CRÓNICA

VIGILIA DE BATALLA

Mariano Sepúlveda Matus

Capitán de Navío

Publicado en Revista de Marina N° 6/1990

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Durante la crisis bélica vivida por nuestra patria en las postrimerías del año 1978, la Escuadra Nacional operó en el área austral, desarrollando las tareas propias de su misión estratégica en el teatro, cuyo escenario marítimo constituye, con certeza, el ámbito profesional por excelencia de los marinos chilenos.

El entrenamiento de las dotaciones de los buques ya había alcanzado un altísimo nivel de contabilidad, el cual aseguraba a las unidades la eficiencia de combate necesaria para afrontar la guerra en el mar con elevadas posibilidades de éxito.

El conjunto convergente de factores que habían llegado a configurar tal situación, tenía componentes remotas y otras próximas y actuales.

Entre las primeras, desde luego, jugaban un papel decisivo todas las normas propias de la formación integral del personal naval, las cuales significaban una impronta de virtudes humanas, un acervo de conocimientos profesionales, capacidad física y, sobre todo, una moral consecuente con el compromiso contraído por parte de cada uno de los tripulantes de nuestras naves con la patria. Casi sin excepción, todos ellos habían ingresado, en sus adolescencias tempranas, a las Escuelas Matrices de la Armada, y en sus alma mater habían recibido, como nutriente cotidiana de sus íntimas disposiciones de desarrollo anímico y crecimiento humano, la espartana doctrina de los valores más puros del ser nacional, la cual; por lo demás, sólo se imparte mediante la prédica ininterrumpida e inagotable del ejemplo, que es herencia de generaciones y patrimonio de verdaderos hombres.

Entre los elementos más cercanos, a su vez, era evidente que el riguroso proceso permanente de entrenamiento en la mar había logrado integrar, en cada buque, a sus equipos humanos como una sola energía constituida por la conjunción coordinada y compacta de capacidades individuales, sumadas y cohesionadas en voluntad y acción. A lo largo de todo ese año, ya por terminar, pero para la mayoría de sus hombres también como culminación de otros muchos períodos previos de intenso desempeño a bordo de las unidades de nuestra flota, la fuerza naval había sido sometida a las más exigentes pruebas imaginables de alistamiento y capacitación en navegación, ejercicios y maniobras, durante dilatadas campañas de intensa preparación para la guerra, cumplidas bajo toda condición de tiempo y circunstancia y ejecutadas a lo ancho y largo de las amplias coordenadas entretejida extenso ámbito oceánico de Chile.

Además, durante todo ese año, la Escuadra había estado al mando de un gran «señor del mar», cuya singular personalidad sintetizaba el conjunto de las capacidades precisas e indispensables para participar en ese rol, del crucial momento que vivía la patria. Las misteriosas circunstancias de la vida humana y de la Nación los hicieron converger en el momento de la historia que prueba a los hombres y, dependiendo de las infinitas variables del destino, los hacen capturarlo y proyectarlo, o dejarlo pasar sin mayor trascendencia. Como, con certeza -pero cada uno en su estilo- se habrían realizado en el mando quienes hubiesen estado en el trance de conducir la fuerza naval en similares circunstancias.

La consecuencia trascendente de todos estos diversos elementos reunidos era que cada buque había advenido en un órgano animado; vale decir, con alma.

Nuestro destructor era una de esas naves y por ese entonces yo tenía el privilegio de ser   su comandante.

En sólo cinco días más sería Navidad. Y aun en las altas latitudes australes en que operábamos, circundados y empequeñecidos por el espectáculo imponente de soledades majestuosas indiferentes al tiempo y a los afanes de los hombres, nuestra atmósfera estaba traspasada por la emoción de los recuerdos. La condición de máxima alerta mantenía los sentidos agudizados; pero pese a ello, el aliento de todos los amores confluía desde las múltiples ausencias, enlazando a cada uno con su núcleo lejano a través de inmateriales telegrafías etéreas establecidas, sin embargo, con la evidencia de una red indestructible de sentimientos invulnerables al tiempo y las distancias.

Nos encontrábamos pulsados por aquellas sencillas y legítimas emociones, sin que ellas perturbaran la entrega dedicada de todas nuestras capacidades a la preparación de nuestra nave para las pruebas a que, con certeza cada vez mayor, pronto sería sometida, cuando recibimos la orden de zarpar para converger al punto cuyas coordenadas indicaban, en la planificación de guerra, el origen del desplazamiento al área de la decisión.

Y nos hicimos, una vez más, a la mar…

Transcurrirían algunas horas antes de arribar a la situación previsible de contacto. Entonces bajé del puente para reconocer los detalles del panorama táctico en la CIC, e inicié un trayecto, puesto por puesto, para reconfirmar la condición eficiente de que todo estaba dispuesto y así se desarrollaba. Comprobé, una vez más, las medidas de alistamiento del armamento, del abastecimiento de munición y de las estaciones de control de averías; el funcionamiento de las calderas, las turbinas propulsoras y la maquinaria auxiliar y la fidelidad de los equipos electrónicos de enlace, detección e interferencias; en fin, revisé los espacios interiores y exteriores de la estructura del buque, mientras éste resbalaba sobre el océano equilibrándose en el oleaje, más como ente vivo que como ingenio mecánico impulsado por las energías termodinámicas engendradas por alquimias fecundas practicadas en sus entrañas palpitantes.

De todas las impresiones percibidas en ese recorrido, cuyos detalles, aun los menos relevantes, nunca he olvidado, la más profundamente significativa fue la plena normalidad anímica de nuestros hombres. En ninguno de ellos advertí siquiera una señal de excitación. Nada indicaba una disposición particular estimulada por el hecho cierto y asumido de proceder al combate inminente. Sus actitudes no mostraban euforias sobrevivientes; menos, sombríos temores; tampoco, sentimentalismos perturbadores. Allí estaban todos, «severos, inmutables, exactos»; cada uno en lo suyo, tranquilos y serenos, cumpliendo el acto preciso en ese instante y lugar. Como si la presencia del momento a ser vivido fuese la natural consecuencia de la suma de los anteriores, componentes sucesivos todos, de un trayecto humano consagrado a responder desafíos supremos a partir de la predisposición íntimamente entendida de que, cuando la ocasión llegase, se consumaría un rol vital, para cuyo éxito sería necesaria la contribución personal de la más auténtica realidad de cada cual. Era evidente que, en lo profundo de todas nuestras entidades, reconocíamos el compromiso inalterable de realizar, exactamente, lo que nos correspondía hacer; y esa convicción personal indestructible; había generalizado una tal confianza en la eficacia del conjunto y en la solidez granítica de los valores trascendentes que la sustentaban, que sólo la inamovible condición espiritual era su consecuencia expresiva más fiel y perfecta: todos igual que siempre; sin dudas ni aserciones súbitas estimuladas por la circunstancia. Auténticos y normales, sonrientes los más, mientras acortábamos, velozmente, la distancia con el enemigo…

Cuando hube inspeccionado todo el buque y regresaba al puente, pasé por la Cámara de Oficiales, que -ya desde el zarpe- había sido habilitada como enfermería principal de combate.

Sólo pocos meses antes habíamos recibido al médico a bordo. Hasta aquel entonces, el suyo era el único puesto, no cubierto, de la dotación de guerra. Tanto es así que cuando se presentó en una fugaz recalada del buque a Valparaíso, quedó en claro que la situación de crisis evolucionaba inexorablemente al enfrentamiento bélico. Era muy joven y las circunstancias lo habían capturado en una seriedad formal del todo ajena a su realidad y atmósfera, convirtiéndolo en un necesario elemento ciertamente valioso y hasta indispensable, pero evidentemente extraño a la tan diferente idiosincrasia nuestra, visiblemente marcada, más aún, por el intenso proceso del riguroso entrenamiento en desarrollo.

Al recibirlo a bordo se me hizo evidente que su inteligencia y su espíritu consolidado por la diafanidad moral permitirían la necesaria y pronta adecuación de su individualidad al complejo medio al que se integraba en ese instante, con escasa experiencia a bordo. Lo más razonable fue, sin duda, acogerlo con la sobria cordialidad propia de nuestro estilo, expresarle nuestra convicción de la importancia de su rol y dejarlo descubrir, a su manera, su propio camino para llegar a ser otro más de los nuestros.

Al entreabrir, cuidadosamente, la doble puerta identificada con la cruz roja inscrita en un círculo blanco percibí, de inmediato, la pálida iluminación proveniente de la lámpara de pabellón instalada sobre la mesa de operaciones situada en el ángulo de popa-babor  del recinto, normalmente mesa del comedor de los Oficiales. El haz de luz atenuada impregnaba con su frío reflejo el albo entorno esterilizado, proyectando una representación surrealista que -aunque precisamente inserta en la circunstancia del momento- impactaba penetrantemente por la extrema transmutación de su destino habitual. Aquel oasis confortable de sencillo buen gusto, tal vez lo más próximo a la cálida imagen sintetizada del hogar distante, se había trastrocado, sin transiciones dilatorias, en aséptico habitáculo de implementos inmaculados, relucientes en la ordenada distribución organizada para la restauración de las facultades vitales que pudieran serles lesionadas a los combatientes.

Ubicado exactamente bajo el límpido núcleo luminoso, ajeno a todo lo circundante, quieto y reconcentrado, nuestro médico, de pie junto a la mesa y frente a un albo anaquel de simples y precisas líneas metálicas, examinaba con experta minuciosidad las formas relucientes de los numerosos instrumentos dispuestos en una bandeja del mismo material impoluto. Con expresión absorta, pero serena y apacible a la vez, como si meditara fuera del tiempo y el espacio, y pareciendo que todos sus sentidos se encontraban directa y excluyentemente conectados a cada tijera, pinza o escalpelo al través de sus dedos, recorría con imperturbable concentración sus puntas, filos y superficies de terso acero, como si en devoto e introvertido ritual los estuviese consubstanciando a su propio.

El no se percató de mi presencia ni de la silenciosa inquisición curiosa, algo alejada desde el umbral del recinto, con que por largos segundos lo observé asombrado. Era tal la íntima entrega de su actitud que me pareció atentatoria cualquiera forma de perturbación al verdadero trance que lo abstraía.

Entonces entorné las puertas, rodeé el sector y empecé a subir la escalerilla al puente de mando, firmemente aferrado a las barandas y -contra mi costumbre- muy lentamente. Mientras, plasmaba ésa última imagen con las anteriores; en un recuento de rostros y actitudes familiares revitalizadas, ya afianzadas en mi cerebro.

Me invadía una profunda tranquilidad y aunque parezca paradójico, una honda alegría.

Una plenitud de satisfacción que no es posible describir con palabras.

Ya todos nosotros, sin excepción alguna, íbamos al combate a hacer de nuestras vidas la encarnación de la causa superior de Chile, sintiéndonos afortunados por ello, inalterados y bendiciendo el destino que nos brindaba la ocasión, subconscientemente aguardada durante los tiempos de iniciación de cada cual en la mística trascendente y primordial de compromisos con destinos superiores a nuestras propias naturalezas humanas.

Cuando reingresé al puente, el Jefe de Guardia susurró en la oscuridad. – ¡No hay novedades mi comandante!»

Le respondí que, tan pronto hubiese alguna, me lo informara, y que, en todo caso, me avisara una hora más tarde.

Muy relajado, me acomodé en la butaca elevada, junto a los repetidores de los radares.

Y recuerdo que mientras musitaba mentalmente una oración -la misma de todas mis noches- me quedé profundamente abstraído y entonces mi mente recorrió las imágenes más felices de esa vida mía anterior, que se había transformado, agradecida y dispuesta, en la perfecta certidumbre de la voluntad de Dios.

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Fuente: Revista de Marina N° 6/1990. Publicado el 1 de diciembre de 1990.

Publicado en la sección Página de Marina, con el seudónimo de “Marcial    Magallanes”.

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