. Desayuno reforzado, revisión del equipaje, llevar todos los ornamentos y abordar el bus desde Chiguayante hasta el Club Hípico de Talcahuano.

A eso de las 06:45 horas ya nos encontrábamos en la improvisada sacristía, habilitada en un amplio salón. Esperábamos junto a un gran número de sacerdotes venidos desde las diócesis vecinas: Chillán, Los Ángeles, La Araucanía, Temuco, Linares y Talca.

La sacristía que ocuparía el Santo Padre, era una carpa ataviada con todo lo necesario para él y su comitiva de cardenales, obispos, secretarios, y presbíteros asistentes.

A eso de las 07:55, el papa móvil hacía su aparición, y al interior, el Santo Padre de

pie, acompañado por el dueño de casa, el Metropolitano Monseñor José Manuel Santos Ascarza y el secretario privado Mons. Stanislaw Dziwisz (Mons. Stanislaw Dziwisz, nació en Polonia el 27 de abril de 1939. Ordenado sacerdote por su obispo diocesano Mons. Karol Wojtyla, el 23 de junio de 1963. Fue su secretario privado y a quien acompañó cuando fue elegido Papa) recorriendo lentamente los pasillos establecidos para ordenar el flujo de los centenares de miles de peregrinos que repletaban en su totalidad el espacio central del recinto ecuestre y entonaban el himno oficial de la visita “Mensajero de la Vida”. La luz interior del vehículo que le transportaba, aumentaba mucho más la blanca sotana y su rostro y manos parecía resplandecer.

Al concluir el recorrido, descendió del móvil, siendo acompañado muy de cerca por Monseñor José Manuel Santos. Todo el grupo de los seminaristas que serviríamos en el altar, nos encontrábamos correctamente formados a la entrada de la puerta de dicha sacristía. Al vernos, Juan Pablo II detuvo por unos momentos su andar y fijó su atención en nosotros y exclamó: “Los acólitos”, a lo que muy atento, el Arzobispo le contestó: “Son los seminaristas, Santo Padre”, y el Vicario de Cristo respondió con mucha claridad: “Los bendigo a todos”. Y se dio el tiempo de saludarnos uno por uno. Yo, que era uno de los más altos, me encontraba al inicio de esta formación, junto a dos compañeros que portaban los cirios: Juan Pablo Barra Cisterna y Francisco Ramón Jara Jiménez.

Con un marco impresionante de asistentes, se inició la eucaristía en aquel Domingo Quinto de cuaresma. El Papa y los concelebrantes ataviados de sus ornamentos morados, completaron los espacios establecidos como presbiterios. Destacaba por su altura, la cruz fabricada de ángulos metálicos; la sede presidencial, traída desde la catedral metropolitana, de gran valor por su antigüedad; el altar, confeccionado en madera entrecruzada. En la pared del fondo y a la vista de todos, sobresalía el monumental panel con los bordados de escenas de la vida campesina, elaborado por las artesanas de Copiulemu.

La celebración eucarística fue de gran emotividad, participativa y acompañada de signos que representaban a los trabajadores de la Octava Región; campesinos, mineros, industriales, trabajadores de la madera, el mundo mapuche y los obreros de las grandes poblaciones de Talcahuano y Concepción. Cada uno de estos oficios, representados en ofrendas, fueron presentadas ordenadamente al Santo Padre.

Durante el desarrollo de la celebración eucarística, me llamó poderosamente la atención, la postura y concentración de Juan Pablo II; las pausas, los gestos, el énfasis en las palabras cuando deseaba resaltar alguna idea fuerza; pero sobre todo, me impresionó la tranquilidad con que enfrentaba la monumental ceremonia.

Uno de los secretarios, de lengua española, que se ubicó a mi lado, anotaba con lápiz grafito algunas expresiones y énfasis de la homilía del Santo Padre, para complementar las palabras que él pronunciaría en el Ángelus, al finalizar la misa.

En esta visita, como pueblo chileno y sus autoridades, también le agradecimos la mediación que realizó en el diferendo limítrofe austral con Argentina, el año 1978.

El 27 de abril del presente año, el Papa Francisco canonizó en Roma a Juan Pablo II, el cual ha pasado a conformar el canon de los Santos de la Iglesia Católica, por lo que con mucha alegría y emoción puedo decir: Conocí un Santo.

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Fuente: Revista de Marina N° 3/2014. Publicado el 1 de junio de 2014.

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