Efeméride Nacional

EFEMÉRIDE

ASALTO Y TOMA DEL MORRO DE ARICA

Eduardo Arriagada Aljaro

Historiador

Academia de Historia Militar

.

Se puede afirmar que uno de los hechos más emblemáticos de la Guerra del Pacífico correspondió a la toma de la plaza de Arica, que tuvo lugar durante los días que siguieron al triunfo chileno en la batalla de Tacna. Normalmente se asocia aquella acción de guerra con el asalto del enorme morro que flanquea a la ciudad, el cual tuvo lugar en la madrugada del día 7 de junio de 1880; pero las operaciones que culminaron en esta última acción habían ido desarrollándose desde los últimos días del mes de mayo del mismo año. Su éxito queda reflejado en uno de los primeros telegramas enviados a Chile, comunicando la victoria nacional:

“(Recibido a las 11.10 A.M.). Santiago, junio 8 de 1880. Señor Ministro de la Guerra: ¡Viva Chile! Arica asaltado y tomado a la bayoneta. Todos los fuertes en nuestro poder. «Manco» a pique. Nuestra escuadra fondeada tranquilamente en la bahía. Los honores de la jornada corresponden a los regimientos 3º y 4º de Línea. Felicito al Gobierno y a la nación por el triunfo más glorioso y completo alcanzado en la presente guerra por nuestro invencible ejército. Voy a comunicar. LYNCH.”

Después de la batalla de Tacna, se hizo evidente para el Alto Mando chileno que el paso siguiente debía ser la conquista de la plaza de Arica, la cual resistía como el último reducto peruano en medio de una región que ya estaba en las manos de Chile. Pero la ocupación de esa plaza no era nada de fácil, ya que se hallaba fortificada y artillada, destacando en ella tres fuertes ubicados en los terrenos bajos y situados en la parte norte de la ciudad, y otros tres que se hallaban emplazados en el Morro mismo. Aparte de lo anterior, la plaza estaba protegida por un complejo sistema de minas que estallaban a la primera presión que se hiciera sentir sobre ellas y que había sido elaborado por un ingeniero peruano.

Sólo una mente militar muy sobresaliente podía hacerse cargo de esta operación, la cual recayó en la persona del coronel Pedro Lagos, cuya designación fue hecha por el mismo General en Jefe, Manuel Baquedano. Lagos había comenzado su formación militar en la antigua Academia Militar (la actual Escuela Militar). En sus primeros años de servicio demostró una gran capacidad de trabajo y una notable afición al estudio, por lo cual uno de sus jefes lo propuso para Subteniente, lo que fue acogido y en noviembre de 1850 Pedro Lagos comenzó su carrera de oficial.

Le tocó participar en las revoluciones de 1851 y de 1859, ambas destinadas a derrocar al gobierno de Manuel Montt; a Lagos le tocó participar como defensor de la autoridad nacional, teniendo destacadas actuaciones. También le correspondió estar en las campañas de la Incorporación de la Araucanía, más exactamente entre los años 1859 y 1868. En esas operaciones militares pudo desarrollar muy bien su sentido estratégico y su capacidad de conducción táctica, lo cual le sería de enorme utilidad en las campañas de la Guerra del Pacífico.

Cuando estalló este último conflicto, Lagos fue llamado a hacerse cargo del regimiento Santiago, cuya tropa fue instruida y preparada por el mismo, con el fin de que pudiera combatir en el teatro de guerra. Llegó a ser Jefe del Estado Mayor del Ejército de Operaciones del Norte; como tal entró en desacuerdos con el General en Jefe, Erasmo Escala, lo que motivó que presentara su renuncia ante el Ministro de Guerra en Campaña, Rafael Sotomayor. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes que volviera a servir en el norte, como Primer Ayudante de Campo.

Se hizo conocido por su prolijidad en el cumplimiento de sus deberes. De hecho, antes de cada acción de guerra, solía reconocer el terreno donde aquel se llevaría a efecto, generalmente durante la noche, para después regresar al campamento, tomar el mando de su cuerpo y entrar al combate; si la anterior labor la terminaba en plena noche, se bajaba del caballo y dormía en el suelo, sólo abrigado con su capote. De esta forma tuvo una destacada actuación en la batalla de Tacna, según consigna el manuscrito que contiene su biografía:

“Hizo varias exploraciones sobre el campo enemigo, cooperó con su actividad a que la batalla de Tacna se diera el 26 de mayo de 1880, en la que se le vio en todas partes, ayudando con su presencia y oportunas medidas al triunfo de esa memorable acción, pues hubo momentos en que para que obrase la artillería por el gran médano, tiró las piezas al pegual de su caballo. Terminada la acción se le confió el mando de la reserva con la que persiguió al enemigo en su derrota hasta Calientes o San Francisco, logrando hacerle ochocientos prisioneros.”

En Arica, Pedro Lagos volvió a realizar reconocimientos en el terreno mismo, dándose cuenta de que el asalto al Morro debía realizarse en forma rápida y sorpresiva. Gonzalo Bulnes, en su obra “Guerra del Pacífico”, subraya las cualidades de Lagos para enfrentar una empresa de esas características:

“Lagos, como todos los jefes formados en las campañas de Arauco, daba gran importancia a la astucia. En esa guerra los ataques eran sorpresivos de un lado y otro. No había medio de alcanzar tribus errantes sino por engaño. Siempre tendrá que suceder eso en la lucha de un ejército con masas irregulares, que mudan su campamento a voluntad, que aparecen tan pronto aquí como allí, que llevan todo en el lomo de sus veloces caballos: armas, hogar, familia. Lagos, como la mayor parte de los jefes chilenos de esta época, se había formado en esa escuela.”

De esta forma, Lagos elaboró un plan de ataque en el cual el papel principal lo tendría el Arma de Infantería, ya que la caballería quedaría encargada de cerrar la retirada de los soldados peruanos. Gonzalo Bulnes lo describe de la siguiente forma:

“Lagos dispuso el ataque en esta forma. Un regimiento, sin nombrar cual, caería de sorpresa sobre el fuerte «Este» colocado a la izquierda del sitio en que estaba el campamento chileno; y otro sobre el fuerte «Ciudadela», situado a la derecha en la cuchilla que conducía al Morro. Este cuerpo debía fraccionar su tropa dedicando uno de los batallones a apoderarse del fuerte mismo; el segundo a tomarse las zanjas y reductos sucesivos que cubrían el sendero que conducía al Morro. El tercer regimiento serviría de reserva, manteniéndose equidistante de los que marchaban al ataque. La caballería, que no tenía papel en un asalto de fortificaciones, quedaría a retaguardia cuidando los pasos por donde los peruanos podían retirarse o fugar.”

El asalto finalmente se hizo principalmente desde el lado este del Morro, en el cual se situaban los fuertes más difíciles de atacar. La acción fue realizada mayoritariamente por los regimientos 3º y 4º de Línea. Esto necesitó, además de una cuidadosa planificación, del valor de los oficiales, de los clases y de la tropa, quienes demostraron un heroico comportamiento, lo cual quedó reflejado en la gran cantidad de bajas que hubo entre ellos. Los chilenos debieron proceder muy rápido, antes que los jefes peruanos optaran por hacer estallar todo el sistema de minado de la plaza; esto último no ocurrió, con lo cual se evitó que toda la plaza entera saltara por los aires, produciendo una gran pérdida de peruanos y chilenos. La resistencia de los primeros fue ejemplar, destacando la conducta heroica del jefe de la plaza de Arica, coronel Francisco Bolognesi, quien falleció en este hecho de armas, junto a muchos de sus oficiales, clases y soldados. La determinación de aquel jefe peruano de no rendirse quedó plasmada en el siguiente telegrama enviado unos días antes de este hecho de armas:

“Arequipa, junio 5 (noche). Señor Prefecto de Ica: Sírvase V. S. trasmitir a S. E. el Jefe Supremo lo que sigue: «Con esta fecha recibo telegrama de Arica. «Prefecto Arequipa: Parlamento enemigo intima rendición. Contesto, previo acuerdo de los jefes: ‘Resistiremos hasta quemar el último cartucho.’ BOLOGNESI.”

Los historiadores militares han destacado bastante este hecho de armas, en el contexto de la historia militar americana, debido a la celeridad con que se desarrollaron las acciones y a las dificultades que los soldados chilenos debieron vencer. Gonzalo Bulnes lo resalta de la siguiente forma:

“Muy pocos hechos más heroicos ofrece la historia americana que el asalto y toma de Arica. No sólo la de Chile sino la de cualquier país del mundo podría enorgullecerse de ella. Reloj en mano, los regimientos tardaron 55 minutos desde que partieron agazapados de sus campamentos hasta que clavaron sus banderas victoriosas en el Morro. Se ha hecho la prueba de recorrer esa distancia al tranco del caballo y se ha empleado más tiempo que el que tardaron los chilenos en rendir todas las trincheras.”

Esta acción de guerra causó admiración en Chile. El Presidente Aníbal Pinto felicitó al General en Jefe, Manuel Baquedano, quien, en el parte oficial que elevó al Ministro de Guerra, destacó el papel desempeñado por Pedro Lagos y las unidades de infantería de la siguiente manera:

“No cesaré esta nota, señor Ministro, sin hacer antes una honrosa y particular mención del señor coronel don Pedro Lagos, por el valor y serenidad con que supo llevar a cabo el ataque y toma de los fuertes del sur de Arica, cumpliendo así con mis instrucciones. Aunque todo el ejército estaba dispuesto a ejecutar la misma hazaña, debo consignar aquí que a los regimientos 3º y 4º de Línea les cupo en suerte escribir, el día 7 del presente, una de las más gloriosas páginas de la historia de la República, apoderándose, a pecho descubierto y sin más armas que sus rifles y bayonetas, de las formidables fortificaciones de Arica.”

Pedro Lagos quedó con el reconocimiento de ser un brillante conductor militar y, según Gonzalo Bulnes, fue uno de los hombres que planificaron la Guerra del Pacífico, desde Arica y hasta Lima. En una parte de su obra, dicho historiador señala lo siguiente:

“Mezcla poderosa de valor, de sagacidad, de compañerismo fraternal, fue Lagos un gran soldado en la guerra del Pacífico. Lo veremos lucir en Arica, como en Tacna, y en Miraflores donde salvó el ejército. […] En lo militar fue con Velásquez el consejero del general Baquedano, el que en toda situación grave, desde la época a que he alcanzado en esta obra, no procedía sin consultarlo. Baquedano, Lagos y Velásquez fueron el pensamiento directivo de la campaña, desde el asalto de Arica hasta la toma de Lima. A ese triunvirato resplandeciente hoy con las iluminaciones de la victoria corresponde todo lo que se haga en adelante.”

Fuente: Academia de Historia Militar.

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12 de febrero de 1818

Desde la Batalla de Chacabuco, hasta la proclamación y jura de la Independencia de Chile, el clima político en nuestro país fue más bien agitado. Si bien a estas alturas de la historia nadie negaba que el país fuese ya una República independiente, con un propósito firme, definido y buscando la consecución de sus propias metas fijadas sin la guía de terceros, se hacía necesario y urgente declarar de forma expresa dichos actos ante el conjunto de las naciones, sin que se prestase a dudas de algún tipo.

Al no haber Congreso que respaldase dicho documento, la Junta Suprema Delegada, presidida por don Francisco Antonio Pérez, e integrada por don Luis de la Cruz y don José Manuel Astorga, llamó al pueblo a un plebiscito libre y voluntaria durante los primeros días de diciembre de 1817. Los alcaldes de los diferentes pueblos que componían el naciente estado, mantuvieron las actas abiertas durante dos días, para que la gente expresase su deseo de ser declarados nación independiente. Como resultado de este escrutinio, se votó a favor de la Proclamación de la Independencia, considerándola una necesidad de primer orden.

Tras comprobar los votos, se procedió a organizar el evento con toda la solemnidad que dicha ocasión exigía, encargándose en primera instancia la redacción de dos actas, una al ministro de estado don Miguel Zañartu, y la segunda al doctor don Bernardo de Vera y Pintado. “Se quería que ambas, por la firmeza de los propósitos, por el vigor del raciocinio y hasta por la elegancia de la forma literaria fueran dignas del grande acto con que la patria iba a incorporarse en el número de las naciones independientes”.

Fueron varios los días de ensayos de tan insigne trabajo, que debía quedar fijo en la retina de la memoria. Estos primeros borradores no fueron aceptados y tuvieron que ser reestructurados para adaptarse mejor al paso del tiempo. Finalmente, se encargó la redacción del documento a una nueva comisión integrada en esta ocasión por el doctor don Juan Egaña y la colaboración del ya mencionado doctor Vera.

En esta ocasión, el documento produjo consenso y fue firmado por O’Higgins en la ciudad de Talca, el 2 de febrero de 1818, “pero por una suplantación de fechas, destinada a dejar establecido que el nacimiento del nuevo estado coincidía con el principio de ese año, lo hizo datar como firmado en Concepción el día 1° de enero”.

La fecha elegida para dar paso a las solemnidades y celebraciones propias de tan magno evento se fijaron para el día 12 de febrero de 1818, para que coincidiese con el primer aniversario del triunfo en Chacabuco. No obstante, las actividades comenzaron ya a partir del día 9 de dicho mes, con la publicación de bandos oficiales y con una salva mayor disparada desde el cerro Santa Lucía la tarde del 11 de febrero. Se anunciaba así el nacimiento de la nueva república, libre y soberana. Al día siguiente, con toda la pompa y boato posible, la ciudad se engalanó con sus mejores colores, y en solemne ceremonia y alegre fiesta, se procedió a proclamar la independencia de Chile, y a tomar la jura correspondiente a sus autoridades.

Las celebraciones se prolongaron por los siguientes cuatro días hasta el 16 de febrero, y “Los contemporáneos recordaron por largos años con toda la emoción del patriotismo aquellas fiestas con que se saludaba el nacimiento de la patria, y la tradición contaba medio siglo más tarde que la capital no había visto días de mayor contento ni de entusiasmo más sincero y ardoroso.

El acta de la independencia, impresa en muchos miles de ejemplares, fue profusamente repartida al pueblo.

Chile era ya una nación independiente.

Se aprovecha la ocasión para agradecer al profesor González Colville, académico correspondiente de la Academia Chilena de la Historia, por su colaboración en la refinación de este artículo.

Academia de Historia Militar

Transcripción

Proclamación de la independencia de Chile

El Director Supremo del Estado

La fuerza ha sido la razón suprema que por más de trescientos años ha mantenido al Nuevo Mundo en la necesidad de venerar como un dogma la usurpación de sus derechos y de buscar en ella misma el origen de sus más grandes deberes. Era preciso que algún día llegase el término de esta violenta sumisión; pero, entretanto, era imposible anticiparla: la resistencia del débil contra el fuerte imprime un carácter sacrílego a sus pretensiones y no hace más que desacreditar la justicia en que se fundan. Estaba reservado al siglo 19 el oír a la América reclamar sus derechos sin ser delincuente y mostrar que el período de su sufrimiento no podía durar más que el de su debilidad.

La revolución del 18 de septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir esos altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza; sus habitantes han probado desde entonces la energía y firmeza de su voluntad, arrostrando las vicisitudes de una guerra en que el Gobierno español ha querido hacer ver que su política con respecto a la América sobrevivirá al trastorno de todos los abusos.

Este último desengaño les ha inspirado, naturalmente, la resolución de separarse para siempre de la Monarquía Española y proclamar su independencia a la faz del mundo.

Más, no permitiendo las actuales circunstancias de la guerra la convocación de un Congreso Nacional que sancione el voto público, hemos mandado abrir un Gran Registro en que todos los ciudadanos del Estado sufraguen por sí mismos, libre y espontáneamente, por la necesidad urgente de que el Gobierno declare en el día la independencia, o por la dilación o negativa.

Y habiendo resultado que la universalidad de los ciudadanos está irrevocablemente decidida por la afirmativa de aquella proposición, hemos tenido a bien, en ejercicio del poder extraordinario con que para este caso particular nos han autorizado los pueblos, declarar solemnemente, a nombre de ellos, en presencia del Altísimo, y hacer saber a la gran confederación del género humano, que el territorio continental de Chile y sus islas adyacentes, forman de hecho y por derecho, un Estado libre, independiente y soberano, y quedan para siempre separados de la Monarquía de España, con plena aptitud de adoptar la forma de Gobierno que más convenga a sus intereses.

Y para que esta declaración tenga toda la fuerza y solidez que debe caracterizar la primera Acta de un pueblo libre, la afianzamos con el honor, la vida, las fortunas y todas las relaciones sociales de los habitantes de este nuevo Estado; comprometemos nuestra palabra, la dignidad de nuestro empleo y el decoro de las ramas de la patria; y mandamos que con los libros del Gran Registro se deposite la Acta Original en el Archivo de la Municipalidad de Santiago, y se circule a todos los pueblos, ejércitos y corporaciones, para que inmediatamente se jure y quede sellada para siempre la emancipación de Chile dada en el Palacio Directorial (sic) de Concepción a 1 de enero de 1818, firmada de nuestra mano, signada con el de la nación, y refrendada por nuestros ministros y secretarios de Estado, en los departamentos de Gobierno, Hacienda y Guerra.- Bernardo O’Higgins.- Miguel Zañartu.- Hipólito de Villegas.- José Ignacio Zenteno.

Fuente:  Pagina web Academia de Historia Militar

                 Página web Archivo Nacional

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EFEMÉRIDE NACIONAL

Batalla de Yungay y Día del Roto Chileno.

“Cantemos la gloria

del triunfo marcial

que el pueblo chileno

obtuvo en Yungay”

Así empieza el Himno de Yungay que compusieran José Zapiola en la música y Ramón Rengifo en la letra, y que fuera estrenado en Santiago en abril de 1839, sólo dos meses después de la victoria de Yungay, la batalla que pusiera término a la aspiración del mariscal Santa Cruz de formar un gran Estado en la América del Sur, cuya base ya se había conformado a través de la Confederación Perú-Boliviana.

Como ocurre en Estados Unidos con la marcha “Barras y Estrellas para Siempre” y en la Argentina con la marcha “San Lorenzo”, en Chile el “Himno de Yungay” fue considerado por largo tiempo como un segundo himno nacional, alcanzando tal popularidad que era cantado desde la infancia y de aprendizaje tradicional en las escuelas primarias, por lo menos hasta la primera mitad del siglo pasado.

Después de una decepcionante campaña inicial que culminó con el Tratado de Paucarpata, el gobierno de Chile organizó una segunda expedición del denominado Ejército Restaurador del Perú, el que ahora fue confiado al comando del general Manuel Bulnes Prieto. Esta fuerza militar estaba conformada mayoritariamente por unidades chilenas que contaban con la anuencia del presidente provisional del Perú, general Agustín Gamarra, para que operaran en su país, en combinación con cuerpos de esa nacionalidad que le eran leales. Sin embargo, los versos del himno de Yungay no exaltan a la figura de Bulnes, el General vencedor, ni tampoco lo hacen con los comandantes de las fuerzas unidas chileno-peruanas. La victoria es atribuida sólo al pueblo chileno: Cantemos la gloria del triunfo marcial, que el pueblo chileno obtuvo en Yungay.

Sin desmerecer el valor y el genio militar del general Bulnes, ni la bravura de los aliados peruanos, nos parece que Rengifo, el autor de los versos, quiso poner de relieve la actuación que el pueblo chileno tuvo en esta primera guerra que la República enfrentaba con otras naciones. Y había razones para darle al pueblo ese protagonismo. Esta guerra en particular tenía sus orígenes en complicadas situaciones políticas y económicas. Sólo el presidente Joaquín Prieto, su ministro Diego Portales y un grupo de políticos, habían avizorado la amenaza que para Chile representaba la creación de un poderoso Estado que, concebido por el mariscal Andrés de Santa Cruz, iba a romper el equilibrio de poderes existente entre las jóvenes repúblicas sudamericanas. El proyecto de este hábil político boliviano se inspiraba en el ideal bolivariano y ya se había proclamado como el Protector de tres estados confederados: Bolivia, el Nor Peruano y el Sur Peruano. Sus pasos siguientes iban en pos de Chile, el norte argentino y Ecuador.

Frente a una circunstancia tan complicada -que muchos atribuyeron a una obsesión de Portales o incluso a un intento por mantener a los militares alejados de la contingencia política interna- el pueblo se mantenía totalmente ajeno a las razones para acudir a una guerra. La única expresión concreta de amenaza había sido representada por el general Freire quien, con el apoyo de Santa Cruz, había iniciado desde el Perú una aventura armada destinada a derrocar al gobierno de Prieto. Pero difícilmente los integrantes del pueblo –los que se enteraron- asociaban el caudillismo de Freire con los proyectos hegemónicos de la Confederación.

Probablemente, fueron dos las causas que despertaron a la sociedad chilena de la inicial indiferencia hacia los sucesos que acontecían en los países del norte. En primer lugar, el asesinato de Diego Portales, concebido por quienes veían la alternativa de la guerra como un capricho del Ministro. Pero si ese motivo fue el que despertó el interés político, el posterior fracaso de la primera expedición chilena, que regresó al país sin haberse enfrentado a las fuerzas de Santa Cruz, fue el motivo que encendió la indignación de amplios sectores sociales, que llegaron a interpretar este fracaso como una humillante capitulación. Indudable destello de un sentimiento nacional entre los habitantes de una república que recién cumplía veinte años.

Antes iniciarse la primera expedición, el ejército chileno mantenía una dotación que no superaba a los tres mil efectivos. Fue indispensable incrementar esa fuerza con el reclutamiento de voluntarios y con levas forzosas de individuos que no tenían ninguna formación militar. En un breve plazo, fue menester transformar a muchos “rotos” en soldados, operación que hubo que repetir al organizarse la expedición de Bulnes, pues, si bien la mayoría de los expedicionarios iniciales partieron de nuevo al norte, hubo que reforzar esta nueva fuerza con más efectivos, que alcanzaron un total de 5.396, a quienes se sumarían cerca de mil soldados peruanos. Otro bochorno como el del Paucarpata habría sido inaceptable.

Una buena parte del contingente chileno estaba conformado por jóvenes del valle central, sin ninguna experiencia militar y proveniente de los más bajos estratos sociales, lo que incluía a ociosos y a más de algún forajido. Serían los menos, aquellos que habían tomado parte en la guerra civil de 1829-30, que culminó con la batalla de Lircay, victoria decisiva de Prieto sobre Freire. Muchos de los soldados de Bulnes recibieron un entrenamiento militar apresurado y al poco tiempo de ser desembarcados en el Perú, obtuvieron su bautizo de fuego en Portada de Guías, el 21 de agosto de 1838, la victoria que les abrió las puertas de Lima.

No es el momento para relatar los pormenores de esta campaña restauradora, donde después de prolongadas marchas y afectadas por enfermedades de un clima malsano, las huestes chilenas se batieron con singular heroísmo en Matucana, Llaclla y Buin, para finalmente, el 20 de enero de 1839, obtener la aplastante victoria de Yungay. Ese mismo día, una vez terminada la batalla, el general Bulnes hizo que se leyera a sus soldados una vibrante proclama. Leamos sus primeras líneas:

¡Soldados del Ejército Unido!

“Cuando me dirigí a vosotros la última vez desde este mismo sitio, os anuncié una victoria próxima y decisiva; y antes de 15 días habéis conseguido la más espléndida y gloriosa que ha visto la América. Habéis luchado contra posiciones inexpugnables, venciendo las elevaciones más escarpadas y pisando por sobre las nubes para tomarlas. Habéis hecho todo, más que vuestro deber, y aún sobrepasando mis esperanzas”

El presidente Gamarra, quien estando en el mismo Yungay había sido testigo del choque de fuerzas, al día siguiente hizo llegar a los soldados un elocuente reconocimiento, donde comenzaba diciéndoles:

“¡Soldados! Vuestro heroico esfuerzo, superior a cuanto registra en sus páginas la historia militar, ha roto ayer sobre las formidables posiciones del enemigo, la cadena con que su atrevido jefe aherrojó al Perú por tres años, y pretendía ¡insensato! sojuzgarlo para siempre” (…) El Perú recobró ayer su libertad por el impulso de vuestros brazos, y os bendice como a los autores de su honra y de su dicha: ¡qué gloria para vosotros!

El Presidente peruano, en su último párrafo, les escribe: ¡Chilenos y peruanos del Ejército Unido que con tanta constancia habéis soportado todo género de enfermedades y privaciones! Recordad vuestros sufrimientos para aspirar a una gloria más elevada que los triunfos y acompañadme a establecer la paz en este hermoso país purificado con vuestra sangre (…)

Este “triunfo marcial” fue muy significativo para nuestro país, pues vino a consolidar su conciencia de nación. Hacía pocos años que Chile había logrado su independencia, un proceso conducido por la élite criolla; las tropas que combatieron en esas campañas normalmente estaban compuestas por hombres que eran obedientes al liderazgo del sector dominante (hay que recordar que aquella élite era principalmente terrateniente, por lo cual cada hacendado disponía de sus inquilinos) En general, se trataba de un grupo permeable que, dependiendo de la influencia que tuviera más próxima, abrazó la causa monárquica o la emancipadora. A esto debemos agregar que la independencia chilena fue distinta de lo que se observó en buena parte de Hispanoamérica. El Chile de 1810 estaba principalmente radicado en una porción geográfica muy compacta que hasta hoy se denomina “Valle Central”, en el cual se distribuían los centros urbanos y las haciendas; dada la relativa homogeneidad geográfica y cultural de la nación chilena, aquí las guerras de independencia no derivaron en significativos conflictos internos sociales y raciales (como sí ocurrió y en forma muy dramática, en países como México y Venezuela), salvo el período denominado como “la guerra a muerte”, que se desarrolló en un acotado espacio geográfico. Por otro lado, la élite que dirigió aquella revolución no desapareció junto con ella, sino que pervivió y tomó la dirección del nuevo Estado, conservándola durante todo el siglo XIX.

Los factores reseñados hicieron que el papel de los estratos populares permaneciera anónimo durante el proceso de la independencia. En cambio, con el desenlace de la Guerra contra la Confederación el sujeto chileno común y corriente, “el roto”, cobró un protagonismo que antes se le había soslayado. Así emergieron figuras populares que, como Candelaria Pérez (la conocida “Sargento Candelaria”) y el subteniente Juan Colipí (hijo del famoso cacique abajino Lorenzo Colipí), tuvieron actuaciones heroicas en suelo peruano y que no hicieron más que ensalzar la nueva imagen del pueblo chileno en el sentimiento nacional. De ahí que se habla de la consolidación de un ideario nacional, en el cual la nación chilena ya no era sólo el grupo dirigente que gobernaba el país, sino que también comprendía a todos los sectores sociales. Incluso el triunfo de Yungay tuvo una influencia directa en el encargo que el gobierno de Joaquín Prieto hizo al naturalista francés Claudio Gay, para que elaborara la obra “Historia Física y Política de Chile”, la que, compuesta de treinta volúmenes, constituyó la primera gran síntesis histórica de nuestro país (el mismo ministro Mariano Egaña dio como argumento para confeccionar esta obra, el mérito contraído por la nación chilena en la mencionada guerra). Esta obra también será clave en la afirmación de la identidad chilena.

El esfuerzo bélico realizado por los soldados de Bulnes, quedó plasmado en una obra artística casi cincuenta años después. El día 7 de octubre de 1888, se erigió, en la plaza Yungay de la capital, una estatua en homenaje al “Roto Chileno”, que recordaba a aquellos hombres de condición humilde que lucharon y sufrieron por Chile en el territorio peruano. El monumento mismo se alza sobre cuatro columnas que parten de la superficie de una pila; la estatua tiene cerca de un metro y medio de altura, y representa a un joven con el traje popular de la época, el cual sostiene un fusil en su mano derecha, mientras que la otra aparece apoyada en su cadera; detrás de esta figura hay una gavilla de trigo, con una hoz entre las mieses. El historiador Horacio Gutiérrez, en su trabajo “Exaltación del mestizo: la invención del roto chileno” (Revista Universum, 2010), entrega un recorrido de la construcción de este concepto, el cual finalmente llegó a tener una expresión plástica y pública, en el monumento al cual se hace referencia:

“Esfuerzos por canonizar el roto en el pasado efectivamente existieron. El intento más concreto se dio en el siglo XIX. En conmemoración a la batalla de Yungay, ocurrida en 1839 durante la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1836-39), fue erigido, 50 años después, en octubre de 1888, durante el gobierno de Balmaceda, un Monumento al Roto Chileno en una plaza periférica de Santiago, la Plaza Yungay. La estatua, representando un campesino con camisa y pantalones arremangados, sosteniendo un fusil en la mano derecha, era un homenaje al soldado desconocido, pero valiente y patriota que había participado en la conflagración mencionada. La guerra fue impopular desde el comienzo y el reclutamiento complicado, pues la opinión pública y la población en general, incluyendo a los ‘rotos’, estuvo inicialmente contra el conflicto, no entendiendo sus motivos. Tras algunos reveses afrentosos, el ejército chileno, sin embargo, vence y gana la guerra en la referida Batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839.”

Como una iniciativa personal, la obra fue esculpida por Virginio Arias, obteniendo una medalla en la Exposición Nacional de Santiago. En vista de ello, el municipio capitalino compró la estatua para ser destinada a la plaza Yungay. Sin embargo, en su origen, el autor había dedicado su escultura a los héroes de la Guerra del Pacífico (1879 – 1884) y solo después se la relacionó con la victoria de Yungay.

En el año de 1888 se instituyó el día 20 de enero como el “Día del Roto Chileno”, y así se conmemora desde el año siguiente y hasta la actualidad. El mismo autor anterior señala:

“En ese año, 1888, se decretó el día 20 de enero como el Día del Roto Chileno, en conmemoración a la Batalla de Yungay, celebrándose la efeméride a partir de 1889 y hasta del día de hoy. Todos los años en ese día se realiza una ceremonia oficial en la Plaza Yungay, a los pies de la Estatua del Roto, con presencia de autoridades, Banda del Ejército y grupos folclóricos. En el evento pronuncia un discurso el alcalde de Santiago, se depositan coronas de flores, se iza la bandera nacional y se entona el Himno de Yungay, aprendido por todos los niños en la escuela primaria.

El barrio Yungay, el tradicional escenario de esta antigua ceremonia se ubica al poniente del centro histórico de la ciudad y ha mantenido su identidad hasta el día de hoy (de hecho, no ha sido tan intervenido como el centro de Santiago). Con el transcurrir del tiempo, este barrio, que en un comienzo era aristocrático, se fue transformando durante el siglo XIX en uno de los núcleos urbanos de la naciente clase media santiaguina.

Por último, el destacado folclorista e investigador Oreste Plath, habla en una de sus obras de los diversos tipos de “rotos” que han existido en Chile. En una parte de su escrito, se refiere al sujeto de las clases populares que se hizo militar en la batalla de Yungay:

“El ‘roto’ se hizo ‘milico’ en la batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839. Esta batalla se dio con ejércitos reclutados entre los ‘descamisados’, sin preparación militar, sin uniformes, a base de puro corazón. El triunfo de Yungay es el del ‘patipelado’, el del pueblo descalzo. Indudablemente, constituyó la exaltación del ‘roto’; aquí se lució, mostró sus condiciones, su fiereza para pelear; de ahí que el 20 de enero sea el día del Roto Chileno, en cuyo monumento se lee: ‘Chile agradecido de sus hijos por sus virtudes cívicas y guerreras’ ”.

Sintiéndonos muy distantes de cualquier ánimo belicista, nos alegramos de que por más de ciento veinte años, se mantenga en el tiempo una conmemoración como la del “Día del Roto Chileno”, que estando tan ligada a la nacionalidad, nos recuerda las enormes empresas que juntos fuimos capaces de emprender.

Fuente:  Página Museo Histórico Nacional

                Página Unión de Oficiales en Retiro de la Defensa Nacional

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