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Solemne y sobria conmemoración marca Día de las Glorias Navales y el 142° aniversario del Combate Naval de Iquique y Punta Gruesa

Viernes 21 de mayo de 2021

La tradicional ceremonia efectuada en la ciudad puerto fue seguida por la ciudadanía vía telemática a través de las Redes Sociales de la Armada de Chile.

Valparaíso. Por segundo año consecutivo, a raíz de la pandemia que afecta al país, la Armada de Chile conmemoró el Día de las Glorias Navales y el 142° aniversario del Combate Naval de Iquique y Punta Gruesa, cumpliendo con las medidas sanitarias establecidas por el Ministerio de Salud, resguardando así al personal naval y a toda la comunidad.

Es por eso que la tradicional ceremonia en el Monumento a los Héroes de Iquique, en la Plaza Sotomayor, se realizó de forma presencial pero con un aforo limitado, contando con la presencia del Ministro de Defensa Nacional, Baldo Prokurica, y del Comandante en Jefe de la Armada, Almirante Julio Leiva.

Como cada año, cuando el reloj marcó las 12:10 horas, se recordó con toques de pito y corneta, salvas de 21 cañonazos, toques de sirenas de buques y de Compañías de Bomberos del puerto, en el momento exacto en que se hundió la «Esmeralda» en la rada de Iquique aquel 21 de mayo de 1879.

Durante su discurso, el Comandante en Jefe de la Armada reafirmó que la figura de Arturo Prat es sinónimo de unidad entre los chilenos y al saltar al abordaje, mostró una total coherencia y consecuencia entre el decir y el hacer, entre el creer y el actuar, marcando su vida. «En tiempos en que enfrentamos grandes desafíos, volver aquí, a este monumento, volver los ojos a Prat, es volver a una roca sólida sobre la cual construir el futuro. Ese monumento es un faro y una guía que marca el rumbo correcto y seguro para la Patria. Esa misma que Prat y sus muchachos de la ‘Esmeralda’ tanto amaron», agregó.

Además tuvo palabras para el personal de salud que ha trabajo incansablemente por más de un año contra la pandemia del Covid-19 y afirmó que «en este tiempo hemos sido testigos de la entrega, compromiso y sacrificio con que héroes anónimos, al igual que nuestros héroes navales en el siglo 19, se han abocado a defendernos y cuidarnos sin esperar recompensa alguna. Especial reconocimiento a aquellos que hoy en día se encuentran dando lo mejor de sí, en los hospitales, postas, CESFAM y en todos los establecimientos de salud, superando sus propios miedos y debilidades humanas. Por todo lo que realizan, les damos las gracias».

Ante el escenario actual que vive Chile y el rol que la Institución tiene en él, el Almirante Julio Leiva fue enfático en decir que «como Armada nunca claudicaremos a los desafíos que hemos debido enfrentar durante estos meses protegiendo, cuidando o ayudando a nuestros compatriotas, como también brindando apoyo con nuestros buques a la atención sanitaria. Tampoco abandonaremos nuestras misiones en el mar, patrullando ante la amenaza de depredación de recursos, preservando la vida en el mar, velando por la integridad territorial o ejerciendo nuestro rol disuasivo. Y reafirmamos el compromiso que tenemos en la defensa y preservación de nuestros intereses marítimos en el Mar Austral y en el Territorio Chileno Antártico».

Finalmente, comentó que «en momentos en que nuestro querido Chile enfrenta grandes pruebas, qué tremendo privilegio es poder contar con el ejemplo de nuestro Capitán Arturo Prat. Volvamos la mirada a Prat y sencillamente sigamos su ejemplo».

Con estas palabras, que fueron seguidas a lo largo de todo el territorio nacional y también en el extranjero, se dio por finalizada la ceremonia en la Plaza Sotomayor.

Acompañándonos desde Casa

La intención de la Armada de Chile siempre ha sido compartir esta fecha junto a la ciudadanía y hacerla parte de sus tradiciones e historia naval, la que hasta nuestros días se mantiene intacta en cada uno de los integrantes de sus filas. Sin embargo, por segundo año consecutivo, los desfiles de las Fuerzas de Presentación y la presencia de cientos de personas en las calles debieron ser restringidos por fuerza mayor a raíz de la pandemia.

Por eso, nuevamente, la Institución realizó una transmisión streaming a través de sus Redes Sociales y de manera previa a la ceremonia en Valparaíso, la cual fue seguida por miles de personas desde sus hogares, tanto en Chile como en el extranjero.

Dentro de la programación estuvo la Misa de Campaña presidida por el Jefe del Servicio Religioso de la Armada, Capellán Ricardo Burgos, y celebrada por los Capellanes Navales, mientras que la Reflexión Evangélica estuvo a cargo del Capellán Evangélico Nacional de la Armada, Obispo René Ojeda.

También se realizaron recorridos que permitieron a la ciudadanía acceder de manera telemática a lugares históricos, como la réplica de la Corbeta “Esmeralda” que se encuentra en la ciudad de Iquique, el Museo Monitor “Huáscar” que está en Talcahuano, así como el Monumento y Cripta a los Héroes de Iquique desde donde se conmemoró la gesta de Prat y sus hombres hace 142 años.

Fuente: Página web Armada de Chile

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Los Náufragos prisioneros (relato de un cautiverio y su canje). (7 de enero de 1880)

El 21 de mayo de 1879 dejó profundas huellas en la Armada y en los chilenos.
Sin embargo, aún es poco conocido lo que aconteció con los oficiales y personal de gente de mar que fueron tomados prisioneros por los peruanos en Iquique.

La correspondencia que pudieron tener los oficiales con algunas personas, gracias al apoyo de la legación británica en Lima, nos permite reconstruir algunos momentos de su estadía en tierras peruanas hasta que fueron canjeados y recibidos masivamente en Valparaíso y Santiago.

Desde la mirada del cirujano Francisco Cornelio Guzmán, reconstruiremos su prisión hasta que fueron reconocidos públicamente como héroes:

“Que difícil fue cuando tuve que subir a bordo y ver que nuestra corbeta ya no resistía.
La sangre entremezclada con agua salada corría por mis pies, mientras tropezaba con numerosos cuerpos ya inertes que sucumbieron ante el deber del patriotismo.
Mientras observaba la masacre que acontecía, escuché unos gritos, miro hacia atrás y era nuevamente el “Huáscar” que arremetía por tercera vez contra la “Esmeralda”.

En esos momentos pensé que moría.
Reaccioné rápidamente y traté de nadar hacia la superficie lo más rápido que podía, tratando de evitar que mi querida corbeta me succionara al fondo de las aguas de Iquique.
Logré salir, pero un silencio sepulcral abordó ese momento en que alcancé a vislumbrar un pedazo de tela roja de la bandera.

Las lágrimas que inundaban mi rostro se confundían con las salpicaduras del agua salada a medida que poco a poco iban emergiendo algunos camaradas que lograron sobrevivir al combate, igual que yo. Nadie hablaba.
Nos mirábamos escépticos sin creer aún que hace unas horas estábamos compartiendo y ahora nuestra corbeta y muchos de nuestros amigos y camaradas ya no estaban.

Formamos un círculo para vernos y reconocernos y éramos 37…si, 37 de 210 tripulantes. A cubierta del Huáscar

Los peruanos llegaron en botes salvavidas subiéndonos al Huáscarya en calidad de prisioneros de guerra.
Allí, sobre la cubierta, estaba tendido el cuerpo del capitán Prat…pasamos por ese lugar y yo dije en silencio: “cumplimos con nuestro deber querido capitán, tal y cómo nos pidió,” pero en el fondo aún sentía cierta culpabilidad por no haber podido hacer más.

Después de anotarnos en un listado, a los oficiales nos enviaron a la cámara del comandante, pasándonos un saco y un pantalón de marinero.
Una vez vestidos con ropas peruanas, el comandante Grau nos visitó, y nos comentó que conocía al capitán Prat con anterioridad por lo que tendría el resguardo de que sus pertenencias llegaran hasta su viuda y que su cuerpo, al igual que el de los otros chilenos fallecidos en el monitor, tendrían un cuidado especial hasta llegar a puerto.

A nosotros nos trató amablemente, solicitando incluso que nos trajeran zapatos al vernos descalzos en el lugar.

Una vez que se fue, algo nos llamó profundamente la atención: unos quejidos provenían de otro lugar del buque, quedando atónitos al reconocer que la voz que se lamentaba era la del teniente Serrano.
Solicitamos que el médico peruano lo pudiera ver allí mismo en la cámara de oficiales donde estaba, e incluso en mi calidad de cirujano 1º pedí personalmente asistirlo, pero cuando me llevaron no encontramos el lugar y me regresaron al camarote nuevamente, sin siquiera tener la oportunidad de divisar al teniente.
La verdad que esa actitud causó desconcierto y reproche de parte nuestra, y después nos enteramos de que, a pesar de la grave situación de salud que le afectaba, intentó quemar el camarote pero fue sorprendido y alcanzó a ser extinguido el amago de incendio. Ojalá no se le haya negado la ayuda por esa situación…

Ignorábamos que había pasado con la “Covadonga, por eso que cuando nos dijeron que navegábamos hacia Punta Gruesa pensamos que nuevamente nos veríamos involucrados en una batalla, pero no fue así.
Nos devolvimos a Iquique que se transformaría en un verdadero depósito de prisioneros.

En Iquique

Al bajarnos del muelle, cómo llevábamos ropa de la Armada peruana, la gente no se dio cuenta que éramos chilenos, aunque había gritos de “mueran los chilenos” que resonaron varias veces.
Nosotros continuamos el recorrido en silencio, pero en mi mente sólo quería decir orgullosamente que era chileno y que por mi Patria yo estaba allí.

Nos entregaron a las autoridades militares peruanas, siendo recibidos por el general Mariano Ignacio Prado, Comandante en Jefe del Ejército y presidente del Perú, y el general Juan Buendía quien nos dijo: “Ustedes no son prisioneros, ustedes son náufragos.”
Inmediatamente fuimos recluidos en el cuartel de bomberos de la Compañía Austro Húngara donde pensábamos que estarían los tripulantes de la Covadonga pero no había nadie allí…lo más probable es que hubieran fallecido al enfrentarse a la “Independencia”.

Cirujano Cornelio Guzmán prisionero y con uniforme de marinero peruano.

Instalados ya donde los bomberos, tratamos de dormir, al menos yo lo intenté por un momento, pero no podía olvidar las escenas vividas ese día, la muerte de tantos camaradas y amigos, del comandante Prat, el esfuerzo por sobrevivir…. desperté sobresaltado y no era el único en esa situación: gran parte de los que estábamos allí no pudimos descansar y nos mirábamos incrédulos, pero sin decir una sola palabra.

A la mañana siguiente, un integrante del batallón “Zepita” nos comentó la hazaña de Condell, lo cual nos alegró inmensamente y lo tomamos como un gran triunfo chileno.
También supimos que nuestro valiente sargento Aldea había recibido cerca de 12 balazos, que uno de sus brazos había sido amputado en el hospital de Iquique pero por la gravedad de sus heridas había fallecido en la madrugada.
Pregunté por el teniente Serrano y no tuve buenas noticias: murió cerca de las tres de la tarde debido a una herida en su abdomen… una lástima no haber podido verlo y examinarlo.

Llevábamos dos días en prisión y no nos habían dado alimento alguno.
De pronto nos llevaron panes y un tarro de leche condensada, que fue entregado por una señora chilena que vivía en la ciudad y sabía de nuestro encierro.
Lo saboreamos verdaderamente, y en lo personal eché de menos aquellos ricos porotos que mi madre nos preparaba y que a regañadientes comíamos.
Les dije a todos: “cuando llegue a Chile, lo primero que haré será servirme esos ricos porotos burros que mi madre preparaba y a coscachos me los comía.”
Se escuchó una fuerte risotada mientras esperábamos el turno para comer una cucharadita de aquella rica leche.

Todo eso cambió cuando el coronel Velarde nos visitó: luego de comentarle nuestra situación alimenticia, nos llevaron comida preparada en el club social de la ciudad. ¡Qué manera de disfrutarla!

Los días pasarían lentamente y cada vez nos invadía más la nostalgia por nuestra tierra y sobre todo, por nuestra familia.
¡Ni pensar en aquellos que tuvieron que pasar su cumpleaños en prisión!
Era nuestro destino, el que sabíamos que podía pasar al enrolarnos en la Armada y ser partícipes de esta guerra.
Al menos somos sobrevivientes y una vez que regresemos a Chile podremos abrazar a nuestros padres, esposas, hijos, novias…hasta al perro regalón que algunos tienen!
Pero también será triste ver a las viudas y huérfanos de nuestros camaradas fallecidos heroicamente.
¿Cuándo sería eso? No lo sabíamos aún, pero teníamos la esperanza de alcanzar pronto la libertad y seguir sirviendo a la Patria que tanto nos necesitaba.

Los primeros días de julio recibimos la visita del cónsul inglés en Iquique, quien aprovechó de entregarnos algo de dinero para poder comprar ropa y cambiar ese traje de marino peruano por un terno.
Este verdadero caballero nos dio la oportunidad de mantener correspondencia y así nos íbamos enterando de los acontecimientos de la guerra, pudiendo incluso traer algunos periódicos que contaban nuestra hazaña y que nos costó mucho leer en voz alta ya que la emoción nos invadía profundamente.
Por ejemplo, el teniente Uribe le escribió a su tío, don Juan Manuel Uribe y el teniente Francisco 2º Sánchez a su hermano, ocasión en que se comentó que estábamos bien, pero que añorábamos nuestro terruño.

También recibimos correspondencia del general de Ejército, don Francisco Echaurren, que mantuvo contacto con el teniente Uribe en su calidad de 2º comandante de nuestra querida “Esmeralda”, respondiendo que si bien su carta ha causado un gran placer al manifestar su gratitud por el comportamiento que tuvimos aquel 21 de mayo:

“Más, que triste i penosa seria nuestra situación, privados de libertad, si no fuera que llega hasta nosotros el eco del entusiasmo que el cumplimiento de nuestro deber ha causado en nuestra querida patria, i cuando se unen las manifestaciones particulares, nuestro regocijo i agradecimiento no tiene límites”

En aquellos días encerrados e incomunicados, el teniente Uribe traducía novelas inglesas y las leía en voz alta para así acortar un poco más nuestra prisión.
El 10 de julio se produjo un nuevo cañoneo en la bahía, y la verdad que pasamos susto porque el pueblo peruano alzó la voz y se amotinaron afuera de la Aduana queriendo ingresar violentamente, por lo que tuvieron que reforzar la guardia ya que pedían nuestras cabezas.

Con el resto de la tripulación de la Esmeralda perdimos contacto.
Por lo que supimos estuvieron en el edificio de la Aduana hasta el 9 de agosto y los habían empleado para tender cañerías que permitieran el abastecimiento de agua a la población.
Habían quedado muy complicados después de que los chilenos bloquearon el puerto e impedían usar incluso la resacadora para que el agua no estuviera insalubre.

  Edificio de la Aduana en la ciudad de Iquique en 1879

Los oficiales en cambio permanecimos encerrados en una pieza, agradeciendo nuestro bienestar al general Buendía, a quien incluso apodaron el “general chileno”, y al coronel Velarde quienes nos visitaban y trataban de ayudarnos en lo que podían.

Uno de esos tantos días de encierro, tuvimos la visita del presidente de Bolivia, general Hilarión Daza, acompañado de un gran séquito de personas, entre ellos, un oficial que fue compañero de Wilson en el colegio, quien nos dijo que tuvimos suerte de ser prisioneros peruanos ya que de haber caído en manos del general, nos habría guillotinado.

En Tarma

Una vez que suspendieron el bloqueo nos trasladaron al transporte peruano “Chalaco” que nos llevó hasta el Callao.
¡Qué maravilla aquel salón! ¡Después de mucho tiempo dormíamos entre sábanas y no entre sacos!

Del Callao pasamos a Lima para posteriormente quedarnos en Tarma, ciudad que tenía difícil acceso y senderos complejos que harían más difícil una fuga.
Este lugar sería nuestra prisión por cuatro meses, y donde además encontraríamos al coronel Bulnes y a los oficiales del Escuadrón Carabineros de Yungay Nº1 que fueron capturados junto al “Rimac”, al nombrado ministro Plenipotenciario en Colombia don Domingo Godoy y a su secretario don Juan de Dios Vial.

A medida que avanzaba la guerra y se conocía la noticia de los triunfos chilenos en Angamos, Pisagua y la pérdida de Tarapacá, la población de Tarma acudía a nuestro sitio de reclusión para arrojarnos piedras y gritarnos improperios como lo haría cualquiera herido en su orgullo nacional.
Por casualidad nos enteramos de que nuestra leal tripulación se había dirigido hasta Arica a bordo del vapor “Oroya” y después su ruta continuaría hasta el Callao en el transporte “Talismán”.

La esperanza de que se convocara el Tratado de Ginebra, que permitía el canje de prisioneros de guerra aún no se perdía, sin embargo, la hostilidad y tensión que se vivía en aquel lugar hacía más difícil una posible libertad.
Los Carabineros de Yungay, en nombre de los prisioneros, enviaron una carta al cuerpo diplomático en Lima, explicando la mísera condición moral y material en que nos encontrábamos, explicando algunos episodios que sufrimos desde que llegamos a la ciudad, los que fueron aumentando desde la captura del Huáscar…no podían creer que, durante el resto de la guerra, la bandera chilena ahora comenzaría a flamear en su asta.

Eran casi siete meses de prisión.
Mientras algunos aún tenían buen ánimo, otros se hundían en la depresión.
La libertad no la queríamos obtener sólo para abrazar a nuestros seres queridos, sino que la gran mayoría, después de ver a sus familias, queríamos continuar sirviendo a la Patria.
Las palabras que dijo el comandante Prat antes de iniciar el combate, resonaban día a día en mi cabeza al igual que en la de todos quienes estuvimos presentes aquella trágica pero heroica mañana.

A fines de noviembre, después de la rendición y ocupación de Iquique, comenzaron a llegar rumores de un posible convenio para asegurar nuestra libertad. Efectivamente fue así.
Nos vinieron a informar que de acuerdo a la firma de dos protocolos entre el ministro residente de su Majestad Británica, Spencer Saint John, y el representante del Perú, Rafael Valverde, se produciría un canje de prisioneros: hombre por hombre y grado por grado.

A mediados de diciembre fuimos enviados en tren hasta el Callao abandonando Tarma, esa bella ciudad, pero que sin duda nos dejó un sabor bastante amargo.
Otra vez volvía a escuchar risas en aquellos vagones.
En frente de mí iba sentado el teniente Uribe, quien observaba el paisaje y parecía estar un poco retraído de lo que sucedía a su alrededor. Le pregunté si le pasaba algo, y me respondió:

-“Estoy feliz pero a la vez triste. Quiero ver a mi familia, pero no sé cómo será mi encuentro con Carmela…no sé qué le voy a decir de la muerte de Arturo…no sé cómo mirar a Blanquita Estela y Arturito sin llorar…¿qué diré si me preguntan por qué yo estoy vivo y su padre no?”

Terminó de decirlo y volvió a abstraerse, pero yo quedé helado y con un nudo en la garganta.
Ellos no sólo eran camaradas en el buque, también eran prácticamente familia aunque no tenían lazos consanguíneos…si nosotros sentimos su partida, me imagino lo que debe haber sentido él con su pérdida.

Al bajarnos del tren, respiré profundo y me reuní con los otros oficiales.
El teniente Uribe nos dijo algunas cosas y procedimos a embarcarnos; a bordo de aquel vapor “Bolivia” se presentaba una nueva oportunidad de vida ante nuestros ojos y debíamos aprovecharla.

El regreso a Chile

Las náuseas fueron protagonistas de nuestro regreso, pero no porque desconociéramos las aguas del océano Pacífico, sino que los nervios nos hicieron una mala jugada.

Y llegó el día tan esperado: 7 de enero de 1880, cerca de las 10 de la mañana.
La brisa que abrazaba la ciudad golpeaba suavemente nuestra cara mientras un sol brillante nos recibía en el puerto de Valparaíso. Debíamos esperar unos botes que nos trasladarían al muelle, pero creo que todos hasta nos hubiéramos tirado por la borda con el fin de pisar tierra chilena.
La tripulación había llegado antes y aunque demacrados y muy mal traer por los tratos recibidos en su cautiverio, ya disfrutaban del terruño, después de haber tenido también una recepción merecida como los héroes que eran.

Tuvimos que esperar algunas horas para desembarcar, ya que recién a eso de las 14 horas comenzaron a acercarse los botes que nos conducirían a tierra.
El teniente Uribe se presentaría y uno a uno los integrantes de la comisión nos dieron la bienvenida, encabezada por el capitán de fragata Francisco Rondizzoni, los tenientes Luis A. Lynch y Manuel Señoret y don Manuel 2º Díaz como secretario de la intendencia.

En el camino tratamos de contar algo de lo vivido, pero los nervios y las lágrimas nos impedían terminar las frases.
¡Era tanta la multitud agolpada en el muelle de pasajeros!
El cortejo que nos acompañó estaba conformado por el intendente, varios jefes de Marina, municipales, compañías del regimiento de Artillería y del batallón Aconcagua, del batallón Valparaíso y mis queridos bomberos.

A medida que pasábamos por las calles que nos llevarían hasta la Iglesia de los Sagrados Corazones, literalmente nos llovían flores y coronas desde los balcones donde las familias trataban de agradecer nuestra lealtad.
El ingreso a la iglesia se hizo bastante dificultoso, incluso centenares de personas debieron esperar afuera a que terminara el Tedeum.

Lloré como un niño al persignarme y sentarme delante de la Virgen y Jesucristo.
Agradecí estar vivo, estar de vuelta en Chile y estar rodeado de gente que valoraba nuestra santa virtud del patriotismo.
El discurso que dio el gobernador eclesiástico Mariano Casanova me llegó al alma, enfatizando la preocupación que existía por todos aquellos náufragos prisioneros.

Desde lo alto del púlpito el padre Casanova nos dijo:

“¡Gracias a Dios que ya estáis en la patria llenando en este momento de alegría a la República toda!¡Somos felices! …nuestro contento era siempre turbado por vuestro recuerdo. Éramos victoriosos i estabais prisioneros…nuestros gritos de entusiasmo eran interrumpidos por los ayes de dolor de vuestras madres que, inquietas, preguntaban por vosotros, i nuestra imajinacion exaltada nos hacia divisaros en tierra enemiga, cargados de cadenas i expuestos a cada paso a dura muerte. Pero nó: el ánjel de Dios tronchó vuestras cadenas, oyendo el Omnipotente tantas súplicas hechas por vuestra libertad, i aquí están, Dios mío, postrados a vuestros piés, bendiciendo vuestro santo nombre, en medio del universal contento; i  si hai lágrimas, son arrancadas por la más justa alegría”.

Concluidas sus palabras y finalizado el Tedeum, la ovación que nos entregó Valparaíso fue tan majestuosa y especial que es imposible describir.
Ocho días después tuvimos una grandiosa recepción en Santiago, sin embargo, antes de llegar a la capital tuvimos que detenernos en la estación de Llay Llay, toda embanderada y de gala, donde un numeroso gentío nos aguardaba.
¡Hasta una salva nos dieron! Era increíble tanto cariño de la gente.
Se hicieron algunos discursos donde destacó las palabras que nos escribió Celia Díaz, niña de 14 años e hija del jefe de estación, donde pudimos apreciar el impacto que habían causado los acontecimientos de aquel combate desigual en los chilenos, principalmente en los niños.

En todas las estaciones que pasaron antes de llegar a Santiago se escucharían aclamaciones, ¡hasta unos campesinos a caballo nos acompañaron desde la estación del Mapocho hasta Estación Central!
Allí no sólo nos esperaban autoridades, sino que nuevamente una multitud colapsaría la estación.
Dos cañones del cuerpo de artillería anunciaron el arribo del tren mientras las bandas de músicos entonarían el himno nacional en cuyo final un ¡Viva Chile! estremeció a todos los presentes.

En el trayecto de la Alameda se podían apreciar arcos con inscripciones patrióticas, leyéndose en uno de ellos “A los héroes de la Esmeralda, la patria agradecida”, y en las cenefas del arco estaban inscritos los nombres de Prat, Serrano, Uribe, Aldea y Riquelme.

Nos detuvimos frente a la calle de Vergara, donde el intendente le obsequió al teniente Uribe una medalla obsequiada por la Municipalidad, para después continuar el recorrido a la plaza de armas y escuchar el sentido discurso del diplomático don José Antonio Soffia:
-“Si ellos no murieron grandes i risueños bajo la sombra del tricolor nacional, escuchando los vivas a la patria como sus compañeros, es porque son los vivos depositarios de la consigna del porvenir, i porque cada uno de ellos debe ser una reliquia i un espejo en lo futuro!…”

Por la noche continuaron las actividades en el teatro y, en los dos días siguientes el Club de la Unión nos invitaría a un banquete, al igual que varias casas de particulares que realizarían celebraciones en nuestro honor .

Cuando todo este festejo masivo pasó, me recosté cansado en mi cama y pensé: “mañana voy a comer porotos.”
Creo que fue la primera noche en que no desperté apesadumbrado ni con pesadillas del combate, pero sí con la convicción de estar dispuesto nuevamente a servir a mi patria y a defenderla con mi vida si fuese necesario.

Francisco Cornelio Guzmán.

María Soledad Orellana Briceño 
Aporte de JPH

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El límite en Campo de Hielo Patagónico Sur: Un problema incómodo pendiente

La compleja situación legal, política, geopolítica y geoestratégica generada a partir de 2009 por el doble reclamo argentino de plataforma continental en la Antártica Americana y en áreas del Mar Austral parece indicar que al sur del llamado Punto F del Tratado de Paz y Amistad de 1984, las cuestiones limítrofes con Argentina no están, de ningún modo, resueltas.

Este artículo ha sido escrito en conjunto con el Dr. Cedomir Marangunic, Geólogo y Glaciólogo y Juan Ignacio Ipinza, Abogado y Cientista Político.

La historia ha demostrado que -desde el punto de vista de nuestro “querer ser”- con frecuencia las relaciones con nuestros vecinos resultan gravemente insatisfactorias.

En lo que se refiere a nuestros vecinos del norte, a pesar de transcurrido más de un siglo desde el término de la Guerra del Pacífico, las relaciones con el Perú y Bolivia continúan -nos guste o no- influenciadas por el resultado de aquel conflicto. Si bien con el primero de esos países se espera que la curiosa decisión del 2015 de la Corte Internacional de Justicia (que asignó al llamado “Mar de Grau“ un triángulo de 50.000 kilómetros cuadrados de Zona Económica Exclusiva) sea el último intento peruano de reacomodo territorial, con Bolivia la cuestión del Río Silala (y las permanentes aspiraciones marítimas de los gobiernos de la Paz) aseguran que con ese segundo vecino las cuestiones territoriales seguirán -más allá de cualquier intento chileno- marcando la agenda bilateral.

Asumida esta realidad, y considerando que una frontera acordada y reconocida por ambos partes es esencial para el desarrollo de relaciones bilaterales de conveniencia mutua, resulta apropiado preguntarse por el estado de la relación limítrofe con Argentina. ¿Será cierto, como sigue repitiendo gran parte de nuestra clase política, que con este tercer vecino nos espera un futuro brillante y sin problemas?

La compleja situación legal, política, geopolítica y geoestratégica generada a partir de 2009 por el doble reclamo argentino de plataforma continental en la Antártica Americana y en áreas del Mar Austral (incluido un territorio de la superficie de la Isla Grande de Chiloé situado dentro de la proyección legal de las Islas Diego Ramírez) parece indicar lo contrario: al sur del llamado Punto F del Tratado de Paz y Amistad de 1984, las cuestiones limítrofes con Argentina no están, de ningún modo, resueltas.

Es en este escenario en el que, a nuestro juicio, resulta también de importancia material no perder de vista -y revisar en detalle- el caso del tampoco resuelto límite en el “Campo de Hielo Patagónico Sur”. En 1991, cuando Chile recién había comenzado a normalizar su democracia (en el contexto de un escenario internacional caracterizado por el término de los gobiernos militares del Cono Sur, la reunificación de Alemania, el avance del proceso de integración europea y el declive final de la Unión Soviética), el principal objetivo de nuestra política exterior pasó a ser aquel de la “reinserción internacional”. Conforme con ese axioma político, bajo una “mirada innovadora” de corte “universalista” y “americanista”, Chile se propuso fortalecer su “inserción regional” privilegiando procesos de interacción política, económica y comercial en los que pretendió desempeñar un rol que nos recuerda aquel del “mejor compañero del curso”.

En ese marco conceptual, mientras las fronteras pasaron a ser “áreas de integración”, algunos consideraron que las cuestiones de los límites eran “resabios de la época de las dictaduras”. Por lo mismo, los límites internacionales pasaron a ocupar un lugar secundario frente a la “unión de los pueblos hermanos”, que con todo entusiasmo por entonces promovía buena parte de la nueva cúpula política chilena.

La “integración regional” de la década de 1990 suponía una interpretación idealista de las relaciones internacionales e incluía, además, la “juridificación” de la toma de las decisiones de política exterior. A lo largo de las tres últimas décadas este axioma a veces “academicista”, a veces ideológico, se hizo paradigma y, en definitiva, terminó por permear a toda nuestra institucionalidad. En un comentario de coyuntura valga anotar que es este tipo de interpretación esencialmente “racionalista jurídica” y voluntarista lo que explica la fascinación de nuestra diplomacia con el ritual de la cooperación bajo el Tratado Antártico. A partir de este tipo de interpretaciones que han transformado en el “onceavo mandamiento” el “respeto a los tratados”, con insistencia Chile ha evitado asumir el conflictivo escenario geolegal y geopolítico antártico post 2001-2009, fechas a partir de las cuales se verificaron diversos reclamos “totalmente legales” de territorios submarinos al amparo de la normativa del Derecho del Mar sobre la Plataforma Continental Extendida más allá de las 200 millas. El reclamo territorial argentino sobre el lecho y el subsuelo de la Antártica Americana es sólo uno de ellos.

Otro “botón de muestra del ‘nuevo espíritu’ de la década de los 90” lo constituye la ya célebre frase del ex Presidente Patricio Aylwin, quien al enterarse de la pérdida del territorio de Laguna del Desierto a Argentina declaró: “Qué importan pedacitos más, pedacitos menos”. En esa misma línea de pensamiento deben incluirse los dichos del ex Canciller José Miguel Insulza, quién, refiriéndose al Campo de Hielo Patagónico Sur, en 1999 declaró que esa parte del territorio nacional “es una zona más inaccesible que para la Argentina. Los argentinos llegan a los Hielos por el Parque Nacional de Los Glaciares, que es un complemento del parque. En el caso de Chile, el parque es todo Campo de Hielos Sur, íntegro. Por eso yo siempre dije que por el tema de accesibilidad íbamos a perder, siempre íbamos a llegar tarde. Por eso es que nunca entendí la oposición en Chile, porque si a alguien le convenía tener la frontera definitiva y definida, era, justamente, a Chile. Kilómetros más, kilómetros menos, lo digo francamente”, (RODRÍGUEZ, Eduardo, BROWNNE, Bonnie, BARROS, Carolina. Hielos de la Paz, 1999, pág.74).

Sobre el mismo asunto, también en 1999, el señor Insulza agregó: “Cuando en un viaje a Buenos Aires, [el canciller argentino] Guido Di Tella me condecoró con la Orden del Libertador General San Martín”…. “yo le comenté en broma que, después de tantas vicisitudes, me iba a ahorrar el discurso e iba a decir solamente: “Gracias, realmente me lo merezco” (Idem).

Todo indica que la “política del buen compañero” permitió que para gran parte de nuestras élites el valor del territorio nacional se desdibujara en favor de un idealismo que, desde una perspectiva histórica, se alejaba de la tradición de política vecinal marcada por -por ejemplo- por las políticas exteriores del “Frente Popular” del Presidente Aguirre Cerda, de la “Revolución en Libertad” del Presidente Frei Montalba, y de la “Vía Chilena al Socialismo” del Presidente Allende. ¿Habían cambiado tanto los tiempos?

Errores conceptuales

Volviendo al presente, resulta preocupante el desconocimiento de la opinión pública nacional respecto de los efectos permanentes para nuestro país del “Acuerdo entre la República de Chile y la República Argentina para precisar el recorrido del Límite desde el Monte Fitz Roy hasta el Cerro Daudet (Diario Oficial, Nº 36.419, del 22 de julio 1999). Este instrumento bilateral intentó dibujar un nuevo límite en la llamada “Sección A” del Campo de Hielo, más precisamente entre el Cerro Murallón y el Cerro Daudet (distante aproximadamente 115 km hacia el sur). Para ello se empleó, esencialmente, una imagen satelital SPOT y coordenadas geográficas de puntos y cumbres. No obstante, dejó pendiente la traza en el tramo entre el Cerro Murallón y el Cerro Fitz Roy (hacia el nor-noreste y distante aproximadamente 65 km), entregando a la Comisión Mixta de Límites Chile-Argentina la responsabilidad de demarcar el límite en esta segunda extensión llamada “Sección B”. Ello, previo levantamiento cartográfico de escala 1:50.000.

En todo esto, un primer inconveniente se refiere a que el Acuerdo de 1998 entrega la responsabilidad de delimitar a esa Comisión Mixta de Límites, lo cual es contrario a la función y atribuciones que ambos países le entregaron a dicha entidad. En efecto, el Protocolo de 1941 que la regula indica que esa Comisión solo puede asumir la demarcación, pero nunca delimitar, pues esto último ha sido regulado por los tratados bilaterales que conforman lo que podemos denominar “Sistema Jurídico de Límites Chileno-Argentino” (comenzando con el Tratado de Límites de 1881).

Se entiende que en la “Sección A” del Acuerdo de 1998, el límite habría sido establecido por divisorias glaciares (mal llamadas “divisoria de aguas”), divisorias locales de agua, y trazos rectos que cruzan glaciares, lagos, ríos y montes. En este punto es muy importante precisar que la línea en algunos tramos se acerca innecesariamente al Pacífico. En tal sentido cabe traer a colación que, curiosamente, esta traza tiene mucha similitud con la “Poligonal” de 1991, un concepto desechado por ambos países por los problemas que suscitaba para cada Parte, razón por la cual cuesta entender por qué Chile pareció aceptarlo en la “Sección A” del Capo de Hielo Patagónico Sur.

Por otra parte, la mencionada cercanía del límite trazado con los fiordos de nuestras aguas interiores (por ejemplo, en un punto la traza pasa a poco más de 7 kilómetros del área del Seno Andrew) es contraria al espíritu de lo señalado en el Protocolo Adicional al Tratado de 1881 de 1893, el que dispone: “Los infrascritos declaran que, a juicio de sus Gobiernos respectivos, y según el espíritu del Tratado de Límites, la República Argentina conserva su dominio y soberanía sobre todo el territorio que se extiende al oriente del encadenamiento principal de los Andes, hasta las costas del Atlántico, como la República de Chile el territorio occidental hasta las costas del Pacífico; entendiéndose que, por las disposiciones de dicho Tratado, la soberanía de cada Estado sobre el litoral respectivo es absoluta, de tal suerte que Chile no puede pretender punto alguno hacia el Atlántico, como la República Argentina no puede pretenderlo hacia el Pacífico” (Protocolo Errázuriz-Quirno, 1893).

¿Qué justifica entonces que, en una zona de hielos afectada por una evidente dinámica de retroceso, Argentina quede, progresivamente, a escasos kilómetros del Océano Pacífico?

En tanto, en una “Sección B” del área pendiente de delimitación, el trazado del límite se inicia en la cumbre del Cerro Fitz Roy, a partir del cual desciende unas centenas de metros al sur hasta el “Punto A”; allí gira al oeste-suroeste hasta cierto “Punto B”, distante aproximadamente 3,5 km y ubicado en el Glaciar Torre. Desde este última posición (según el Acuerdo de 1998), el límite continúa hacia el oeste. De principal importancia es que no existe en el Acuerdo indicación alguna respecto de cómo, desde el “Punto B”, el límite llega al Cerro Murallón, pudiendo este ir por divisorias locales y regionales de glaciares y de aguas, por las altas cumbres, por poligonales acordadas, o por cualquier otro trazado que se proponga y acuerde, tarea y definición que ha sido delegada a la Comisión Mixta de Límites Chile-Argentina.

Sostenemos que el Acuerdo de 1998 contiene graves errores conceptuales, científicos y técnicos que hacen urgente su revisión por parte de nuestro país. Entre esos errores se cuenta, por ejemplo, el empleo de la expresión geo-científica “divisoria de aguas” como sinónimo de las “divisorias glaciares”, suponiendo que se trata de las mismas cosas, sin considerar que en el lecho de un glaciar puede verificarse un relieve topográfico tal que controla el escurrimiento del agua que genera el glaciar, que puede escurrir en dirección diferente a aquella de la pendiente de la superficie de la masa de hielo.

En términos estrictamente científicos, el Acuerdo de 1998 equivocadamente supone que el relieve del glaciar es inmutable, en circunstancias que su relieve cambia año a año (a veces drásticamente a lo largo de las décadas). Está ampliamente documentado que, con escasas excepciones, los glaciares del Campo de Hielo Patagónico Sur se encuentran en una etapa de reducción de cotas, de volúmenes y cuyas posiciones de frentes sufren un constante e importante retroceso.

A modo de ejemplo baste traer a colación el caso del Lago Dickson, en el Parque Nacional Torres del Paine, cuyas aguas, según el Acuerdo de 1998, eran exclusivamente chilenas, pues las mismas estaban separadas por el Glaciar Dickson de un segundo lago en la vertiente argentina. No obstante, en tiempo reciente el retroceso de este glaciar permitió que ambos lagos se unieran, de manera que, en la actualidad, el Lago Dickson tiene el carácter de “lago binacional”.

Aquí es conveniente agregar que nuevas aplicaciones tecnológicas basadas en sensores remotos montados en plataformas aéreas y/o satelitales, permiten obtener imágenes de la superficie glaciar, y también del relieve subglacial (equipos basados en radar), de manera tal que es total y absolutamente posible confeccionar, en un plazo relativamente breve, un mapa topográfico de resolución mucho más detallada que aquel de escala 1:50.000 mencionado en el Acuerdo de 1998. Este tipo de aplicaciones geo-científicas permitiría caracterizar el relieve subglacial de toda el área aun sin delimitar, especialmente para la “Sección B“, en un plazo de pocas semanas de trabajo en terreno y algunos meses de trabajo en gabinete. Si el gobierno chileno tuviera la voluntad política necesaria, ello podría realizarse en un plazo inferior a un año, y a un costo bastante inferior a aquel de las pesadas compañas de terreno de otrora.

Nuevamente a modo de ejemplo, en pocos meses de trabajo la Dirección General de Aguas del Ministerio de Obras Públicas, responsable del Inventario Público de Glaciares de Chile, ha definido con precisión la divisoria glaciar en todo el Campo de Hielo Patagónico Sur, con la sola excepción del área de la “Sección B” del Acuerdo de 1998. Ese mismo servicio público, y en un plazo de un par de años, ha actualizado la delimitación de todos los glaciares de Chile (el Inventario de glaciares es público y se puede solicitar a la Dirección General de Aguas invocando la Ley de Transparencia).

Considerando lo anterior, resulta anacrónica la posición de la Dirección Nacional de Fronteras y Límites (DIFROL) respecto de nuestra Solicitud de Información Pública Nº AC00370000000293, de fines del año 2016 (18 años después del Acuerdo), en la que informaba lo siguiente “… la Comisión Mixta se encuentra en la etapa inicial de elaboración de la base cartográfica correspondiente …“. Esto, según el citado servicio de la Cancillería, “implica una serie de pasos técnicos de terreno y de gabinete de largo desarrollo.” Curiosamente, es Argentina la que en 2018 culpó a Chile de no responder a su invitación del año 2006 para avanzar en la demarcación del límite. En definitiva, y según un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores de fecha 18 octubre 2018, la cartografía 1:50.000 aún se encontraba en ejecución, entonces ya 20 años después de la firma del Acuerdo.

Hay confusión

Pese a lo anterior, no faltan funcionarios y “asesores” que repiten en los medios la postura oficial de que “no hay asuntos pendientes limítrofes con Argentina en la zona austral”. Para demostrar lo contrario bastan algunas pocas preguntas. Por ejemplo:

¿Por qué, luego de más de 20 años, aún no se termina de demarcar el límite internacional en el Campo de Hielo Patagónico Sur?

¿Existen razones técnicas para que este proceso haya tomado más de 20 años, considerando que existen imágenes satelitales de alta resolución y otras aplicaciones tecnológicas que permiten dibujar un mapa topográfico del área con precisión mejor que un metro horizontal y vertical, en escalas de mucha mayor que resolución que aquella 1:50.000?

Si para demarcar se está a la espera del citado mapa de escala 1:50.000, entonces ¿cuáles fueron los criterios de delimitación aceptados en 1998?

¿Si no existen asuntos pendientes, porqué Chile ha reclamado a Argentina por diversas publicaciones oficiales que ilustran la línea limítrofe en el sector no delimitado, por ejemplo, cartografía que ilustra estampillas, boletines turísticos e, incluso, el inventario argentino de glaciares?

¿Si lo que resta por hacer es solamente demarcar, es decir, esencialmente colocar hitos en terreno, qué impide informar a la ciudadanía las coordenadas geográficas del límite en la “Sección B” del Acuerdo de 1998?

Es evidente que existe una importante discrepancia entre lo que comunican nuestras autoridades (que aseguran que solo falta demarcar, aunque no precisan el trazado del límite) y el relato de Argentina afirma que el límite está acordado, y sin vacilaciones en documentos públicos ilustra un trazado que corre por la línea pretendida por Argentina durante la discusión del Acuerdo. ¿Cómo entender entonces lo que ocurre?

Parecería razonable “inducir” que el trazado pendiente del límite del Campo de Hielo Patagónico Sur estaría acordado, y que solo resta que las autoridades chilenas quieran hacerlo público.

Si así fuera ¿qué consecuencias geopolíticas permanentes tendría  para Chile el acuerdo de 1998? A nuestro juicio, en la denominada “Sección B”, algunas de esas consecuencias son las siguientes:

  • Pérdida de aproximadamente 1.500 km2 de territorio nacional, si se otorga a Argentina todo el territorio por ella pretendido en esa Sección (un territorio de superficie similar a la de la Provincia de Valparaíso).
  • Entrega casi total a Argentina de un importante atractivo turístico de clase mundial como lo es el conjunto de cumbres montañosas del grupo Cerro Torre.
  • Pérdida de más de 135.000 millones de metros cúbicos de agua que, actualmente, son parte de las reservas hídricas del país.

Teniendo en cuenta lo anterior, tal como está planteado en el Acuerdo de 1998, la solución del problema del Campo de Hielo Patagónico Sur no es “igual o mejor” para Chile, como en la época señalaron las autoridades responsables de este asunto que, otra vez, atañe a la integridad territorial del país.

Sobre la base de esta conclusión preliminar, vale también preguntarse. ¿En la aplicación de los criterios preliminarmente acordados en 1998, influye, como lo demuestran varias investigaciones recientes, el cambio climático sobre la extensión,  características y dinámica local del Campo de Hielo Patagónico Sur? En el mismo sentido, ¿las modificaciones que se observan en terreno, son solo cambios recientes, o son la continuación de cambios ocurridos a partir de 1881, es decir, verificados desde fines de la denominada “Pequeña Edad de Hielo”?

¿Considerando que, como consecuencia del cambio climático, la extensión, cota y virtualmente todas las características de los glaciares varían significativamente en plazos de una decena de años, qué divisoria glaciar debe emplearse para la delimitación de la “Sección B”? ¿Aquella de la imagen SPOT del Acuerdo (una aplicación tecnológica largamente superada)? ¿La divisoria actual del hielo? ¿Divisorias de hielo y/o aguas futuras previstas en un corto o largo plazo?

¿Pueden esos cambios tener una lectura jurídica y, si es así, es posible sostener que la distribución de la masa de hielo no es aquella pactada en 1881, esto es, a fines de la citada “Pequeña Edad de Hielo” o, a lo menos, desde 1984 Fecha de la firma del Tratado de Paz y Amistad?

¿En el mismo sentido, hay errores y/o omisiones en el Acuerdo de 1998 que jurídicamente hacen imposible para Chile la implementación del mismo?

Por último, y considerando lo dicho más arriba: ¿Es cierto entonces que el Acuerdo de 1998 dejó a Argentina tan cerca de nuestros fiordos que, en el futuro y en la práctica, la implementación de ese acuerdo hará incluso más compleja la comunicación entre Puerto Montt y Punta Arenas?

Una verdad incómoda

Estas y otras interrogantes no resueltas nos permiten afirmar que el citado acuerdo de 1998 no sólo no resolvió el problema del Campo de Hielo Patagónico Sur, sino que más bien generó una cuestión de alcance geolegal y geopolítico sobre cuyos detalles hasta ahora los funcionarios públicos responsables han evadido dar cuenta al país.

Al igual que en el caso de el ahora bien concido asunto pendiente de la plataforma continental de nuestra Provincia Antártica, la cuestión de la delimitación en el Campo de Hielo Patagónico Sur ha sido declarado materia de una “Política de Estado” y, por lo mismo, se ha restado del debate y del escrutinio público. Bajo sucesivos gobiernos la Cancillería ha considerado a este asunto una “cuestión reservada” y/o “solo para especialistas”, entendiendo que se trata de un asunto de política exterior de alcance exclusivamente jurídico y científico-técnico, patrimonio exclusivo de “un grupo selecto de expertos”. No estamos de acuerdo con esta concepción de las cosas. El territorio nacional es patrimonio de todos los ciudadanos.

La experiencia reciente nos demuestra que, en materia de límites e integridad territorial, la implementación de un concepto academicista y racionalista jurídico a cargo del mismo “grupo de especialistas” sólo puede conducirnos a resultados contrarios al interés superior de Chile. Por lo mismo, no vemos razones válidas para que un tema tan sensible como aquel del Campo de Hielo Patagónico Sur deba continuar ajeno a la opinión y al escrutinio de la ciudadanía, especialmente de los ciudadanos de las regiones directamente afectadas (Aysén y Magallanes).

Todo indica que en este asunto estamos en presencia de una “verdad incómoda”, oculta bajo la “reserva de antecedentes” y supuestas tareas aún inconclusas, como insisten en explicar ciertos miembros de la elite política y de la Cancillería, pero que aflora cada vez que el tema es impulsado por acciones concretas de la contraparte (que también desea que se resuelva la situación).

A nuestro juicio, al igual que el caso de la plataforma continental magallánica-antártica, este no es un problema de “kilómetros cuadrados más, kilómetros cuadrados menos”. La experiencia dicta que, para que en esta materia la resolución final sea aceptada por una opinión pública efectivamente informada, se requiere modificar el Acuerdo de 1998 y asentarlo en bases sólidas, especialmente si se considera que para la ciudadanía la ley para la protección de los glaciares, actualmente en discusión en el parlamento, tiene singular importancia.

Nos parece que urge al interés chileno que -en el marco del Derecho Internacional y empleando las mejores aplicaciones tecnológicas disponibles-, el referido acuerdo de 1998 sea objeto de una completa revisión. Estimamos necesario forjar un nuevo proceso de escrutinio y discusión de dicho instrumento, a efectos de eventualmente poder conducir la discusión hacia un escenario que evite errores y asegure un acuerdo satisfactorio para una relación de efectiva mutua conveniencia con Argentina.

Fuente: ElLibero.cl

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Combate Naval de Iquique. Una visión diferente

Estimado Socio:
Aprovechando mis meses de encierro recopilé una segunda parte de 67 trabajos sobre el Comandante Prat y el Combate Naval de Iquique. La primera versión en el 2004 que reunía 100 trabajos, pude editarla en DVD tuvo una amplia difusión y sirvió de insumos para el proyecto de réplica de la ESMERALDA 11! que se iba a construir en Iquique bajo la dirección del almirante D. Hernán Barría, el cual no resultó y finalmente dio origen al actual museo-buque.
Se que usted conoce estos temas, pero es posible que alguno de ellos le sea novedoso y sirva para la cuarentena viñamarina.
Siempre atento a sus comentarios.
Lo saluda atentamente

David Mahan

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