HISTORIA MARINERA

Dos historias con Presidentes de la República

Hugo Alsina Calderón

Capitán de Navío

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DON GABITO

Durante el año 1951, la Escuadra estaba formada por el Acorazado Almirante Latorre y los 4 Destructores Serrano, Orella, Hyatt y Riquelme. Los períodos de entrenamientos eran largos y tediosos en Puerto Aldea. Una vez al mes, para la fecha de pago, la Escuadra iba a Coquimbo para disfrutar unos días de descanso.

Era un día domingo en la tarde, a fines de Agosto, todo tranquilo. Entonces era costumbre que el público visitara los buques de la Escuadra y las embarcaciones iban y venían repletas de hombres, mujeres y especialmente niños que gozaban con estas visitas.

Me encontraba de guardia en el portalón de Acorazado Latorre. En esa época el Oficial de Guardia no se movía del portalón y las guardias duraban 4 horas. Alrededor de las 4 y media de la tarde se acercaba el “motor 1”, embarcación muy grande con capacidad para 180 personas, y de pronto se escucharon 5 pitazos. Según el Ceremonial Marítimo, esa señal significa que transporta al Presidente de la República. Pensé que el patrón se había equivocado o alguien estaba jugando una broma.  Sin embargo, grande fue mi sorpresa cuando el primero en subir por la escala real fue, precisamente, el Presidente de la República, don Gabriel González Videla.  Por supuesto que no alcancé a avisarle al Jefe de Servicio.

Al saludarlo en el portalón, sonriendo como siempre, me explicó que estaba en su cabaña de Peñuelas con varios políticos que lo seguían a todas partes y no lo dejaban descansar. Desde la terraza que daba al mar, divisó al Latorre fondeado en Coquimbo y dijo, los únicos que pueden ayudarme son los marinos, me voy a bordo. Tomó su auto y llegó al muelle de Coquimbo sin avisarle a nadie. Preguntó qué embarcación iba al Latorre y fue así como se embarcó en el motor 1. Cabe recordar que en esa época no había equipos de radio manuales, ni mucho menos los actuales celulares que sacan tanto de apuros, por lo que nadie pudo avisar a bordo lo que ocurría.

En vista que el Comandante en Jefe de la Escuadra, don Danilo Bassi Galleguillos no regresaría a bordo hasta tarde, dispuse que su mayordomo lo condujera a la Cámara del Almirante y que hiciera guardia para que nadie lo molestara. Después de descansar unas 3 horas y de tomar una taza de té, el Presidente bajó a tierra, ahora en la lancha insignia, despedido por el Jefe de Servicio, y con una gran sonrisa nos expresó su agradecimiento a la Marina.

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SU EXCELENCIA A PIE

Este hecho ocurrió el 31 de Diciembre de 1968. Siendo Capitán de Navío, me desempeñaba en la Dirección General del Personal, y vivía en Las Salinas, al lado de Capilla Naval.

Mi auto era un Volkswagen Variant con algunos años de uso. Después de almuerzo, dado el calor que hacía me puse traje de baño y empecé a lavar el auto para tenerlo limpio en la noche de Año Nuevo.

Debido al intenso calor, se habían producido varios incendios forestales, los que eran incrementados por el fuerte viento del sur. Los aviones cisternas y los helicópteros de Conaf pasaban a cada rato. Por eso no di mayor importancia cuando una de estas naves aterrizó en el helipuerto de Las Salinas.

Seguí lavando el auto agachado, hasta que vi a mi lado un par de zapatos muy bien lustrados, y más arriba la impecable tenida de un Edecán Naval.

Era mi buen amigo y ex-alumno de la Escuela de Artillería, el Capitán de Fragata don Víctor Henríquez G. quien muy compungido, me dice: «Comandante, estoy en un problema. El helicóptero del Presidente no pudo aterrizar en Cerro Castillo por el humo y el fuerte viento. El piloto prefirió Las Salinas por ser más seguro. No tengo como llevar al Presidente y a su hija al palacio. ¿Podría llevarlos Ud.?» Por supuesto que accedí de inmediato y me apresuré a cambiarme de ropa. En el dormitorio mi esposa me preguntó a qué se debía tanto apuro, a lo que le contesté en forma jocosa y un tanto irreverente que «Eduardo me espera en la esquina». Un tanto intrigada me consulto ¿Qué Eduardo? ¿Allen tal vez? refiriéndose a Eduardo Allen mi compañero de curso. No, le respondí, es Eduardo Frei Montalva, el Presidente de la República el que me espera al lado del helipuerto. Por supuesto que no me creyó. Al salir le dije que mirara por la ventana.

Minutos después pudo comprobar, con asombro, que efectivamente S.E. el Presidente de la República era el que subía, acompañado de su hija, a mi pequeño auto. Nadie más se percató de lo que ocurría.

El trayecto hasta Cerro Castillo fue agradable por la simpática y amena conversación con el Presidente. Al llegar al Palacio Presidencial y bajar al despedirme, me invitó cordialmente, para pasar el Año Nuevo con su familia y mi esposa, a lo que me vi obligado a declinar por tener otro compromiso anterior, con un grupo de amigos, para pasar esa noche en el Club Naval de Campo.

Y fue así como un Presidente de la República se quedó a píe y fue auxiliado por un pequeño Volkswagen.

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