HISTORIA MARINERA

DISPUTANDO EL DERECHO DE AUTOR

Roberto Benavente Mercado

Contraalmirante

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Una vez finalizado con éxito el proyecto destinado a reconstruir la Cruz de los Mares, levantada en homenaje a la visita del Santo Padre a Chile en 1987, decidí adquirir una fina vitrina para exhibir algunos trofeos navales y las «reliquias» de aquella memorable jornada, que culminó con un saludo personal al Vicario de Cristo durante su visita a Punta Arenas -­‐a principios  de  abril  de  ese  año-­‐  cuando  tuve  la  oportunidad  de  recibir  de  manos  de  él  un hermoso rosario de nácar, una medalla de oro conmemorativa de su visita y una bendición que Su Santidad hizo extensiva a todos aquellos que participaron en la construcción de la gigantesca cruz levantada en la cumbre del inhóspito cabo Froward, extremo austral del continente americano.

Fue imposible encontrar un mueble del tamaño adecuado al espacio disponible, por lo que decidí mandar a confeccionar una vitrina que reuniera las características deseadas. El único detalle -­‐no previsto-­‐ fue la iluminación interior del mueble, por lo que llamé a un muy apreciado amigo -­‐dueño de una casa de remates con quien sería relativamente sencillo conseguir un electricista capaz de efectuar el trabajo.

Te lo llevo personalmente esta tarde− me dijo. Y cumplió, llegando a mi casa con el maestro Vargas, antiguo ex servidor de la Armada, cuyo rostro surcado de arrugas indicaba que superaba con largueza los requisitos de la tercera edad.

No fue fácil convencer a mi amigo que esperara hasta que el electricista terminara su trabajo, lo que me evitaría llevarlo de regreso. Finalmente, un argumento pareció convencerlo:

Quédate -­‐le dije-­‐ he escrito algunos artículos anecdóticos que me agradaría leyeras para conocer tu opinión, que siempre he valorado mucho…

Mi invitado fue leyendo, en silencio, cada uno de los escritos, finalizando cada lectura con una sonrisa y sabrosos comentarios, mientras el maestro Vargas, a pocos metros de distancia, avanzaba en su trabajo.

De la lectura de mis escritos mi amigo comentó:

¿Te has percatado que nos estamos poniendo viejos? Esa anécdota sobre el transbordo de la insignia de la escuadra desde el acorazado Almirante Latorre al BMS Araucano sucedió hace cuarenta años, cuando éramos unos jóvenes y apuestos subtenientes…

Tienes razón -­‐respondí-­‐ los años no transcurren en vano …  pero nos pasa a todos… Debemos prepararnos para lo que inevitablemente vendrá más adelante… enfermedades… limitaciones… soledad… y, finalmente,… el adiós definitivo…

No me amargues la tarde… prefiero no pensar en eso-­‐ respondió.

A propósito, quiero que leas esto en voz alta-­‐ insistí, pasándole un recorte impreso que tengo siempre a la vista en mi sobrecargado escritorio de trabajo, intitulado «Oración del anciano», cuyo autor es desconocido. Se trata de una versión adaptada por el sacerdote jesuita Alfonso Vergara, publicada en su libro La alegría de ser hombre.

Alzando la voz y dando a las palabras la entonación adecuada, mi amigo leyó:

Señor, enséñame a envejecer como cristiano, convénceme de que no son injustos conmigo los que me quitan responsabilidad, los que ya no me piden la opinión, los que llaman a otros para que ocupen mi puesto. Quítame el orgullo de mi experiencia pasada; Quítame el sentimiento de creerme indispensable. Pero ayúdame, Señor, para que yo sea todavía útil a los demás viviendo en contacto humilde y sereno con el mundo que cambia, sin lamentarme por el pasado que ya se fue; aceptando mi salida de los campos de la actividad como acepto con naturalidad sencilla la puesta del sol. Finalmente te pido que me perdones si sólo en esta hora tranquila de mi atardecer me doy cuenta de cuanto me has amado, concédeme que, a lo menos ahora, mire con gratitud y esperanza hacia el encuentro feliz que me tienes preparado y hacia el cual me estás llamando desde el primer instante de mi vida.

Señor, enséñame a envejecer con la alegría de quien espera el amanecer definitivo.

Amén.

Cuando emocionado terminó la lectura, nos dimos cuenta que el maestro Vargas había finalizado su trabajo. Al cancelarle sus honorarios y despedirme de él observó que eludía mirarme a la cara.

No había transcurrido media hora cuando mi amigo me llamó por teléfono.

Ha pasado algo increíble -­‐me dijo-­‐ Imagínate que al salir de tu casa observó que el maestro Vargas, sin poder reprimir un sollozo, se esmeraba por disimular su estado emocional y sus lágrimas…

¿Qué le pasa, maestro Vargas? -­‐le pregunté.

Disculpe, mi comandante -contestó- pero me resulta imposible contener la emoción. Muy linda la vitrina y las reliquias que ella contiene, pero… no pude dejar de escuchar cuando usted leyó el último artículo del Sr. Almirante… Ud. sabe,… nos estamos poniendo viejos… ¡Por Dios que bien escribe ese caballero…!

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Fuente: Revista de Marina N° 3/1993. Publicado el 1 de junio de 1993.

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