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Correspondencia Capellanes Castrenses durante la Guerra del Pacífico.

Adolfo Carrasco Lagos

Viña del Mar, 19 de mayo 2021

Así se titula el libro de 207 páginas que presentó en abril del 2005 el Obispo Emérito Castrense de Chile, Dn. J. Joaquín Matte Varas, donde da a conocer una selección de cartas enviadas a sus superiores por diferentes capellanes que acompañaron a los combatientes durante la Guerra del Pacífico, correspondencia que estuvo por más de un siglo guardada en el Archivo del Arzobispado de Santiago.

En parte de su Introducción expresa…”Al llamar la Patria a sus hijos en aquellos difíciles días del año 1879, éstos acudieron desde las regiones más apartadas y de todos los ámbitos.” … “Sus hijos sacerdotes también se presentaron para estar junto a los combatientes que tanto necesitan de la presencia de Nuestro Señor Jesucristo, para tener la fuerza de ser generosos con la Patria y con el adversario.”

El autor dedica ese libro al Ejército y la Armada, por ser ellos “el pueblo que empuña el fusil cuando la Patria está amenazada.”

Como en esos tiempos no existía un Vicario Castrense canónicamente organizado, la autoridad eclesiástica pidió a la Santa Sede las facultades espirituales correspondientes, las que fueron concedidas. Así, el Servicio Religioso de Capellanes Castrenses pudo organizarse tanto para el Ejército como para la Armada.

Las cartas incluidas en el libro fueron escritas por diferentes capellanes que se encontraban asignados al Ejército del Norte y a buques de la Escuadra, como a continuación se indica:

Ejército del Norte:

– Ruperto Marchant Pereira: Antofagasta, Caracoles y otras localidades.

– Florencio Fontecilla Sánchez: Ejército de Operaciones; acompaña a las tropas desde Antofagasta hasta Lima.

– José Nicolás Correa Cruzat: Antofagasta, todos los   frentes, ocupación de Lima, la Sierra, Concepción y Cajamarca.

– Pablo Vallier Escartin: Atención de enfermos en Hospital de Iquique.

– Salvador Donoso Rodríguez: Batallas de Miraflores y Chorrillos, ocupación de Lima.

– Juan Capistrano Pacheco: Batallón Bulnes (formado y financiado por la Policía de Santiago), hasta la ocupación de Lima.

– Eduardo Benavides Olea: Ambulancias y hospitales.

– Ramón Saavedra Jiménez: Hospital y Guarnición de Antofagasta.

Escuadra Nacional:

– Camilo Ortúzar Montt: Blindado Cochrane, Batalla de Angamos.

– Carlos Cruzat Hurtado: Corbeta O´Higgins,. 

– Enrique Christie Gutiérrez: Blindado Blanco Encalada, Batalla de Angamos.

Otros Capellanes Castrenses fueron José Ramón Saavedra y Raimundo Cisternas destinados a Antofagasta y Bernardo Bech, a Iquique.    

Respecto a la Esmeralda y Covadonga, que el 21 mayo 1879  no contaban con capellán a bordo, el capellán Ruperto Marchant, desde Antofagasta, se refirió en forma breve a los combates de Iquique y Pta Gruesa,  en carta dirigida el 23 de mayo 1879 a su superior, Pro Vicario Capitular D. Jorge Montes: ”Estamos en la mayor zozobra sobre la suerte que habrán corrido la Esmeralda y la Covadonga en su combate con el Huáscar. La pérdida de la Independencia es efectiva, la Covadonga con sus certeros disparos (al decir del Capitán del Lamar, testigo de la acción) concluyó con aquel formidable buque. Anoche, por momentos, creímos ver llegar al Huáscar que nos venía a pagar la visita y por vía de precaución se dio orden de que los transportes se hiciesen a la mar hasta el amanecer; la no venida del monitor ha hecho renacer la esperanza de que nuestros dos buquecitos habrán salido airosos de aquel tan desigual combate. ¡Quiera Dios que así sea!.”

Este conjunto de cartas narra las realidades vividas en tierra y a bordo por los diferentes capellanes, que constituyen interesantes antecedentes que enriquecen nuestra historia del siglo antepasado.

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CONSTRUCCIÓN DEL MONUMENTO A LOS HÉROES DE IQUIQUE EN PLAZA SOTOMAYOR DE VALPARAÍSO

Dr. David Mahan M.

Historia Naval

Viña del Mar, mayo de 2020

1.- Introducción

Ya firmado el tratado de Ancón con el Perú en 1884 y el Pacto de tregua con Bolivia, el Supremo Gobierno dio cumplimiento a la Ley promulgada el 15 de Septiembre de 1879, la cual en su Artículo Primero señala: “El Congreso Nacional decreta la erección de un monumento que, a nombre de la Republica, simbolice la gloriosa defensa hecha por el capitán de fragata don Arturo Prat y sus valerosos compañeros, a bordo de la corbeta ESMERALDA, contra dos acorazados peruanos en las aguas de Iquique el 21de Mayo de 1879.

Los otros artículos de la Ley mencionada otorgan condecoraciones, premios y beneficios a los héroes, pertenecientes a, las dotaciones de la ESMERALDA y COVADONGA, Así como beneficios a los deudos a los Oficiales, Gente de Mar y Soldados de Infantería de Marina muertos en el Combate de Iquique.

El Comandante General de Marina y a la vez Intendente de la Provincia de Valparaíso don Domingo de Toro Herrera dispuso la creación de una Comisión integrada por Oficiales Superiores de la Armada y destacados miembros de la Sociedad Civil para confeccionará las bases técnicas y artísticas para dar cumplimiento a lo que señalaba la Ley, dicha comisión inició sus actividades durante el año 1885 y ya aprobadas las bases se colocó la primera piedra del Monumento el 18 de Septiembre de 1885.

Como recuerdo de dicho acontecimiento y con el auspicio de la firma inglesa WEIR, la Comisión preparó un folleto titulado “Homenaje a la Marina Nacional. 21 de Mayo de 1886”, impreso en Valparaíso en la Imprenta de “La Patria”, ubicada en calle del Almendro, Núm. 10 y de 97 pp. Este precioso y raro documento contiene información histórica y datos sobre las bases y dineros comprometidos para la ejecución de la obra.

2.- Descripción las bases artísticas y arquitectónicas del Monumento a los Héroes de Iquique

“Esta obra de arte es sin duda la más bella con que cuenta el país. Tiene de altura diecinueve metros, y consta de base, zócalo y coronación.

Los cimientos de su base tienen más de tres metros de profundidad y fueron trabajados, sobre el terreno firme donde se encontraba la antigua Bolsa Comercial. Sobre ellos se construyó una gran bóveda que, si se desea después, podrá servir de cripta a los restos de los Héroes de Iquique. Sobre estas bóvedas está la plataforma circundada de una hermosa reja y en cuyos ángulos existen pedestales que pueden ser ocupados por estatuas. Dos extensas escalinatas conducen hasta el pie de la gran columnata.

El zócalo es de forma cuadrada y será construido con material de granito, con adornos y frisos en su base de coronación y en su intermedio luce una severa banda de puntos de diamante. Varios símbolos marinos decoran esta parte del monumento.

El monumento propiamente dicho constituye la segunda parte o cuerpo de la columnata, que tiene la forma de una cruz griega en cuya extremidad descansan las estatuas de Serrano, Riquelme, Aldea y un marinero. El centro del macizo central está ocupado en sus cuatro lienzos por otros tantos relieves que representan los combates de Iquique, Punta Grueso, Angamos y Arica.

Cada brazo de la cruz griega remata en una concha marina en que pueden inscribirse hasta ochenta nombres.

Este mismo cuerpo descansa sobre las tres gradas superpuestas del zócalo y su estilo es el dórico puro. En la fachada, que da vista a la ciudad, se ostenta un gran Escudo de Chile y en las otras tres grandes proas de naves romanas.

De los ángulos del macizo central se desprenden cuatro columnas de mármol acanaladas por chapiteles según el estilo del Partenón griego.

Coronan esta parte de la columnata arquitrabes, cornisas y frisos formados de ariglifos, metopeas y rosas, alternativamente.

La cornisa es acanalada para facilitar la corriente de las aguas y en el macizo central pueden esculpirse los nombres de los marinos que hayan tomado parte en los combates a que los bajos-relieves se refieren.

Sobre este grupo; al que se ha procurado las más puras líneas del orden dórico, se ha colocado el zócalo de la estatua principal en una de cuyas caras, la que da frente a la ciudad, se ha esculpido en grandes caracteres el nombre de ARTURO PRAT El Héroe de Iquique está de pie. En actitud marcial. Sosteniendo con la mano izquierda el Pabellón nacional mientras que con la derecha empuña la espada. A sus pies yace un cañón desmontado y un ancla que garrea. La estatua de Prat tiene cinco metros de altura y su zócalo tres”.

Definir la estatua de Prat que todos conocemos no fue una decisión fácil, se presentaron numerosos proyectos tanto de artistas extranjeros como nacionales. De las maquetas presentadas sólo se conserva una de ellas esculpida por Rodin y cuya repica denomina “la Defense” se puede apreciar en Viña del Mar en Avenida Libertad frente al Palacio Carrasco. 

3.- Colocación de la primera piedra del Monumento a la Marina Nacional

“El 18 de septiembre de 1885, aniversario de nuestra Independencia Nacional, fue colocada la primera piedra de los cimientos de la obra de arte que se trataba de erigir en honra y gloria de la Marina Chilena.

A la ceremonia del caso asistieron todas las corporaciones civiles, militares y políticas de la ciudad como asimismo los cuerpos de la guarnición, y pronunciaron sentidos discursos el señor Intendente de la Provincia, el señor contralmirante Williams Rebolledo, el capitán de navío don Luis Uribe. Jefe que sobrevivió a Prat y Serrano en el mando de la corbeta ESMERALDA, el señor Víctor Romero Silva y el Secretario de la Comisión encargada de la dirección y creación de dicho monumento”.

He aquí el acta del caso que fue colocada en la cavidad de la susodicha piedra:

“En esta ciudad de Valparaíso, a dieciocho días del mes de Septiembre, y en el año 1885 y septuagésimo quinto aniversario de la Independencia de la República de Chile, siendo Presidente el Excmo. Señor Don Domingo Santa María, e Intendente de la Provincia, Comandante General de Armas y Comandante General de Marina, el señor don Domingo de Toro Herrera, se colocó oficialmente y con toda solemnidad , la primera piedra de 21 de Mayo de 1879 este monumento, destinado a conmemorar eternamente en hacerse eco del sentimiento nacional, las proezas ejecutadas por la Marina Nacional y a glorificar al Capitán Arturo Prat y sus compañeros de armas, que en el desigual combate sostenido en las aguas de Iquique el, prefirieron rendir la vida y sumergirse con la gloriosa nave la ESMERALDA, antes que abatir el Pabellón de la República.

Al colocar en este gran día la piedra angular de tan glorioso documento, la ciudad de Valparaíso tiene un alto honor en hacerse eco del sentimiento nacional, al tributar su homenaje de gratitud a los Héroes que se sacrificaron por la Patria y llegaron a la posteridad el heroico ejemplo de honor, deber y patriotismo.

En fe de lo cual, se levantó la presente acta que firmaron el señor Intendente y los representantes de la Marina, pueblo y Municipio de Valparaíso cuyos nombres van a continuación”. (Siguen más de quinientas firmas).

Junto al Acta anterior se colocó al interior de la piedra angular una placa de bronce grabada que contenía la siguiente inscripción:

LXXXV° ANIVERSARIO DE LA INDEPENDENCIA DE CHILE EL 18 DE SEPTIEMBRE DE 1885.

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SE COLOCO LA PRIMERA PIEDRA DEL MONUMENTO ELEVADO POR EL PUEBLO Y GOBIERNO DE CHILE A LAS GLORIAS DE LA MARINA NACIONAL SIMBOLIZADAS POR EL CAPITAN ARTURO PRAT Y SUS COMPAÑEROS DE COMBATE EL 21 DE MAYO DE 1879.

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SIENDO PRESIDENTE DE LA REPUBLICA EL EXCMO. SEÑOR DON DOMINGO SANTA MARIA Y COMANDANTE GENERAL DE MARINA EL SEÑOR DON DOMINGO DE TORO HERRERA.

4.- Palabras finales

Sobre el Monumento de Plaza Sotomayor se podrían escribir o investigar muchos otros antecedentes y rescatar recuerdos de prensa y fotográficos sobre las ceremonias más significativas realizadas en ese lugar, como cuando fueron sepultados los Héroes que yacen en su cripta y resaltar la presencia de las tripulaciones de la corbeta ESMERALDA y cañonera COVADONGA ya representadas por los restos que allí descansan del Sargento Juan de Dios Aldea, del Grumete Wenceslao Vargas y de la imponente estatua al Marinero Desconocido.

Fuente:  Página web Unión de Oficiales en Retiro de la Defensa Nacional.

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BRAZAS A CEÑIR

Zoilo Santana Bustos

Sargento 2° (Ec.)

El marino, y aún el que no lo es, pero que de una u otra forma se siente ligado a la Armada, cuando desea exteriorizar marcialmente su entusiasmo, siente un irrefrenable impulso de silbar o entonar «Brazas a ceñir», la marcha que hace 44 años compusiera el entonces Sargento 2° Músico Luis H. Mella Toro.

«Brazas a Ceñir» ha sido grabada por el conjunto vocal «Los 4 Cuartos»; por Gloria Simonetti, por «Los Brontes de Monterrey»; tuvo su debut cinematográfico en el film nacional «Ayúdeme Ud. Compadre», y existen numerosas versiones llevadas al surco por bandas instrumentales, orfeones y orquestas que en la última década la han paseado por América e incluso Europa.

Puede decirse en propiedad que jamás marcha-canción alguna, con excepción de nuestro himno patrio, logró imponerse en tal forma, que se la identifica a los primeros compases con la Marina chilena. De allí entonces el interés de dar a conocer algunos interesantes detalles de su nacimiento y de su progenitor.

Es que cuando Luis H . Mella Toro concibió esta hermosa marcha, se encontraba en el lugar e instante precisos para dar rienda suelta al impulso creativo, a pesar de que la inspiración le surgió como consecuencia de un «Cuarto de Guardia» nada de romántico. (Si te levantas poco antes de las 12 de la noche para trabajar hasta las 4 de la madrugada, lo menos que puedes sentir es inspiración, pero sí mucho sueño). No obstante, y por fortuna, surge la bendita inspiración, aquella que sólo alcanza a los seres dotados de ese don tan esquivo: la creación, sea ésta como fuere. La pintura, la escultura, en fin, la creación musical, dan prueba de ello. Luis Mella Toro posee el espíritu y el afán de creación de que dan prueba sus cerca de cien composiciones musicales, de todo tipo, en donde predominan las marchas. En su obra, cuenta con una docena de canciones no menos famosas que «Brazas a Ceñir», pero que han tenido quizás un paso fugaz en relación a ésta, debido a un proceso de comercialización negativo y a la cambiante secuela de ritmos que surgen de la noche a la mañana, que limitan las posibilidades económicas de la composición clásica, ligera o, sencillamente, de la buena música no clasificada en alguno de los cánones tradicionales.

Luis Mella Toro, ya puede decirse, lleva la música en el corazón, como muchos otros compositores notables. El cariño que siente él por «su» Institución -como denomina a la Armada- es otro factor. Si a estos factores agregamos un tercero, representado por un velero en alta mar, en lento avance, y en una noche propicia, justificamos plenamente la inspiración que en él surgió para dar vida a la marcha que motiva esta presentación oficial de su persona ante la nueva generación naval.

Esta y no otra ha sido la razón que hemos tenido en mente para dar a conocer, ahora, a este hombre que brinda sus canciones a la Institución que le acogiera en sus filas allá por 1919, y que hoy, en 19 73, sigue componiendo para ella.

La versión oficial nos la dio el propio autor en la sede oficial de los Suboficiales de la Armada, radicados en la capital, en un «viernes esmeraldino» extremadamente acogedor. Allí don Lucho Mella («Mellita»), es director vitalicio, y es allí donde ha recibido el reconocimiento de sus hermanos de toda la gama de especialidades de la Armada y de los altos jefes navales que asisten a las ceremonias oficiales del «Centro Esmeralda».

En ese lugar, enclavado en el centro de Santiago, Luis Mella hace la evocación de 44 años atrás, para darnos toda suerte de detalles del nacimiento de la marcha que tanto significado tiene para nosotros.

Fue una madrugada del mes de junio de 1929 -nos dice don Lucho-. La corbeta «General Baquedano» navegaba de regreso a Chile, en cumplimiento de uno de sus viajes de instrucción, habiendo alcanzado hasta Vancouver en Canadá.

El Sargento 29 Músico Luis Mella, hacía su cuarto de guardia en la «Partida de Proa», del mismo modo como se ha venido haciendo hasta ahora en este tipo de buques a vela. Cubría el trinquete con otros músicos y dotación de cubierta. La «partida» se encontraba en descanso, debido al poco viento reinante, que sólo permitía al velero un lento avance. Esta circunstancia fue muy bien aprovechada por el sargento Mella, quien en lugar de dormitar en cubierta, como lo haría el resto, sacó su inseparable clarinete y comenzó a extraerle algunos aires marciales.

Había eso sí, una melodía que le traía inquieto desde largo rato. Quizás si el regreso a Chile -cree él- contribuyó al desarrollo del tema. De suerte que en aquel instante todo estaba dado para dar vida a la marcha que nos motiva.

Lo cierto es que sólo alcanzó a bosquejar un método para flauta con la música de la marcha. En todo caso, “Brazas a Ceñir» ya estaba concebida.

Los relevos de 4 a 8 de la mañana, hicieron volver a la realidad al sargento Mel!a y al resto de la «partida» a continuar el sueño interrumpido en los confortables coyes.

No fue sino hasta comienzos de 1935 cuando Luis Mella Toro armonizó, instrumentó y ejecutó por vez primera la marcha.

Más tarde, fue adaptándola al ambiente de aquella noche de inspiración y entre son y son fue trasladada al pentagrama. Al hacer la letra, debió trasladarse mentalmente a bordo para poder así obtener los versos que le conocemos con su hermoso contenido poético no exento de jerga náutica.

Su estreno no pudo ser más auspicioso ni contar con mejor auditorio. Se encontraba en una comida de cadetes en la Escuela Naval. Repartió previamente sendas copias con la letra a los cadetes… A la segunda ejecución, casi todos la entonaban. Era tal el entusiasmo que a la… «séptima» ejecución, ya no – sólo la entonaban los cadetes, sino los instructores y el personal de cámaras allí presentes. La emoción embargaba a todos quienes se encontraban en los comedores de la vieja escuela.

Sólo el toque de silencio vino a acallar esas voces jóvenes que con tanto agrado habían acogido la marcha que a partir desde esa noche se entonaría en la Armada como el himno principal.

Cuando Luis Mella recuerda aquella ocasión, su emoción y felicidad llegan a su límite. En ese instante había recibido su bautismo «Brazas a Ceñir».

No tuve otra pretensión cuando hice «Brazas a Ceñir» -dice Luis Mella- que la de cumplir un grato entretenimiento de músico: la creación.

La Armada Nacional -acota luego me ha brindado muchas satisfacciones, que culminaron en 1969, con mi nombramiento de Suboficial Mayor de Reserva. Esta actitud no constituye un caso único en la historia naval, pero sí el reconocimiento muy oportuno, por cierto, para un músico distinguido.

No quiero dejar escapar ninguna oportunidad para hacer público reconocimiento de las gestiones hechas en 1969 por el comandante Arturo Araya Peters y por el Comandante en Jefe de aquel período don Fernando Porta Angulo, quienes avalaron mi nombramiento, dice enfáticamente Luis Mella.

Él había obtenido su retiro de la Institución en 1942, con el grado de suboficial, debido a una afección buco-dental. Pero, poco tiempo después le teníamos alegrando la bohemia viñamarina, en el refinado ambiente del Casino de Viña del Mar, con un contrato que multiplicaba por siete sus entradas como pensionado de la Armada.

Hoy día, resulta casi anecdótico contar que la composición de «Brazas a Ceñir», le valió al sargento Mella una sencilla anotación en su Libreta de Servicios Voluntarios. En efecto, sólo en 1938 y con la sobriedad del momento, quedó en su libreta la siguiente anotación de Mérito: «Felicitase al Sargento 1° Músico Luis H. Mella Toro, por el espíritu de cooperación y entusiasmo demostrado al componer la marcha-canción «Brazas a Ceñir».

En otras páginas de su libreta, este excelente músico registra más anotaciones meritorias que corona con la obtención del Segundo Premio de Eficiencia en la Armada, al componer, el 18 de junio de 1940, la marcha «Submarinos en Acción.

Pero nos ha llamado especialmente la atención otra anotación que conviene destacar. En 1931, su calificador, con mucha visión futurista, emite los siguientes conceptos sobre el sargento Mella: «Es un buen músico, estudioso y en breve será una notabilidad para nuestra Marina”.

Cuatro años más tarde Luis Mella Toro extraía del baúl del olvido aquel método bosquejado en una madrugada de inspiración y lanzaba «Brazas a Ceñir» al conocimiento público.

Su obra y su actividad hasta nuestros días, deben ser conocidas por nosotros.

Luis Mella Toro, es hoy un hombre que bordea los setenta años de edad. Hace treinta y uno que se alejó de las filas de la Institución, pero su actividad no ha disminuido. Diríamos que se ha agigantado. Prueba de ello es, por ejemplo, el haber vertido sus conocimientos en la formación de profesionales del canto y de la composición, tales como Luis A. Fuentes, «El Pollo Fuentes»; Cecilia, Bady Richard, Luz Eliana, Juan Azúa, Wiliy Bascuñán, Scottie Scott, que aprendieron con él teoría musical e instrumentación. Una de sus canciones preferidas es Leyla», grabada por Luis Dimas. Ya sabemos del éxito que logró este intérprete con aquella versión.

Su actividad no se detiene allí, por el contrario, sigue siendo fructífera.

Creemos del caso destacar sus actuaciones en las radioemisoras santiaguinas. Era la época del apogeo radial, cuando nos pegábamos a un radiorreceptor para escuchar a las orquestas y -cantantes favoritos. Pues bien, Luis Mella tuvo directa participación en muchísimos conjuntos orquestales de la época, siempre buscando los mejores. Las orquestas de Jascha Friedman, Federico Ojeda, lsidor Handler o Vicente Bianchi le acogieron como uno de sus mejores ejecutantes en clarinete, saxofón o flautín. Corrían los años 1945 al 49.

Actuó en la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección del alemán Shelficrd, en 1948, y, luego de un severo concurso de selección, ejecutaba a entera satisfacción del notable director el «Requiem» de Britten en el Teatro Municipal de Santiago. Este alemán, creyendo encontraría fácilmente el solista que llenara sus exigencias, «echó» de la Sinfónica a Luis Mella, pero no pasó mucho tiempo para llamarlo de nuevo. «Tú ganaste», recuerda don Lucho las palabras del alemán.

A raíz de esta destacada participación, continuó en la Orquesta Sinfónica, ahora bajo la batuta del extraordinario director chileno Víctor Tevah, ejecutando saxofón tenor.

Esta serie de actuaciones en la primera orquesta chilena, le valieron a Luis Mella una cátedra en la facultad de Artes Musicales de la Universidad de Chile.

Así, sus alumnos sumaron decenas en 35 años de enseñanza de la música.

Hay algo más que nos permite valorar mejor a Luis Mella Toro. El pudo haber continuado enseñando con horario completo en tan elevado establecimiento musical; sin embargo, se hizo del tiempo suficiente para entregar su experiencia en establecimientos del Ejército y Carabineros.

Su marcha es interpretada en todas partes del país y por todo tipo de conjuntos musicales. Por esta razón su vida no está exenta de algunas anécdotas.

En cierta ocasión se hallaba de paso en un pueblito sureño que, con ocasión de su aniversario, se observaba muy enfiestado. Por curiosa coincidencia, el orfeón municipal ejecutaba «Brazas a Ceñir», al paso de don Lucho, por la plaza del pueblo. El esfuerzo que hacían los músicos era manifiesto, pues trataban de obtener los mejores sones de aquellos bronces abollados, pero éstos entregaban sonidos completamente divorciados con las partituras. Luis Mella estaba complacido, pero a la vez disgustado de que no se entregara al público una buena versión de su marcha.

Al finalizar la «ejecución», se acercó al director de la «bandita» y le manifestó sus inquietudes, sin darse a conocer. Este le hizo saber que la versión tocada era una de las mejores … que había recibido felicitaciones de entendidos. . . e incluso del propio autor de la marcha, del cual era amigo y el cual no hacía mucho había estado en su casa. . . etc. Su defensa finalizó cuando requirió la identificación de su interlocutor. Su asombro fue indescriptible cuando éste le mostró su cédula y tarjeta naval. El director de la banda, visiblemente nervioso, le tomó de un brazo y le alejó de la glorieta, pues ya los músicos se daban cuenta de la situación. Luego de muchas explicaciones, le suplicó le acompañara aquella noche a su casa, en donde culminarían las fiestas de aniversario del pueblo. Don Lucho aceptó en un afán de curiosidad que le permitiría además hacer un pequeño ahorro en su cena de esa noche.

La casa del director estaba repleta de invitados. Allí se hallaba lo más granado del pueblo. El director ofreció la comida con un brindis a la salud de «su gran amigo y autor de la famosa marcha». Don Lucho fue por mucho rato el blanco de los impactos de elogios forzados y brindis extraordinarios de su anfitrión, quien quería «sacarse.. así el bochorno de aquella tarde. Hasta avanzadas horas de la madrugada purgó su indiscreción con sucesivas intervenciones y, lo que más alegraba a Luis Mella, era el haber disfrutado de una costosa comida.

La velada estaba amenizada por la «bandita». Al finalizar la cena don Lucho no tuvo inconveniente en brindar a los comensales una buena versión de «Brazas a Ceñir», exigiendo a los músicos que sacaran provecho de sus viejos instrumentos. Fue así como la marcha fue ejecutada una vez más, ante la admiración de las gentes allí reunidas y del atónito jefe de banda, no repuesto aún de las emociones recibidas hasta ese momento. Los agradecimientos de Luis Mella consistieron en la ejecución de una tonada compuesta entre plato y plato, dedicada a la esposa del director. Debió darse maña, pensamos, para instrumentar sendas partituras. Luego de breve ensayo, hizo que de los viejos, abollados y poco brillantes bronces, salieran agradables sones que pusieron el broche de oro a esa velada.

Finalmente, es menester citar algunas de las composiciones que destacan dentro de la obra de Luis Mella Toro.

Ubico a «Brazas a Ceñir» en lugar privilegiado, nos dice, fundamentalmente por las mil satisfacciones que me ha deparado. Le siguen, sin orden alguno, porque mis canciones son como los hijos: «Submarinos en Acción», marcha; «Leyla», canción; «Dile Lunita, Dile», canción; «¿Dónde vas Marinero?», canción; «Mi Picho Mapuche», mapuchina; «Aye Iu», mapuchina; «Viento a un Largo», marcha; «Capitán Carrera», «Una Estrella y Tres Colores» y «General Bari», marchas compuestas para el Ejército.

«Iza Gavia», «Escuela de Comunicaciones Navales», «Soldados del Mar», «Escuela Naval en Desfile», etc. etc. Su obra incluye temas para el «Caleuche», la Hermandad de la Costa, la Aviación Naval, el Buque Escuela «Esmeralda» y un número indeterminado de marchas y canciones para instituciones civiles y sociedades que han reconocido su capacidad creadora.

Su último disco «Rumbo a Puerto», contiene entre una selección de marchas famosas, su «Brazas a Ceñir».

A pesar de cuanto hemos dicho de su obra y de «Brazas a Ceñir» en especial, esta marcha no es, como pudiera pensarse, un himno oficial en la Armada. Como decíamos al comienzo, a ella se la identifica con la Armada Nacional; es, le llamaremos, su sinónimo musical.

«Brazas a Ceñir» es cantada en la Armada en los momentos culminantes de toda ceremonia cívica o social. La cantan cadetes e infantes de marina, artilleros y señaleros, en fin, es cantada de almirante a grumete, es decir, va más allá de ser un himno exclusivo de determinado establecimiento educacional de la Armada.

Constituye, entonces, «Brazas a Ceñir», por esas razones incuestionables de la vida, por derecho propio, la virtual marcha oficial de la Armada, faltándole solamente el reconocimiento institucional para ser designada como el himno oficial.

Ese será, creemos, el momento en que el Suboficial Mayor don Luis H. Mella Toro se sentirá verdaderamente feliz, henchido de gozo realizado, como acertadamente se dice hoy.

La Armada tiene aquí una excelente oportunidad para brindar a este notable músico e hijo ilustre de la Institución, la posibilidad de que reciba su septuagésimo cumpleaños con la coronación del éxito y reconocimiento por su obra musical, con mención especial a «Brazas a Ceñir».

Fuente: Revista de Marina N° 2/1973. Publicado el 1 de abril de 1973.

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“MI NOMBRE ES ESMERALDA…”

Carlos Blamey Ponce

Capitán de Fragata ING.NV.EL.SM.

La Corbeta “Esmeralda” es el buque que todos los chilenos identificamos con el heroico combate. De ella, muchas veces escuchamos hablar como la corbeta débil, hablamos con nostalgia y, por qué no decirlo, muchas veces con un dejo de lástima.

Sin embargo, todos aquellos que alguna vez hemos pisado las cubiertas de un buque, sabemos que todo buque tiene alma, el alma de cada uno de los marinos que han servido a bordo y que ella, desde su propia perspectiva, vivió el combate como un marino más…

Escuchemos su relato y encontremos en éste, esos sentimientos de amor a la Patria, valentía y abnegación, que año a año revivimos en el Mes de las Glorias Navales.

“Mi nombre es Esmeralda…”.

Mi dotación había completado su preparación en aquella bahía que sería nuestra sepultura definitiva.

Yo era una corbeta anciana, con más de 22 años de servicios a nuestra Patria. Era veterana de una guerra y en mi historial se registraban dos varadas, la segunda de las cuales había sido provocada para evitar mi naufragio. No habiendo cumplido misiones operativas en los últimos años, permanecía en Valparaíso como buque tender, durante muchos años inactiva y con mi dotación reducida. La guerra me sorprendió en muy precarias condiciones, aunque, sin lugar a dudas, podía aún dejar el pabellón bien puesto.

Para mis marinos, la noticia de la guerra y el prepararse para el combate fue una sola cosa. ¡Cómo hubiera querido ser más joven para retribuir en mejor forma tan nobles esfuerzos! Cada vez que disparábamos un cañón era un parche más en mis calderas…, las costuras se me abrían, mis mamparos gemían y todas mis maderas se lamentaban cuando hacíamos ejercicios de artillería. Mi dotación hacía sus mejores esfuerzos para dejarme en la condición más operativa posible; trabajaban sólo con corazón y con los escasos medios con que contábamos a bordo.

El 11 de mayo tuve cambio de Comandante. Thomson se fue a la “Abtao” y Prat quedó a mi mando. Prat era un hombre joven y valiente, inteligente y de actitudes resueltas; así lo había demostrado en distintas facetas de su vida: cuando en Valparaíso se lanzó al mar para nadar hasta mi bordo y evitar mi naufragio, o cuando con vehemencia defendió a su amigo Uribe, haciendo gala de su profesión de abogado. Ahora, estos dos amigos entrañables se volvían a juntar.

El 16 zarparon al norte los buques más modernos de la escuadra y a nosotros se nos confiaba el bloqueo de Iquique, como si fuéramos algo inútil para librar batalla.

Escuché cuando mi Comandante, como si presagiara nuestro destino, al despedirse del Almirante Williams le dijo: “Si viene el Huáscar, lo abordo”… Chile entero sabe cómo cumplió su promesa.

La noche del 20 de mayo se escuchaba música de violín y una amena conversación en la Cámara de Oficiales. Era el Gama Riquelme que como muchas otras noches tocaba el violín como para adormecernos en las tranquilas aguas del norte. En ese momento, no hubiera pensado siquiera en una gesta tan heroica como la que íbamos a vivir horas más tarde.

El día del combate no era distinto del resto. El cielo estaba despejado, sin más bruma que una neblina escasa. Estaba todo tranquilo, la mar en calma y no se oía más ruido que el grito de alerta de los guardias peruanos en la playa.

Sorpresivamente, un cañonazo rompió el silencio: era una señal de alarma; vimos humos al norte y reconocí al Monitor “Huáscar”. El corneta, poco mayor que un niño, pero valiente como el mejor de los chilenos, tocó “a las armas” y mis hombres, uno en uno, se fueron formando para tomar su fusil y el morral con balas.

Y entonces habló mi Comandante. Parado en el puente y con la dotación formada dijo estas palabras que al escucharlas a una se le entra el habla: “Muchachos, la contienda es desigual, pero ánimo y valor; nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo, y espero que no sea ésta la ocasión de hacerlo. Mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar y os aseguro que si muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber”. Se quitó la gorra y gritó: “¡Viva Chile!” y un “¡Viva!” fue contestado por todos nosotros, estremeciendo las quietas aguas del puerto.

Todos se fueron a sus puestos con la esperanza de abordar el monitor. Cuando comenzó el tiroteo, se me coló una bala entre las costillas y, con gran dolor sentí mojarse mis cubiertas con la sangre de los primeros caídos… pero nadie bajó la guardia. Con orgullo veía cómo los heridos se reincorporaban para seguir peleando hasta caer.

Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que Prat, ese gigante que con una fuerza inimaginable nos había hablado, en un gesto de sensibilidad solo propia de los grandes hombres, se llevaba la mano al corazón en busca de la foto de su Carmela; después me daría cuenta que era su despedida.

Entonces, sentí una puñalada en mi aleta de babor y entre el humo alcancé a ver dos figuras que saltaban. Eran el Sargento Aldea y mi Comandante, que espada en mano corrían sobre la cubierta enemiga señalando qué se debía hacer;…el sólo mencionarlo hace que vuelva a mi mente la trágica visión de su muerte.

Fue muy grande nuestro dolor y vi cómo lloraba la gente. Mas la pena se nos convirtió en rabia y el miedo en coraje. ¡Esa fue la banderilla que nos clavaron en la mitad del pecho! Serrano gritaba al cielo: “¡Mi Comandante, yo lo vengo!”.

Después, Uribe tomó el mando. Entre las balas y los gritos oí el toque de “Oficiales”. Mi nuevo Comandante estaba llamando a consejo; junto con eso el “Huáscar” paró el fuego…y a todos nos entró la duda: ¿Qué pasa?.

De repente, el Guardiamarina Fernández trepó al Mesana. Pensé, ¿irán a arriar la bandera? ¡Ese era mi real miedo! Pero oí el golpe fuerte de un martillo….¡está clavando el pabellón chileno! ¡Y eran dos!, por si acaso a uno lo destrozaba la metralla, e izaron en mi tope un trapo negro en señal de guerra a muerte y de que no se rinde ningún chileno.

Y vi venir el monitor de frente, como queriendo terminar luego. Una nueva puñalada… dolor, crujidos, sangre y humo negro, gritos, maldiciones y lamentos. Mi Teniente Serrano y otros doce chilenos se fueron al abordaje a vengar a mi Comandante muerto.

Ya no quedaban balas, el agua me llegaba a las parrillas y mis calderas habían reventado. Uribe desde toldilla, con todas sus fuerzas daba ánimo. Todos los que quedaban habían subido a cubierta a tomar un fusil: los fogoneros, los mozos y los enfermeros. ¡No había que rendirse, eso ni pensarlo!.

En la playa, los peruanos estaban asombrados y ya ni echaban vivas cada vez que una granada destrozaba mi costado. Todos esperaban mi muerte, todos mudos y resignados. Cuando se nos vino el monitor encima, los que quedaban se juntaron en toldilla, como para ver en qué terminaba esto. No eran ni cincuenta de esos doscientos chilenos. Riquelme, con su espada en alto, gritó furioso: “Esta es la última bala”, cargó el cañón y apuntó de nuevo.

Cuando me embistió el “Huáscar”, no sé qué se escuchó más fuerte, si los vivas a Chile, o el postrer disparo. Lo último que vi fue mi bandera en el mesana, envuelta en una guirnalda que formaba la espuma en el agua. En la superficie, entre los que nadaban, habían algunos que se lamentaban: “Mi pobre Mancarrona, hizo todo lo que pudo…”.

¡Hice lo que debía…, caer al igual que mis marinos chilenos! Muchos se fueron conmigo, fieles a su juramento. ¡Murieron por la Patria porque era necesario! Había que despertar al pueblo chileno que estaba aletargado. Lo que mi dotación logró con ese ejemplo tan gallardo fue una explosión de patriotismo y entusiasmo.

“¡Y ganamos la guerra…, y de nosotros nadie se ha olvidado…!”.

Fuente: Revista de Marina N° 3/2010. Publicado el 1 de junio de 2013.

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ARTÍCULO

ARTURO DE MI CORAZÓN

María Soledad Orellana Briceño

“Y voló con el águila oceánica de la espada, tu mano tendida.

Y aún volando los veo en la muerte, proa oscura alumbrando la herida.

Capitán de la estrella de Chile, Capitán de tu muerte y mi vida.

¡Les costó desgajar de tu mano esta rama, por siempre florida!

Estas alas que siguen volando, estos ojos de piedra que miran”.

En innumerables ocasiones hemos tenido la oportunidad de escuchar, leer o ver en programas o series de televisión la historia del Combate Naval de Iquique, biografías de sus héroes (especialmente del Comandante Arturo Prat Chacón), el heroísmo de los chilenos que participaron en ese combate, etc. Sin embargo, muy pocas veces (no me quiero atrever a decir nunca) se ha mencionado sobre lo que pueden haber sentido los familiares y amigos de esos héroes, que vieron a esos hombres cómo se alejaban de sus hogares con la esperanza del regreso, lo cual no se concretó dejando un gran vacío en sus corazones.

Uno de esos casos corresponde a doña Carmela Carvajal Briones, la esposa del Comandante Arturo Prat Chacón que, ante todo, fue una mujer fuerte y enamorada, que tuvo que sufrir pérdidas irreparables en su vida cobijándose en sus hijos y en los recuerdos de un esposo que la guerra le había arrebatado, aunque sabía que su ejemplo de patriotismo sería seguido por generaciones. En estas líneas escribo desde la perspectiva femenina, quizás pensando cómo ella se sintió en un momento tan difícil como fue el regreso de su marido desde Iquique, dejando fluir sus sentimientos más íntimos que sólo compartió en silencio con su querido Arturo.

El Regreso de Arturo de mi corazón

Mientras se dirigía a la habitación de sus hijos, doña Carmela recordaba los últimos momentos con el amor de su vida, con su Arturo. –“Cómo lo echo de menos”– suspiraba, deteniendo su caminar cuando vio la fotografía de su matrimonio que trajo a su memoria el momento en que dio el “Sí” en la Iglesia del Espíritu Santo, frente a la Plaza de la Victoria.

–“Mamá, mamá, hoy llega mi papito”– le dijo Arturito, mientras Blanca Estela la observaba con ojos tristes. Volviendo a la realidad rápidamente, tomó a sus hijos de las manos y los abrazó fuertemente, para luego dirigirse a buscar a su amado Arturo.

Mientras recorría el camino comenzó a recordar aquellos tiempos cuando conoció a un joven marino en Quillota que robó su corazón, los momentos que tuvieron que pasar cuando murió su hija Carmela de la Concepción y la felicidad al ver que eran nuevamente bendecidos con dos hijos que crecían felizmente junto a ellos.

Cuando llegó al lugar de destino, doña Carmela respiró profundamente y su corazón comenzó a palpitar más rápido porque sabía que volvería a ver a su amado. Corría el año 1888, y la bahía de ese hermoso puerto se encontraba tranquila mientras las gaviotas revoloteaban alrededor de todos aquellos buques que esperaban el regreso de los inmortales.

“Doña Carmela, por acá por favor” – dice un señor muy bien vestido que la lleva donde el Presidente de la República, don José Manuel Balmaceda, quien la saluda y le comenta: –“Este es el monumento a los héroes de Iquique, y allí está la estatua del Comandante Prat”. – “Es hermosa” -responde doña Carmela- “¿Falta mucho para que llegue mi esposo?”– preguntó tímidamente.

–“Debe estar por llegar el ‘Huáscar’”– señaló el Presidente Balmaceda.

En esos momentos, doña Carmela recibía saludos de numerosas personas que no conocía, pero que le hablaban muy bien de su marido y de lo que había hecho por Chile.

De pronto el tiempo se detuvo, y a su memoria vino ese trágico día cuando recibió la noticia que marcaría su vida y la de sus hijos: la muerte de su esposo. Aunque habían pasado nueve años, sentía como si fuera ayer cuando le comunicaban lo valiente que había sido el Capitán Prat en la rada de Iquique al abordar el buque enemigo, dejando un gran legado para las futuras generaciones del país. También recordó aquella carta del Comandante Miguel Grau dándole las condolencias y valorando la acción de su querido Arturo en ‘defensa y gloria de la bandera chilena’, devolviéndole algunas prendas que ella guardaba como el mayor tesoro, entre ellas el escapulario de la Virgen del Carmen que en esos momentos llevaba consigo.

Los recuerdos la acechaban cuando a lo lejos se sintieron unas sirenas y todos los presentes miraron hacia la bahía: era el “Huáscar” en cuya asta flameaba ahora la bandera chilena y que, paradojalmente, traía de vuelta con gloria y honor a los héroes del Combate Naval de Iquique que habían muerto al abordarlo cuando era parte de la marina peruana.

Cuando el “Huáscar” ancló en la bahía, unas lágrimas cayeron por el rostro de doña Carmela. –“Arturo, nuevamente en tu puerto querido”– pensaba mientras su marido se acercaba cada vez más a destino. Su esposo ya estaba a su lado; había regresado junto a ella pero recibiendo esta vez los máximos honores y reconocimientos. “Mamá, mamá, mi papá es un héroe. Murió por Chile” – fue la frase que por un momento llegó a su pensamiento, y que reflejaba lo orgulloso que estaba Arturito de su padre.

El primer féretro en salir fue el del Comandante Prat, seguido del Teniente Serrano y del Sargento Aldea. Doña Carmela, mientras veía cómo los restos de su marido eran bajados de cubierta, pensaba en Blanca Estela, a quien vio llorar en silencio cuando se acordaba de su padre; y Arturito que decía a cada rato que quería ser marino como su papá.

Esa mañana del 21 de mayo de 1888 era diferente en Valparaíso: los porteños esperaron para recibir a sus héroes quienes fueron llevados a la Iglesia del Espíritu Santo, a la Plaza Aníbal Pinto y después al lugar donde se había erigido el monumento en su honor. Para doña Carmela eran momentos interminables, sin embargo, también eran un espacio de recuerdo y nostalgia, de tristeza y alegría porque al fin estaba al lado de su Arturo.

Ya había llegado el momento de dejar definitivamente el cuerpo de su marido en la cripta de los héroes de Iquique…. el Presidente Balmaceda hacía un último discurso donde señalaba: “Pasarán los años y las generaciones, y desde el fondo de la rada de Iquique, lo mismo que desde el seno de esta cripta o desde lo alto de este monumento, brillará en la historia, como la estrella polar en nuestros mares del sur, una constelación de valientes que no eclipsarán los siglos ni los héroes venideros”.

Mientras su esposo estaba siendo sepultado sintió una pequeña brisa que susurraba “Mi Carmela, mi vida, mi tesoro”…sabía que su marido estaba allí y en silencio ella le respondía: “Te amo; estuve siempre a tu lado incluso en los últimos momentos que permaneciste con vida. Te extraño, al igual que tus hijos, pero tu recuerdo siempre estará con nosotros. Esposo mío, protégenos y, a pesar de habernos dejado solos, eres un ejemplo para Chile y estamos orgullos de lo que hiciste. Con nostalgia y dolor te despido, Arturo de mi corazón”.

Y al sonido del clarín, los restos el Comandante Prat y parte de su tripulación descansaban en paz en frente del mar que tanto amó.

Fuente: Revista de Marina N° 3/2013. Publicado el 1 de junio de 2013.

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